Mundo Oculto

Él también celebra


Creo que fue para el Día de Muertos, seguramente ese día fue, porque el negocio estaba ralo. En algunas fechas los hombres se quedan en casa y juegan a ser hombres de fe, piadosos y observantes de la ley, quizás esa es la razón por la cual ese martes –-lo recuerdo yo-– dos clientes estaban en el negocio con sus tragos de costumbre, aferrados a sus fantasías de seducir –-con el tiempo-– a la bailarina y sacarla de la mala vida. Ellas juegan, saben que si él les llegase a proponer una vida decente, buscaría otro bar, otra bailarina con la cual jugar ese perpetuo y solitario juego de rescatador.
Los clientes que nos visitaban provenían de todos los estratos sociales, en la desnudez animal no existen diferencias, todos los hombres tienen erecciones, todos eventualmente buscan el secreto de la felicidad en el amor tranzado.
--No es verdad –-me dijo el tercer hombre que entró al establecimiento aquella tarde-– que detrás de toda desnudista hay una estudiante universitaria o una madre abnegada. Esas son ficciones, amigo mío –-me dijo al tiempo que deslizaba en mi mano un billete de 500 córdobas y guiñaba con picardía un ojo. De inmediato avisé a las chicas que el hombre cargaba efectivo y debían tratarlo a cuerpo de rey.
--Es martes –-les dije-– y para hacer plata, no hay que despegarse de él esta noche.
Las chicas, sabedoras del oficio, pidieron tragos y comida para el cliente, del menú, lo mejor y lo más caro. Nosotros no estamos habituados a las trampas, es decir, las descartamos porque un cliente robado a la larga se vuelve mal negocio; éstos tienden a regresar pistola en mano y es necesario desaparecerlos o negociar algunas horas de exceso a cuenta de la casa. El cliente no se fijó en los gastos, pagaba al contado y al momento que le servían. Pidió bailes privados e invitó a bebidas y bailes, mientras satisfacía sus impulsos sexuales, a los pocos clientes reunidos en el establecimiento.
Tenía, lo recuerdo, deseo sexual incansable. Tras media hora devolvía a las chicas, tomaba unos 15 minutos y continuaba con otras dos. Mientras tomaban aire, una de ellas me contó.
--Me agarró como un animal... te juró Manuelito, que si alguna vez he sentido el amor, ha sido mientras estaba entre sus piernas. Algo no me agradó, no se quita el pantalón y se deja las botas.
Las mujeres son supersticiosas con la ropa de los hombres, le temen a los hombres que no se desvisten completamente, quizá porque no son vulnerables y de esta manera demuestran que controlan la situación.
Tras ocho horas de bebida, sexo y casi 50 mil córdobas pagados, sobrevino el desastre. Roxana era una de las bailarinas más exigentes, tenía el derecho de decirle no a los clientes, temía que el hombre padeciera una enfermedad mortal y no quería acostarse con él sin antes contemplarlo desnudo; luego de 10 minutos a solas con él, gritó aterrorizada.
Ordené a los hombres que entraran a la habitación y controlaran al hombre si éste atacaba a la mujer. Los hombres lo golpearon apenas observaron sus pies; Roxana había conseguido quitarle las botas y revelado unas piernas velludas y en lugar de pies, los cascos de un macho cabrío.
--El diablo –-gritaban las mujeres aterrorizadas.
Disparé al cuerpo del hombre, que intentaba explicarse, con no sé qué idea de disfrutar por primera vez en muchos siglos los placeres carnales. Cayó al piso, ordené arreglar el local, guardé el arma y el hombre dio un brinco hacia la ventana y desapareció en la noche.
Lo he visto de nuevo, se detuvo con su auto a comprarme el diario, me recordaba, tantos años y me recordaba.
--Manuelito, algunos hombres no cambiamos, solamente nos dedicamos a un oficio con la esperanza de salvar el alma condenada.
Se fue, entendí su mensaje, regresé esa misma tarde con mis putas, con la convicción de que estábamos desde hace mucho tiempo en el infierno.