Misterios y Enigmas

extraño de Niquinohomo


A comienzos del siglo XX, un poco antes de 1920, un personaje extraño recorría la Calle Real de Niquinohomo durante las noches, cuando había luna de cuarto menguante. Según los relatos de mi padre, se trataba de un hombre muy alto, semidesnudo, que vestía una ligera vestimenta en forma de dos flecos, atrás y adelante, entre la cintura y las rodillas.
Este personaje entraba al pueblo por El Calvario, y la gente sabía cuándo llegaba porque siempre emitía un silbido agudo que se escuchaba por todo el pueblo. Luego, el misterioso personaje se paseaba por la Calle Real y finalmente se paraba a la orilla del cementerio, donde otra vez volvía a emitir su silbido.
Narraba mi padre que algunos hombres del pueblo ya lo habían visto, pero a lo lejos, y nadie se atrevía a encontrarse con él. También habían notado que al misterioso personaje le gustaba sentarse a descansar recostándose sobre la pared de la casa donde vivían junto a su madre las muy conocidas y respetadas señoritas Espinoza.
Aunque el extraño no hacía ningún mal a nadie, la gente en el pueblo se sentía atemorizada, sobre todo los “don juanes”, quienes acostumbraban salir por las noches para poner serenatas, o visitar alguna amante escondida. Y, mi padre, quien estaba muy joven, era uno de esos afectados por el misterioso visitante. Contaba que los hombres más valientes del pueblo, incluido él, acordaron reunirse para buscar la forma de enfrentarse y tratar de capturarlo.
Unos doce hombres jóvenes participaron en esa reunión y el acuerdo fue unánime: capturar vivo al misterioso personaje a quien ya la gente había bautizado como el “Gigante Salvaje” por su gran estatura. Se organizaron en grupos de tres hombres para formar una escuadra que emboscara al extraño, aprovechando el momento cuando éste se sentaba a descansar.
La escuadra se armó con mecates gruesos, machetes, palos y algunas dos armas de fuego, aunque, según mi padre, el objetivo principal de la emboscada era capturar, no hacer daño ni mucho menos matar al extraño, a menos que éste atacara. Cuando la operación se hizo, era una noche de mayo, narraba mi padre.
Un poco antes de la medianoche, los cuatro grupos de hombres se distribuyeron estratégicamente cerca de la casa donde el gigante solía descansar. Al caer las primeras horas de la madrugada se escuchó un silbido agudo. “Ahí viene. Ya está entrando al pueblo”, se dijeron los hombres. Mi padre decía que eran quizás un poco después de la una de la madrugada, y él narraba ese encuentro de la siguiente forma: “Vimos que una silueta espigada venía caminando sobre la calle. Era un hombre muy alto, casi desnudo, sólo andaba un taparrabo y tenía el pelo largo, que le caía sobre la cara. De una zancada se subió a la acera de la casa y se sentó, apoyándose en los pies y con la cabeza entre las rodillas”.
Un poco después, los 12 hombres comenzaron a rodear la casa y notaron que al parecer el gigante se había quedado dormido. Al momento de lanzar las cuerdas, o los mecates sobre el gigante, para tratar de lazarlo como a un toro, el gigante dio un gran salto sobre la cabeza de los hombres y comenzó a correr a grandes zancadas en dirección al cementerio.
Los hombres comenzaron a perseguirlo, pero el gigante era más rápido que ellos, sin embargo, todavía se detuvo frente al cementerio y dejó oír el que sería su último silbido en las noches de luna de cuarto menguante. “Nunca supimos quién era ese extraño gigante”, recordaba mi padre.