Mundo Oculto

Amor, dolor y alcohol

El amor es como una flor del trópico húmedo, a diario debe caerle el agua, el sol y la sombra, hay que cuidarlo, esmerarse y a ratos sacrificar algunas tardes con los amigos

"¡Te he de ver peleándote con los perros por la comida!" --le gritó despechada de amor la negra a Luis Montiel, él la observó con los ojos grandes como ciruelas sin temor, "Total --pensó con la conciencia tranquila-- nunca le puse un dedo encima, tampoco le juré amor", y salió de la cantina con la seguridad de que nunca la vería de nuevo, pues otros puertos del mundo lo llamaban.
La negra tejió su venganza como las arañas alistan la red; sin apuros, haciendo y deshaciendo la trampa cuando ésta no se ajustaba a su deseo de destruir al Montiel por completo. Hizo uso de las malas artes de la tierra para hundir cada barco en el que Montiel conseguía un puesto, lo fue orillando a la desesperación, hasta que el hombre no pudo más y decidió dejar atrás la perra mala suerte que lo asaltaba en cada bote.
De regresó en la tierra conoció el amor, la aventura de avenirse a padre, pero pronto la mala suerte lo alcanzó, la estrechez económica lo hizo descargar las frustraciones en algunos vicios sin importancia: el cigarro, un trago ocasional, una canita al aire y subir de vez en cuando la voz cuando los argumentos no lo respaldaban.
El amor es como una flor del trópico húmedo, a diario debe caerle el agua, el sol y la sombra, hay que cuidarlo, esmerarse y a ratos sacrificar algunas tardes con los amigos (uno nunca sabe cuáles son esas tardes), es por eso que el amor se fue y luego la amada eran los enemigos de turno. Y la negra, con las malas artes, celebrando la germinación de la semilla del mal.
Montiel fue quedándose solo, la angustia copó todos sus resquicios y fue entonces cuando la negra ofreció el hombro para el llanto, el oído para la soledad y el trago, gratis y abundante, con la intención de llenar el vacío empotrado en el alma.
Nadie puede contar los días y las noches que Montiel pasó entregado a la bebida, sabemos que fueron años, aunque para él resultaron siglos. Y la negra, alimentando la soledad y la locura para satisfacer el odio que le devoraba el corazón.
Montiel reaccionó, intentó salirse del mundo de la conciencia apagada, quiso volver a los barcos, entendía que se aproximaba a la muerte y tenía que sacudírsela. Pasó unos meses sin probar tragos, consiguió un trabajo; el día de su despedida un amigo lo invitó a recorrer el mundo sobre las aguas, la negra se presentó con una cantimplora y le propuso brindar por los viejos tiempos. Era apenas un trago que contenía la muerte.
La negra río al verlo morirse, la casa se sacudía con sus carcajadas cuando supo que su antiguo enemigo estaba en una dolorosa agonía, al aullar de los perros en la madrugada le notificó la muerte de Montiel, fue a dormir vengada, satisfecha.
Montiel estaba en su cama esperando.
- Ahora entiendo --le dijo-- que me has matado.
- Te lo merecías por negarme el amor.
- Yo me voy negrita, a un lugar que no estarás. Un mundo sin mí,
¿qué harás para vivir?
Dicho esto, Montiel desapareció entre las sombras, el músculo de la sangre se rompió en el pecho de la negra.
- Estoy muerta --se dijo-- y una carcajada desde el fondo de la Tierra llenó la habitación.