Mundo Oculto

Cupido

Consumido por alguna locura diabólica le extrajo las uñas al anciano, le levantó parte de la piel en el pecho, le cortó una oreja y le destruyó el rostro

Jove

- Una vecina lo vio saltarse el muro, desafortunadamente llegamos tarde, dos minutos tarde -explica el cabo al sargento los sangrientos hechos de la tarde- Javier Espimas, de 18 años, impulsado por la ansiedad que provoca en el adicto la falta de droga, entró a la casa de
José Castellón, anciano fabricante de dulces.
- Don José nunca le hizo mal a nadie, sus hijos le ofrecieron llevarlo a vivir con ellos, pero él prefería quedarse aquí con su pequeño negocio… Yo le compraba de niño, mis hijos heredaron la costumbre y en lo últimos meses me pedían dulces para mis nietos, y yo, viejo permisivo, venía aquí a la casa del angelito a buscar los dulces - recuerda nostálgico el sargento.
- ¿Por qué le decían la casa del angelito sargento?
- Por el Cupido de la entrada, don José lo recibió de su difunta mujer hace más 50 años, pensaba que atraía buenas vibraciones a su casa y a los visitantes… esta gente de la ciudad, nos los envían para alejarlos de sus vicios y vienen hacer fechorías – termina con rabia.
El sargento no puede seguir hablando, sabía que José Castellón estaba muerto, nada en sus 30 años de ejercicio de carrera le habían preparado para este momento; Espimas consumido por alguna locura diabólica le extrajo las uñas al anciano, le levantó parte de la piel en el pecho, le cortó una oreja y le destruyo el rostro con un martillo.
- Este chico merece la muerte – observa el cabo conmovido.
- Esta misma noche su padre enviará por él, hoy dormirá como rey y mañana estará estudiando en otro país.
- No hay justicia… - dice el cabo llorando.
- Para los pobres no la hay, sólo les queda esperar la justicia divina.
El cielo se ha cubierto de nubes, el viento ha cambiado de rumbo y se ha acercado un temporal. Llueve con furia sobre la ciudad, por lo que se desbordan los cauces; en pocos minutos, las calles son intransitables. Lo mejor es quedarse en casa mientras termina el temporal. Todos se quedaron esa noche bajo techo, menos Espimas que ha recibido la libertad condicional y aguarda el vehículo que llegará por él para salvarlo, una vez más, de uno de sus excesos.
- Si el viejo me hubiera dado el billete, no tendríamos este problema – le comenta a Gonzalo Somarriba, ignorado compañero de fechorías, quien logró escapar antes de la llegada del cabo.
- El viejo infeliz gritaba como un cerdo – se burla.
La camioneta que llevará Espimas hacia la libertad aparca a la entrada de la jefatura. El sargento observa con rabia cómo Espimas va hacia una segura libertad; no puede hacer nada, son "órdenes del juez".
Al otro lado de la plaza, los ojos del Cupido en la casa de José Castellón brillan a la luz de los relámpagos, al menos eso dirá Reinaldo Ferrara, italiano emigrado a estas tierras para dedicar su vida al alcohol y las mujeres, pero nadie le creerá luego por su evidente ebriedad.
A la salida del pueblo, la camioneta se ha quedado estancada en el fango. Espimas espera, como siempre, que alguien le resuelva sus problemas. Después de unos 10 minutos de intentar sacar la máquina del barro el conductor desiste en su esfuerzo, al menos eso cree Espimas.
- Ideay boludo – le grita – vamos a llegar tarde.
Un trueno es la única respuesta, luego el silencio y el golpetear de la lluvia en el techo del auto, tan, tan, tan, la lluvia sobre el techo del auto, tam… tam… tam… el corazón de Espimas. Su instinto animal le dice que algo no está bien, tam, tam, tam, siente el corazón que va como si corriese, como si quisiera correr de algo que se aproxima. Tan, tan, tan la lluvia en el techo del auto, tam, tam, tam,
tiene Espimas el corazón en la boca, sabe que debe correr, salir de ahí a como dé lugar. En el vidrio de la puerta aparece el rostro de Gonzalo Somarriba, cómplice, muerto con algo atravesándole la garganta ahogándole el último grito.
Tam, tam, tam los ojos de una cosa pequeña lo observan, apenas puede verlo en la lluvia, parece un niño, lleva algo en las manos, sabe que lo ha visto antes y reconoce el arco y las flechas de piedra; tam… tam… su corazón no más. Ta… ta… Ti… ti cesa la lluvia, el infierno se abre.