Mundo Oculto

Amigos del miedo

Mientras el miedo no te paralice, esta emoción es sin duda tu mayor aliada

angelica@revistae.com.ni
Cuando se enfrentan cambios en la vida --desde los trascendentes como la pubertad o el primer trabajo, hasta aquellos que pueden parecer triviales como un nuevo corte de pelo o una mudanza--, es natural sentir temor.
Ese temor, según los sicólogos, proviene de nuestro primitivo sistema nervioso y era la respuesta que daban los antiguos homo sapiens ante los estímulos del medio ambiente. Sin la sensación de temor no habrían aprendido a defenderse.
El miedo, por otra parte, es un estímulo un grado mayor al simple temor. El instinto de supervivencia en los animales y el ser humano, activa el miedo como un mecanismo de defensa que utilizamos para generar una respuesta ante el peligro.
Más de un miedo
Sin embargo, en los seres humanos el miedo, al igual que otras emociones, se torna complejo. Terror, susto, pánico, temor o miedo, son sensaciones que parecen una misma cosa, pero en realidad es miedo a distintos niveles.
Según el Diccionario Oxford de la Mente, hay muchos tipos de miedo clasificados en agudos y crónicos. Los miedos agudos, como algunos tipos de fobias, son provocados por estímulos o situaciones tangibles.
El miedo desaparece cuando se retira o evita el estímulo que lo ha provocado. Por ejemplo, la aracnofobia o miedo a las arañas. Los miedos crónicos son más complejos y pueden estar o no ligados a un origen real que los provoque. Por ejemplo, el delirio de persecución.
Aunque no es agradable tener todo el tiempo la angustiante sensación de peligro, el miedo es bueno, porque permite adaptarnos al medio en que vivimos.
Una historia que asusta
Por lo menos así lo ha experimentado Berenice Flores, estudiante de Economía en la UNAN-Managua, quien hace dos años emigró para estudiar en una universidad del Pacífico nicaragüense desde su natal Bilwi, Región Autónoma del Atlán- tico Norte (RAAN).
“El primer año estudié en la UNAN-Matagalpa. Cuando llegué me sentía extraña, todo era diferente: en mi casa teníamos que acarrear el agua, en Matagalpa salía de una llave; en Bilwi todos me conocían, en Matagalpa tenía que hacer nuevas amistades; en Bilwi nadie me discriminaba por mi procedencia, en Matagalpa me miraban raro cuando les decía que era de la Costa Atlántica. Nunca fui penosa, pero en Matagalpa me daba miedo hablar”.
La experiencia se complicó un poco más cuando llegó a la capital.
Los piropos malintencionados que algunos lanzan en las calles a las mujeres, la asustaban. Ni en Bilwi ni en Matagalpa se escuchaban aquellas obscenidades.
El acento mískito de Berenice, la avergonzó muchas veces, al punto de hacerla callar para no “hacer el ridículo”.
“Comprendí que había mucha desinformación sobre las comunidades de la Costa Atlántica y sobre todo muchos prejuicios”.
Pero su fuerza de carácter y su deseo de salir adelante la hizo enfrentar sus miedos y no dejarse acomplejar.
Cuando te paralizas
La fobia social es normal y controlable siempre y cuando el miedo a los acontecimientos, al ridículo, a la autoridad, al trabajo, a la vida en general, no interrumpan o dificulten nuestra vida.
Como en el caso de Berenice, cuando llegamos por primera vez a un lugar es normal sentir miedo, pero si ella hubiera permitido que el miedo le impidiera integrarse en su nuevo ambiente, hoy no estaría por culminar su carrera.
Por otra parte, el miedo puede ser aprendido, es por eso que debemos racionalizar nuestros temores para saber si tienen fundamento o no.
Una calle oscura puede darnos miedo, porque tenemos la experiencia previa de haber visto un asalto en circunstancias parecidas.
Pero paralizarnos de miedo en la oscuridad de nuestra propia casa, no parece tener sentido.
Cuando el miedo es tan intenso que nos impide llevar una vida normal, entonces sí tenemos un problema.
Cómplices del miedo
En cambio, hay personas que experimentan una agradable sensación al enfrentar sus miedos --he ahí el éxito de las películas de terror--. Cuando pagan para que los asusten, sea en el cine o en un parque de diversiones, en realidad lo que están buscando es conocer su propia capacidad de autocontrol y de paso demostrar valentía.
Esta exposición voluntaria al miedo sirve a estas personas a manera de ejercicio, ya que está comprobado científicamente que su capacidad de respuesta en situaciones de peligro es mayor que la de alguien que no gusta de las emociones fuertes.
El novelista francés Alejandro Dumas lo resumiría de otro modo: “No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.