Mundo Oculto

La feria


Jove

Orlando, que subió del llano la noche anterior, llegó con la noticia.
- ¡Llego la feria! – nos gritó al saltar del bus al camino - ¡Llego la feria! ¡Traen un animalote en los camiones que le dicen el-elefante!
¡Un león con pelos en el pescuezo! ¡Caballos de hierro que dan vueltas y vueltas en círculo! ¡Y una máquina que te tira al cielo!
El entusiasmo con el cual hablaba de esas y otras cosas nos picó de curiosidad. Magda, mi mujer, no quería hacer el viaje de 4 horas hasta el pueblo, no lo sentía necesario, además pensaba que las máquinas son cosas del diablo.
- Una máquina voladora – le dije a Magda – a los niños le va a gustar – proseguí, convencido que soy el único interesado en acercarse al cielo.
Bajamos en la madrugada del domingo al pueblo, la feria abrió hasta la mitad de la mañana y para nuestra mala suerte no sabíamos que debíamos comprar boletos y esperar turno para usar los juegos.
Mientras la mujer y los niños hacían fila, recorrí un rato el lugar, una tienda al fondo del patio me llamó la atención, un cartel anunciaba "ADIVINA", la curiosidad me llevó hacia la tienda.
Una mujer me esperaba, digo que me esperaba, porque me lo dejó claro desde el principio.
- Carlos, te esperaba – me dijo al entrar, aunque mi nombre es Ramón, era Ramón, fue Ramón, no es realmente Ramón. Por un momento, estuve confundido, esa mujer sabía mi verdadero nombre y no nunca la había visto, no recordaba haberla visto, sorprendido acepté el asiento que me ofrecía.
- Hola – musité.
- ¿Cuántos años, Carlos, desde la última vez?
- No lo sé.
- Me olvidaba que parte del acuerdo es no recordar el acuerdo.
- ¿Cuál acuerdo?
- El que firmaste, el contrato.
- ¿Qué firmé? – pregunté preocupado.
- No te preocupés, lo recordarás un momento antes.
Salí de la tienda preocupado, sus palabras resonaban en mi cabeza, pero pronto olvidé a la mujer que conocía, al menos parcialmente, mi pasado. Por suerte me tocaba el turno de subir a la máquina voladora y me acomodé con entusiasmo, quería acercarme al cielo, tocar el cielo con las manos, sentirme cerca de la gloria y entonces, entonces, los recuerdos perdidos vinieron a mí.
Recordé la envidia al mirar a Magda del brazo de otro, de Ramón, mi hermano, eran jóvenes entonces, y ella no sabía de mí, porque yo había pasado los años en un sanatorio, el deseo se apoderó de mí, quería ver muerto a Ramón, amar a Magda, borrarlo y para siempre. Pero no podía, ella nunca se fijaría en mí, yo tampoco podría amar a una mujer con un defecto físico, fue entonces cuando encontré a la mujer de las cartas y me ofreció el trato.
- Tu alma, Carlos, y tendrás todo lo que tu corazón desea.
Firme, con la condición de no recordar nada, en la mañana mi rostro era el de mi hermano, el brazo creció en el lugar donde antes faltaba, asistí al entierro de Carlos, sabiendo que no era yo el muerto, sino Ramón que por efecto de las malas artes estaba en mi cuerpo. La máquina falló, el asiento se desprendió y por unos momentos volé más cerca del cielo, escuché a Magda gritar, no recuerdo más, sé que no he tenido tiempo de arrepentirme, de lo contrario estaría en el cielo y no aquí en el infierno; pudriéndome.