Mundo Oculto

Un viaje


- Pasaremos la noche aquí --dijo el guía con la naturalidad del que conoce las rutas de memoria-- mañana alquilaremos la lancha para navegar hasta la isla.
- Podríamos ir hoy --insistí.
- Mañana --respondió y cerró la puerta.

Pensé que pasaría la noche sin cerrar los ojos, como los chicos antes de la Nochebuena que esperan el momento oportuno para abrir el presente; una porción de felicidad envuelto para regalo. El cansancio derrotó la ansiedad y dormí, creo, a pierna suelta, como si tuviese planes de roncar durante siglos.
En la mañana, el sol desde la ventana me saludó con una caricia en el rostro, luego la ducha perfecta, ropa seca, el arroz con frijoles, un par de huevos a la ranchera, leche y tostadas, “será un día de pie derecho”, pensé, y salí al patio a tomar el sol y contemplar el lago a lo lejos, y la isla aguardándome.
Caminé un rato por la orilla, calculando la jornada, la posibilidad --el sueño-- de caminar sobre las aguas hasta la otra orilla, busqué un pescador que me llevase con su barca al otro lado, no había pescador, barca o casa en donde preguntar, apenas el hotel en el cual pasamos la noche, “en el hotel no vi trabajadores”, recordé, “en realidad estaba muy cansado”, medité con algo de vergüenza por no poder recordar los rostros de la gente que me habían atendido a cuerpo de rey.
El guía me llamó desde la distancia.
- Venga, quiero mostrarle algo --expresó sonriente cuando llegué a su lado.
- ¿Podrías irnos en este momento a la isla? --exploré.
- Todavía hay cosas que hacer --respondió con calma--, lugares donde ir, gente que conocer. Ya nos alcanzó el transporte --indicó al momento que el tren se detenía a nuestro lado. El tren rebosaba de viajeros de caras felices y confiadas, en las ventanas se sucedían esplendorosos, bellos, iluminados, perfectos paisajes, en cuyo fondo permanecían el lago y la ansiada isla. Recordé la voz de un borracho, “el paraíso debe ser como un bosque sin moscas”, y me entró la duda, “¿estoy soñando?”, pensé, y la necesidad de saber la verdad me empujó a recopilar los hechos.
En el sueño, un año sucede en un minuto. Calculé, el minuto, los 10 minutos, la hora, fueron exactos. En el sueño la gente mantiene su historia en los lugares comunes, el clima, la fe y el fogón encendido, en la realidad la gente habla de cosas menos vitales, nadie me habla del fogón, los vientos o bien las cruces. “En el sueño”, me dije, “las letras aparecen escritas a la inversa”, en el diario que pude ver, las letras estaban de cabeza.
- No estoy durmiendo --medité tras analizar los hallazgos--, quizá sea una excentricidad nueva de mi mente, así que despertaré.
Me ordené despertar, abrir los ojos, abandonar el mundo de los dormidos, grité que era una pesadilla, pero ninguna bestia o demonio llegó a confirmar los temores, por el contrario, los pasajeros me asistieron confirmando que ellos habían pasado antes que yo por ese mismo terror. Entonces comprendí.
- Estoy en el limbo --dije-- aguardando, en mi cama, mi cuerpo, la carne, los tejidos, el carbón y el agua que me conforman se están muriendo. Me estoy muriendo… no quiero morirme.
Desperté, no necesitaba aire, era mi cuarto, mis libros, las tarjetas de la mujer que amé y perdí, la decorada tristeza cotidiana en las penumbras de la noche y el dolor en el corazón que certifican, el par de minutos, estuve muerto.