Mundo Oculto

Ausencias

Contrató a un ingeniero que se encargó de destruir los cimientos y no le sorprendió que encontrasen los restos de dos hombres en lo que alguna vez fue el armario de mamá y papá

- Papá se fue --entendió Teresa que dijo Isabel entre sollozos, quizás no fue necesario escuchar perfectamente la noticia, sabía que era cuestión de tiempo, que un día al regresar del colegio la recibirían con esta noticia: “Se fue”, esperaba que papá fuese al colegio a buscarla, a darle explicaciones del caso, sin ahondar en la verdad:
desde hace unos años mamá ya no le amaba como antes.
Pensó que papá no le revelaría que mamá tiene un amante, pues el orgullo del hombre es superior a cualquier sentimiento de abandono, pero éste no fue a buscarla y tuvo que adivinar en los sollozos de Isabel que se había ido.
Quería correr al cuarto, prefirió caminar despacio con la convicción de que un ánimo sosegado atrae la paz de espíritu. Su madre lloraba, con gesto cansado indicó el espacio vacío del armario donde su padre mantenía su ropa, notó tan bien que en el cuadro en el cual él sonreía en familia, el rostro le fue retirado por las tijeras de su madre.
- No quiero nada de él, si no puede vivir conmigo, no quiero nada de su recuerdo - explicó mamá, luego se dispuso a borrar de la casa cada vestigio de la existencia de su padre; le tomó una semana eliminar el olor de hombre en la casa, gastó una fortuna pintándola y comprando muebles nuevos.
- De mi parte, yo las traje al mundo sola - les dijo mamá, cuando le preguntaron por un teléfono en el cual ellas podrían comunicarse con su padre.
Él tampoco intentó comunicarse, no regresó a casa ni visitó más a los amigos, desapareció en el mundo, como si hubiera encontrado un hueco en la tierra y jurado no salir más.
Isabel no encontró el amor en su vida, la súbita ausencia del padre la marcó para siempre; fue de amor en amor, de fracaso en fracaso, salía de una tristeza para caer en otra, hasta que al fin su corazón no pudo más, si bien cortó sus venas con la navaja de afeitar de su padre, que ella consiguió esconder de mamá, fue su corazón el que no quiso más.
Mamá resistió algunos años, mantuvo la lucidez hasta sus últimos días, a pesar de que su cuerpo dejó de obedecerle, su mente se mantuvo intacta; no extrañó al padre de sus hijas, no clamó por él en los sueños, y cuando su cuerpo no pudo más, se entregó a la muerte con el odio a este padre intacto.
Teresa decidió derribar la casa, no la quería habitada de fantasmas, el dolor de una vida se queda aprisionado en las paredes, contrató a un ingeniero que se encargó de destruir los cimientos. No le sorprendió que encontrasen los restos de dos hombres en lo que alguna vez fue el armario de mamá y papá.
- La casa la construimos sobre un cementerio indígena, explicó, y dispuso de los huesos en una fosa común.
No se atrevió a pensarlo antes, pero lo sabía: papá llegó a casa y encontró a mamá con el otro, Isabel de alguna manera participó, quedaron marcadas por el secreto.
- Por eso papá pasó llamándome todos estos años desde bajo la tierra --pensó Teresa, justificando así todos los años en los cuales había administrado pequeñas dosis de veneno a los alimentos de Isabel y mamá.