Mundo Oculto

El Coyote


Jove

En junio, las mujeres que lavaban en el río encontraron los restos de la niña Bertha, digo encontraron, aunque la mano de la octogenaria beata flotó hacia ellas; el resto del cuerpo permaneció unas horas río arriba hasta que los zopilotes guiaron a los oficiales hasta los despojos. Ninguno tuvo estómago para tolerar la piel en varias ramas de los árboles, el hígado bajo una piedra, las piernas cortadas y apiladas para fogata, no encontraron la cabeza, porque ésta flotó hasta el mar (pero esa es otra historia). Nadie la lloró. Con sus 80 años, nunca perdonó una mala mirada, una descortesía, alguna falta de fe en sus consejos bíblicos, en resumen, no amó ni fue amada.
En julio, el río entregó los restos de la niña Daniela, algo le arrancó el vientre a mordiscos. Un productor indicó que dos días antes disparó sin éxito a un coyote que merodeaba sus bestias. La radio local advirtió a los vecinos los peligros de andar sin compañía por los caminos, en particular de noche. De la niña Daniela, apenas se dijo que era buena, los fallecidos por lo general lo son, aunque todos recordarán, por años y con espanto, el placer perverso que prodigaba cuando agarraba a un niño de las orejas al tiempo que le gritaba: "¡Burro, burrooooo!", para luego reírse toda la tarde con su único diente amarillo.
Los ojos de Norberto Herrera amanecieron en la entrada de la iglesia en agosto, el resto del cuerpo no fue encontrado, si bien se supo que eran los restos de Norberto, porque no había otros ojos lilas como los suyos.
Norberto sí era un buen hombre a los ojos de los demás, fue por eso que se organizó una partida de caza para atrapar al coyote, nunca un coyote le arrancó los ojos a nadie; pero fue imposible dar con el rastro de la fiera, así que se mantuvieron en estado de alerta para evitar futuras incursiones de la fiera asesina. Fue entonces que me comisionaron de Managua para investigar las muertes de manera extraoficial, temían que el asunto fuese diabólico.
En septiembre, en la quebrada del río los niños que venían de la escuela encontraron la cabeza de la niña Teresa, dentro de su boca el cirujano encontró un rosario. "Por eso la fiera no devoró la cabeza", murmuraba la gente. Por prohibición del alcalde los detalles del crimen no fueron revelados. Acompañé a los hombres a la montaña; dieron cuenta de tigres, leones, coyotes y perros vagabundos que encontraron; no regresaron tranquilos, las fieras no dieron pelea.
En octubre, durante la primera semana, la gente decidió encerrarse en la casa al caer la noche, nada pasó hasta finales de mes, Nicolás López bajó de los cerros con su mujer, Carolina, a punto de dar a luz; la fiera atacó de nuevo, le arrancó el brazo con el que empuñó el machete en un vano intento por defender a Carolina, a quien desgarró en el
monte y luego lanzó los restos al río.
-- ¡Es un hombre! --decía López cuando unos peones lo levantaron del charco de sangre -- ¡Un hombre con cabeza de coyote! --gritó antes de morir a la entrada del pueblo.
-- ¿Te fijaste? --observó el sargento--, todos los ataques son en luna llena.
Ya había notado que los ataques ocurrían en luna llena, y eso me hizo pensar que quizá fuera un asunto menos grave, simple y llana brujería.
Llegó noviembre, algunos comerciantes trajeron armas al pueblo y las vendieron a precios irracionales que el miedo los hacía justos. De poco le sirvió a don Fausto Rodríguez, la noche de luna llena el coyote entró por la ventana de su cuarto, Fausto le disparó a la bestia y ésta arrancó a doña Cristina, mujer de Fausto y la arrastró al monte. Una mano, una pierna y algo del cuero cabelludo de Cristina los recogimos en bolsas a la orilla del río. Decidí esperar la siguiente luna llena, tender una trampa en la quebrada del río en donde la fiera tiraba despojos de sus víctimas.
Llegó la luna llena de diciembre, embosqué a la bestia en la quebrada, debo decir que me llené de estiércol de animal para ocultar mi olor y aguardé. Como a las 10 de la noche bajo la luz de luna apareció el hombre, no vi su rostro, pero noté que con extremo dolor se transformaba. Decidí no seguirlo, otra muerte no me parecía importante si esa misma noche se acababa con el mal; por sus ropas supe quién era, pedí perdón al cielo porque mataría a un prójimo: "un mal necesario".
En la madrugada, el coyote regresó de su paseo sangriento, esperé que regresara a la condición humana y lo interpelé.
-- ¿Por qué?
-- Eran pecadores, Bertha, Daniela y Teresa, brujas, Carolina cargaba en su vientre un bastardo de Norberto, Cristina le era infiel al marido con Juan Ramírez… hoy lo maté.
-- ¿No bastaba con las penitencias?
-- Yo escucho, pero no sé perdonar.
Sus ojos brillaban en la noche, supe que estaba poseído por una furia fanática que no podría saciarse ni con toda la sangre del valle, estaba adicto al juego, al maldito juego, de ser el ángel vengador de Dios. Le clavé el puñal en el corazón. Al mes, de la capital enviaron su reemplazo, el coyote no atacó más.