Mundo Oculto

La Caja


Jove

Basilio tiene meses observando al hombre con la caja que él supone vacía, durante días piensa en el pobre idiota cuya riqueza se ha reducido a una caja en la cual podrían alcanzar, no sin cierta dificultad, un par de zapatos infantiles, pero la trata como si la insignificante caja contuviese el mayor tesoro del mundo; la limpia, la acaricia, le habla como a una mujer amada.
--¡Epa broker! –-le pregunta una de esas tardes-- ¿Qué andás en la caja?
--La felicidad –-responde con sus pocos dientes amarillos y casi de inmediato desaparece en la esquina para alejar su felicidad (la condenada caja) del hombre que la está deseando.
Basilio se burla un tiempo de la locura del hombrecito enclenque de la caja, luego se obsesiona con el objeto que éste anda en manos y que según él, contiene la felicidad. Ahora piensa en otras cajas: la que nos salva del peor de los males: la esperanza, la ilusión de creer que es posible controlar el destino, la custodiada por el par de serafines que contiene el verbo de Dios; el verbo que da vida y destruye, la otra que según dice contiene la confesión de todos los traidores.
--Cajas hay muchas, algunas reales, otras mitológicas... --medita Basilio-- ¿para qué querré la caja de un loco?
Para los expertos en la psiquis humana un hombre que no es feliz desea la desgracia a todos los que no se arrastran por el mundo derrotado y triste. El hombre de la caja no parece derrotado y Basilio lo ha escuchado cantar feliz, lo cual considera una afrenta personal, pues ningún hombre sin paraguas tiene derecho a la sonrisa.
Durante los días siguientes pensó en la manera de apropiarse de la caja, no podía ir donde el hombre y arrebatársela, seguramente el hombre lucharía por su caja y en el caso que la alimentación le jugase en contra, nada impediría que reclamara su caja y no de las mejores maneras.
--Todos los pobres son fundamentalmente delincuentes –-piensa Basilio en el mismo momento que decide matarlo–-, un indio menos, una tortilla más –-se dice resuelto a terminar con la vida del hombre de la caja--.
Matar a un hombre no es cosa fácil, lo primero es quitarle todo elemento humano, para sentir que uno acaba con una cosa y no con una persona, por eso Basilio se convence que es un animal, un pobre delincuente que merece la muerte por los daños que ha causado o pueda causar a otras personas. Descubre que debe encontrar el escenario ideal, matarlo y tirar el cuerpo levantaría demasiadas sospechas.
--El hombre de la caja debe morir en una situación que no amerite mayores indagaciones de la autoridad –-piensa Basilio y da con la solución instantánea.
Cualquiera que conozca las leyes sabe, un vacío legal, que cualquiera puede dar muerte a un hombre si éste entra en su propiedad sin avisarle. La oscuridad es necesaria, en el caso que el muerto sea un amigo. Se decide por este ardid, carga la carabina y sale a buscar al hombre de la caja, lo encuentra.
--Mire, quiero pedirle un favor –-le dice-– fíjese que dejé la llave dentro de la casa, la casa esta abierta, pero cerré el portón y la verdad no puedo cruzar el muro... estoy muy pesado. Le doy 10 dólares...
Basilio saca el dinero, el hombre lo acepta y lo sigue, sin saber que va camino de su muerte. El hombre escala el muro, sin desprenderse de la caja. Basilio abre con sus llaves el portón, de la grama saca la carabina y dispara dos veces en la cabeza del hombre. Con voz temblorosa avisa a la Policía:
--He matado a un hombre... saltó el muro...
--Es evidente –-dice el oficial-– que este hombre empujado por la pobreza decidió robar en su casa, y no se esperaba ese recibimiento.
La caja permanece en su cuarto una semana, tras finalizar las averiguaciones decide abrir la caja y comprende que encontrará en ella lo que ha puesto. En el fondo de la caja un billete de 10 dólares le recuerda que es un asesino. La caja de Basilio es pesada, apenas puede con ella y sabe que no la abandonará, su insignificante caja contiene un muerto.