Mundo Oculto

La serpiente emplumada


La adoración al Sol y a la Luna se encuentra presente en los mitos y creencias de la población centroamericana. En algunas zonas, ambas deidades, personifican a los ascendientes más antiguos y se les tiene por los abuelos sabios y experimentados. Se recurre a ellos siempre que la población se halla en peligro, y nunca dejan de acudir en ayuda de sus súbditos, puesto que son dos luminarias que se dejan ver ininterrumpidamente: por el día está el Sol y por la noche, la Luna.
Ambos tienen, según la mitología de estas poblaciones, un descendiente, al que los mayas denominan Gucomatz. Éste posee la capacidad de metamorfosearse y transformarse, por lo que puede adquirir la figura del animal que desee, aunque él mismo tiene forma de serpiente: “la serpiente emplumada”. Gucomatz moraba ora en el Cielo, ora en el abismo del Tártaro, y tenía por compañero al dios Hurakán, con el cual compartía el poder sobre el universo. Ambos estaban considerados como poderosas deidades que personificaban a los fenómenos naturales que podían provocar catástrofes. En este sentido, se creía que, tanto el trueno y el rayo, como los vientos huracanados, eran enviados por ellos. Se les consideraba, también, como los dioses que enseñaron a los mortales a producir el fuego. Ambas deidades juegan un importante papel en la cosmología maya, ya que, en un principio, todo estaba cubierto de agua, y únicamente los dos poderosos dioses vivían fuera del elemento acuoso.
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