Mundo Oculto

El tortuoso viaje del Santo Grial

La historia de esta reliquia tiene su origen en José de Arimatea, un rico comerciante judío que, según la Biblia, habría organizado la última cena de Jesús y los Apóstoles

EFE/REPORTAJES

El Santo Grial, una de las reliquias más emblemáticas del cristianismo, se halla en una urna de cristal y resguardada entre los muros de la catedral de Valencia. Pero su ubicación actual es el resultado de un largo camino que el Sagrado Cáliz, utilizado por Jesús en la Última Cena, tuvo que recorrer sorteando la ambición de los hombres y las vicisitudes de la historia que han hecho de esta copa sagrada una auténtica leyenda venerada por los creyentes cristianos.
El recipiente está adornado con perlas y piedras preciosas. Tiene forma semiesférica, un diámetro de 9,5 centímetros y está excavado en un gran trozo de ágata cornalina oriental. La base es elíptica y está constituida por una copa de calcedonia ovoide que se presenta colocada a la inversa. Lleva las correspondientes asas de forma ofidia y es de oro finamente niquelado. Se trata, en conclusión, de una composición de diferentes elementos, puesto que está confirmada la tesis de que ninguna de las partes del cáliz corresponde al mismo periodo histórico.
Leyendas en torno al cáliz
La historia de esta reliquia tiene su origen en José de Arimatea, un rico comerciante judío que, según la Biblia, habría organizado la última cena de Jesús y los Apóstoles. Jesús de Arimatea solicitó tras la muerte de Jesús su cuerpo para enterrarlo en una tumba de su propiedad; la lanza con la que fue herido y la copa de la cena, quedaron en su poder.
A partir de este hecho, la leyenda comienza a generar varias versiones, una de las cuales la sitúa en Inglaterra, donde se dice que llegó el rico comerciante judío con su familia, estableciéndose en la localidad de Glastonbury o en Avalon, ambas localidades con un pasado mítico trascendental por su carácter céltico y legendario.
En Glastonbury se erigió una abadía en el siglo VII sobre un antiguo emplazamiento céltico, donde adjudicaban la localización de los enterramientos del rey Arturo y su mujer Ginebra, cuyas tumbas fueron encontradas en torno a 1190. Avalon era una mítica isla donde se decía que los campos se cultivaban solos y los árboles daban sus frutos sin necesidad de ser cuidados. De cualquier forma, la historia no es única porque del cáliz se pierde su rastro durante varios siglos.
Otra versión de esta leyenda sugiere que fue San Pedro el que se encargó de llevar la reliquia hasta Roma, pasando antes por Antioquía, donde el discípulo de Cristo ofrecía la Eucaristía a sus seguidores. En la capital que se fundó del cristianismo y durante dos siglos, parece que existen claros indicios de que el cáliz fue utilizado por 23 pontífices hasta el pontificado del griego San Sixto II, para conmemorar la Sagrada Cena.
Esta versión está sustentada en el canon litúrgico romano de los primeros papas, ya que en el momento de la consagración se decía textualmente: “Tomando este glorioso cáliz”, refiriéndose a “este” solamente.
Siguiendo los pasos de esta versión encontramos el camino que llevó el cáliz hasta España. Fue durante la persecución del emperador Valeriano y antes de morir, cuando el papa Sixto II entregó las reliquias, las alhajas y el dinero a su diácono Lorenzo, natural de Huesca (España), para que fuera escondido en las lejanas montañas de Aragón, donde también Lorenzo fue martirizado, no sin que antes enviara a la ciudad natal el Cáliz de la Eucaristía acompañado de una carta suya. Estos hechos sucedían en el año 258 o, según algunos autores, el 261.
Diversos lugares aragoneses marcarían la ruta del Santo Cáliz: la cueva de Yesa, San Pedro de Siresa, San Adrián de Sasabe, San Pedro de la Sede Real de Bailo, la catedral de Jaca y, hacia 1071, en el monasterio de San Juan de la Peña. Allí permaneció hasta que en 1399 el rey Martín I se llevó el vaso sagrado al palacio de la Aljafería de Zaragoza, donde estuvo más de 20 años, después de una breve estancia en Barcelona, acompañando al rey.
La estancia del cáliz en el Monasterio de San Juan de la Peña
Fue durante su estancia en el monasterio de San Juan de la Peña de donde surgió un núcleo de hombres esforzados que acometieron la reconquista contra los musulmanes. Esta lucha tuvo caracteres épicos, que no dejaron de ser aprovechados por la creación literaria, ya que, según historiadores de la literatura, constituyen el origen o fuente de poemas tan célebres como los de Cristian de Troyes o Wolfram de Eschenbach, protagonizada por el héroe Perceval o Parzival, que posteriormente se convertiría en el Parsifal en la célebre composición de Wagner.
Todas estas leyendas tienen el factor común de un vaso maravilloso, denominado Santo Grial o Graal, que se convierte en el objeto deseado de los caballeros. Su búsqueda va configurando la historia de aventuras cuya lectura estuvo tan presente en la literatura del Medioevo.
La tradición literaria compararía estas vicisitudes terrenales de ambición, celos, amor y otros sentimientos fatales humanos con la purificación del alma en esta vida que le ha correspondido permanecer hasta la muerte del cuerpo físico. El encuentro del Santo Grial significaría la purificación del alma, es decir, la victoria el bien sobre el mal en un proceso de transformación a través de las pruebas a las que es sometido el héroe de la leyenda. Lo que vendría también a compararse con un proceso alquímico, donde la copa representa el final de la obra alquímica, la sangre de Cristo o la obra purificada hasta su máximo esplendor.
La presencia del Santo Cáliz en San Juan de la Peña está testificada por un documento del 14 de diciembre de 1134. A petición del rey de Aragón, don Martín el Humano, el Cáliz pasó a ser custodiado en Zaragoza el 26 de septiembre de 1399. En el texto de entrega que se conserva en Barcelona, se hace constar que el Santo Cáliz fue remitido desde Roma con una carta de San Lorenzo.
La reliquia fue finalmente trasladada a Valencia durante el reinado de don Alfonso el Magnánimo y se conserva en su catedral desde el 18 de marzo de 1437.
Aunque son varios los vasos sagrados que se encuentran esparcidos por el mundo queriéndose autentificar como los verdaderos recipientes donde Cristo vertió el vino durante la Última Cena, el que se encuentra en la catedral de Valencia es el que más datos históricos reúne para ser el verdadero. Y aunque así no fuera, la veneración que ha suscitado durante siglos le hace merecedor de su carácter sagrado.