Mundo Oculto

Noche de Navidad


Soy un hombre condenado, de la capital me presionan para llevar ante la justicia a Baltasar García por el asesinato de dos oficiales del Ejército, un juez local (muy amigo mío) y tres productores.
A mi antecesor lo despidieron por informar que las muertes ocurrieron en una riña tumultuaria. La gente de la ciudad no entiende, le parece imposible que un hombre pueda con un puñal dar muerte a seis hombres dotados con armas de fuego, tampoco entienden que García no es un hombre. Pero esos son detalles que los de capital no comprenden, por eso me envían felizmente a la muerte, porque García acabará conmigo una vez enterado, si lo ignora, que debo arrestarlo.
García estuvo 10 años sin bajar al llano, debo decir que fue una década de tranquilidad, sin su mano en la empuñadura del puñal, sin esa risa indiferente ante la muerte llenando las calles. Esperamos que estuviese muerto, que en la selva hubiese encontrado su igual, pero no tuvimos esa suerte.
Debí irme de este maldito pueblo cuando los animales se mostraron inquietos, debí suponer que algo maligno había posado su mirada en nosotros, pero la relativa paz nos volvió confiados y casi habíamos olvidado el mal que nos gobierna.
García llegó al pueblo, un observador externo diría que no debíamos temerle a un hombre que apenas mide 1,52 metros, vestido de pulcro blanco, de rostro afable y cabello hasta la cintura. Uno pensaría que ese hombrecito es incapaz de matar una mosca, y quizá sea cierto, puede destrozar un hombre, pero yo lo he visto agarrar moscas entre sus dedos y removerlas con cuidado.
Su primera y única parada fue la cantina, allí encontró a sus víctimas, quienes lo compararon, por la altura, con un niño. Lo vi saltar unos tres metros hacia el cuello de su primera víctima, no vi el puñal, sí la hoja empapada de sangre que limpió con el borde de mi camisa antes de regresarla a su funda. Luego observé a los hombres caer muertos, en la mano García tenía seis pares de ojos.
--Un ánima sin ojos --nos dijo-- no puede encontrar el camino al cielo.
El sargento notificó el suceso como riña y fue despedido de inmediato. Yo debo arrestarlo y presentarme en la cantina, ya me siento cadáver, por eso en la mañana me he medido el ataúd y prepagado el entierro, espero que no me saque los ojos.
En la televisión escuché una vez un proverbio chino:
--Los terneros no le temen a los pumas-- me dije para justificar que mi juventud, apenas 35 años, me hacía enfrentar la muerte. La verdad, desde que Ana partió de mi vida, la idea de continuar resultaba insoportable. Con mi muerte sería un héroe. La pobre se arrepentiría por cambiar al héroe por un conductor de autobuses.
García estaba en la cantina, quizá con su vigésima botella, me vio entrar, sonrió.
--Discúlpeme García, pero en Managua me han dado una orden.
La gente en la cantina se apartó, dejándole el camino abierto.
--Así que quieren mandar mis huesos a la cárcel.
Asentí, mientras él me atravesaba con la mirada y escarbaba mi corazón, luego rió.
--Tómese un trago amigo, estamos en Navidad. Mañana resolvemos el asuntito.
Me pasó la botella, bebí hasta perder el sentido. Ahora sé que es otro día, lo sé, siento el sol en mi cara, pero no puedo abrir los ojos, no encuentro el camino.