Mundo Oculto

El rancho del terror Adolfo y Sara

Tras unas horas de interrogatorio confiesa su pertenencia a una secta de magia negra que utiliza el rancho para realizar sus sacrificios rituales con seres humanos

Desde el rancho de Santa Elena (ciudad fronteriza de Matamoros, México), Adolfo de Jesús Constanzo y su banda transportaban semanalmente una tonelada de marihuana al país vecino, pero el lugar no era sólo un centro de distribución de drogas.
En 1989 fueron acusados de asesinar a más de una docena de personas durante unos rituales de un culto afroamericano.
La Policía detiene en un rutinario control la camioneta de uno de los miembros del rancho, donde encuentran restos de marihuana y una pistola, por lo que es detenido.
Tras unas horas de interrogatorio confiesa su pertenencia a una secta de magia negra que utiliza el rancho para realizar sus sacrificios rituales con seres humanos, además del narcotráfico.
El caldero pestilente
La Policía va a registrar el rancho, y encuentra allí otros 110 kilos de marihuana y algo mucho más macabro: un caldero de hierro de hedor pestilente que contiene sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarros, botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada.
Alrededor de la casa, una fosa común con 12 cadáveres descuartizados, a los que se había extirpado el corazón y el cerebro. Los agentes detienen a un grupo de personas implicadas, quienes confiesan haber matado a esos individuos por orden del “Padrino” Adolfo de Jesús Constanzo, de 27 años.
Constanzo comienza a vender sus productos de magia. Su excelente reputación entre las altas esferas le sería debida a los poderes mágicos que le eran atribuidos al misterio que continuamente le rodeaba y a su carismática personalidad.
Ávido por obtener más poder, comienza a efectuar sacrificios en sus rituales para dar mayor espectáculo, siempre ayudado por una joven que pasó a ser su musa y amante, Sara Villarreal. Sara se convierte en gran sacerdotisa del culto y participa activamente en todas las sangrientas ceremonias, además de reclutar a nuevos miembros y explicarles las actividades.
Para hacerse invisible
Adolfo convence a los demás de que tendrán el poder de hacerse invisibles y más si siguen al pie de la letra sus instrucciones: confeccionando un caldero mágico con unos ingredientes especiales en los ritos de Palo Mayombe, como son la sangre y algunos miembros humanos mutilados, preferentemente cerebros de criminales o locos, a ser posible de hombres de raza blanca, pues supuestamente éstos son más influenciables por el verdugo. El rito termina cuando los participantes beben la sopa del caldero formada con la sangre de la víctima, su cerebro y los demás elementos... lo cual les dará todo el poder que deseen. Los detenidos revelaron la existencia de otra sede del grupo en otras ciudades mexicanas.
A partir de ese momento, la Policía los busca incansablemente. Constanzo y sus más cercanos seguidores deciden esconderse en una mansión de un Obispado. Al poco tiempo son descubiertos.
Confiesa
Según las declaraciones de Sara, desde que conoció a Constanzo, mantuvo una doble vida: por un lado, una chica normal con sus amigos y familia, y una fría asesina por el otro.
Ella misma se dedicaba a torturar a alguna víctima. Delante de los demás miembros del culto, ordenaba que se colgase del cuello a la víctima, con las manos libres para que pudiese sobrevivir agarrándose a la cuerda. Luego lo sumergía en un barril de agua hirviendo, mientras le arrancaba los pezones con unas tijeras.
Confesaría además otros crímenes brutales, como mantener a la víctima con vida tras cortarle su miembro viril, las piernas y los dedos de las manos, abrirle el pecho de un machetazo y agarrarle el corazón sin desprenderlo, mientras el moribundo lo mira agonizando.
Más tarde negaría su participación en los rituales, asegurando que el “Padrino” la retuvo contra su voluntad. En la actualidad, Sara cumple una pena de 50 años por homicidio, sin saber que su historia ha inspirado la película “Perdita Durango”.