Mundo Oculto

El coleccionista

Para nosotros Gonzalo era un demonio, un mal espíritu, encarnado en un hombre. Le temíamos, en los combates las balas no lo tocaban, luego desaparecía; al tiempo regresaba con orejas, lenguas y ojos de las víctimas.

- Si, lo matamos. No me siento culpable y ninguno de los muchachos se
arrepiente, pero si vivimos con el temor de que él regrese.
- Usted me dijo Carlos, que a Gonzalo lo mato la tropa por sus excesos
¿A qué excesos se refiere?
- Uno se acostumbra a matar, no por eso sos un asesino; son combates
¿me entiende? La mayor parte del tiempo no vemos al que muere de
nuestros disparos, entonces su muerte es compartida. Pero Gonzalo...
era diferente, si agarraba uno con vida le cortaba la lengua, la oreja
y le sacaba los ojos, eso es lo peor que uno puede hacerle a un
hombre.
- Disculpe Carlos, pero no le entiendo, es tortura claro esta.
- Un muerto para llegar al otro mundo necesita uno de los sentidos; la
boca para pedir perdón por sus pecados, las orejas para escuchar la
voz de Dios y los ojos para encontrar el camino al paraíso, sin ellos
es como estar en un cuarto oscuro, uno se queda penando a perpetuidad
entre el mundo moral y el inmortal.
- A sus ojos lo que Gonzalo hacia con los prisioneros era terrible.
- Todo hombre tiene derecho a la salvación. Para nosotros Gonzalo era
un demonio, un mal espíritu, encarnado en un hombre. Le temíamos, en
los combates caminaba erguido, observaba para encontrar a su presa.
Las balas no lo tocaban, luego desaparecía; al tiempo regresaba con
orejas, lenguas y ojos de las víctimas. A veces los encontrábamos en
el camino a los hombres y Gonzalo nos ordenaba darles el tiro de
gracia.
- ¿Por qué no se quejaron con el general?
- Usted no sabe lo que es convivir con el mismo diablo, podía leer
nuestro corazón.
- Si era tan poderoso como usted dice Carlos ¿Por qué no pudo evitar
que ustedes lo matarán?
- No fue algo planeado, fue un instinto. Me dio la espalda en un
combate y por instinto dispare, después los muchachos dispararon... ¡Y
no se moría el demonio ese! Le metimos par de magazines en la cabeza
y finalmente dejo de respirar, pero no crea que eso fue todo; le
arrancamos la lengua, las orejas y los ojos, dicen que los demonios
arrepentidos también pueden entrar al cielo, así que decidimos
castigarlo en ésta vida y en la otra.
- Carlos, no le creo, usted es un hombre tan tranquilo. Esa es otra
de sus historias.
Carlos se levanto, fue a una esquina de la habitación, de una cajita
extrajo una manta y se regresó.
- ¿Tiene frío? - me preguntó y de inmediato sentí que la temperatura
había bajado considerablemente, me mostró lo que escondía la manta;
una lengua, dos orejas y unos ojos verdes que relampagueaban de furia.