Mundo Oculto

El ahorcado

García sale de la oficina, su último día está cerca, lo puede intuir

Jove

- Conozco a este hombre --dijo Diego García al contemplar la fotografía del hombre ahorcado en la primera plana del diario-- lo conocí, fue conductor mío hace años --intentó explicar a los indiferentes miembros de la oficina que no mostraron interés por su pasado, fue incapaz de resentirse, habituado a que ignoren sus comentarios, regresa a los números contables de la empresa.
"El mundo seguirá sin él --piensa García--, como si nunca hubiese puesto un pie sobre la faz de la tierra, pobre hombre, muy seguramente la pobreza, el hambre, lo llevó a tomar esa medida desesperada. Pero yo no podía ayudarle, total, nunca fue un buen conductor, no podía arriesgar mi vida, conseguir trabajo no es tan difícil para un hombre de su experiencia, aunque su edad, la edad es siempre un obstáculo, ahora se buscan empleados más jóvenes, más baratos".
- Don Diego, lo espera el señor director --le avisa la secretaría por el intercomunicador, y él piensa por un instante en el sabor de los labios de la muchacha, sabe que no puede tenerla, la edad, el puesto, el hecho de que sea un hombre sin raíces, más importante aún la edad, previenen a la chica de complicarse la vida con un hombre como él.
Sabe que le dirá el director en la oficina: "Diego, es muy difícil decirle esto a usted. Son tantos años en la compañía, pero tendremos que prescindir de sus servicios", será un golpe tremendo para él, no tener un lugar en el cual mantenerse alejado de casa de 8 a 6 de lunes a viernes.
Quiere pensar que quizás es lo mejor, pero no puede pensarlo, desde hace años su vida no es otra cosa que esperar el fin de semana para ir a la oficina, no necesita el trabajo, de una forma convencional no necesita la oficina, con sus bienes podría pasar el resto de su existencia, desde hace 30 años que podría estar pasando el resto de su vida conociendo el mundo.
No lo hizo, para él sería ir de una habitación vacía a otra, de una soledad confirmada a la siguiente y la siguiente, sin el aroma de la persona amada en los objetos que lo rodean.
Al menos hay en su casa algo de ese amor, los recuerdos que habitan en algunas partes sin luz del hogar, recuerdos intolerables, llenos de: "Me voy, no me esperes, no regresare", pero recuerdos al fin, que lo han mantenido firme con el paso del tiempo, esperando, aferrado a una inútil esperanza de que esa puerta se abra y el amor regrese pidiendo disculpas. No puede dejar de pensar en el hombre de la primera plana.
- Dieguito --inicia el director-- ¿Cuántos años tiene en esta oficina?
- 50 años señor, trabajé para su padre y su abuelo.
- Entiendo que le ha ido bien en la vida.
- Hice unas inversiones en mi juventud que se han multiplicado con el paso de los años.
- Usted conoce la situación de la empresa.
- Perfectamente, llevo las cuentas.
- No me facilita usted las cosas.
- Necesita prescindir de mí, quiere invertir algunas ganancias. Remodelar la casa de su isleta no será barato.
- ¿Lo sabe usted?
- Me encargo de sus cuentas, y la verdad, a mi edad y con el sueldo, no soy ninguna ganga. Entiendo señor, perfectamente, hay cosas más importantes para un joven que un viejo con carga sentimental.
García sale de la oficina, su último día está cerca, lo puede intuir. Le habla a la secretaria, le pregunta el nombre, intuye cuando ella dice "Virginia", que ella será la primera visitante de la isleta en Granada, no se amarga por eso, él hizo lo mismo en su juventud, y ahora la lengua del hombre ahorcado se sacude en su dirección. Compra una soga en la ferretería, está decido.
- Si al menos estuvieras aquí --dice al tiempo que pasa el nudo
alrededor del cuello. No alcanza a escucharla, es ella que 30 años
después ha regresado, llamándolo por su nombre en la puerta. La
lengua del hombre ahorcado se agita, se burla.

Quiero decirte Claudia; duele
Toda tú me dueles, en las manos
que no rozan tus manos
En los ojos que no ven tú sombra
bajo la luna roja
de esta ciudad-infierno
Tú me dueles Claudia
en los oídos, la boca, la piel
bajo las costuras de mis máscaras
Duele…
En esta parte de mí que secretamente habitas.