Misterios y Enigmas

Amigos nocturnos


Por muchos años viví en León, en una casa solariega muy antigua; tan antigua que mi abuelita materna decía que había sido el Colegio Asunción de María, donde ella estudió Primaria y posteriormente fue comando y cárcel de las fuerzas expedicionarias norteamericanas de ocupación. Esta reliquia fue totalmente destruida en 1979.
Pues bien, como mi padre tenía un negocio, existían dos bodegas grandes en los últimos dos cuartos del segundo patio, donde por las noches sucedían cosas inexplicables a la razón humana: ruidos, luces fijas o intermitentes blanco azulado y anaranjadas. Nos levantábamos armados, pues presumíamos que eran ladrones; pero nunca encontrábamos nada, solo un silencio profundo, muy especial, que ponía los pelos de punta.
Cabe mencionar que teníamos dos perros, supuestamente bravos, pero cuando ocurrían estos fenómenos no había poder humano que los sacara de debajo de las camas.
En otras áreas de la casa que eran muy grandes, las sillas mecedoras se movían solas, las ventanas se abrían y cerraban violentamente sin que hubiera viento. Las pesadas sillas del comedor también eran arrastradas, como que alguien se iba a sentar; pero lo más sorprendente es que la licuadora se encendía y apagaba con ritmo casi musical.
Cuando salíamos a investigar no había nadie, y no era posible esconderse por la dimensión de los corredores. También jugaban (digo esto porque nunca nos hicieron daño) a encender cada una de las luces del corredor de entrada, y cuando salíamos del cuarto para ver, todas al mismo tiempo se apagaban, lo que resultaba imposible de realizar por los apagadores individuales y su separación.
En una ocasión, mi papá escuchaba música clásica, aproximadamente a las ocho de la noche. De pronto, el equipo dejó de sonar. Él se despertó y notó que se encontraba apagado. Entonces dijo mi padre con tono fuerte: “Sé que sos vos, no me molestés, dejame descasar que no me siento bien”. Después de haber dicho esto, el equipo no se apagó más.
Muchos años antes de esto, mis primos y yo jugábamos en el traspatio a los tesoros escondidos, que consistía en ocultar algo bajo tierra y elaborar un mapa para buscarlo días después. Una mañana, al desenterrar nuestro tesoro, topamos con algo duro, como una roca. Por curiosidad, nos propusimos ver de qué se trataba, y descubrimos una loza rectangular de más o menos dos metros de largo por medio de ancho. Como era muy pesada, con una barra rompimos parte de una esquina, y descubrimos muchos huesos humanos como fémures y otros esqueletos muy antiguos. Al tocarlos, la textura era como de madera podrida, muy suaves y se desbarataban muy fácilmente, por lo que corrí donde mi papá, para contarle del hallazgo. Él nos ordenó cerrarlo todo y no tocar nunca más ese lugar.
De esto mi padre nos prohibía hablar, para no asustar a las empleadas que dormían en casa, pues si se enteraban, seguro se marcharían por miedo.
Años después, mi padre murió y mi madre decidió cerrar el negocio y mudarnos a nuestra nueva casa. Para esa época se habían efectuado algunos cambios: al aposento principal se había trasladado mi hermana menor, y yo dormía en la cama de papá. Eran dos camas iguales, que juntas formaban una sola.
La última noche fue espectacular, inolvidable. Nos despidieron en forma muy especial. Eran como las diez de la noche. Estábamos rezando, cuando las puertas del cuarto las empujaban fuertemente, por lo que comenté con mamá que seguro era el perro que se había quedado afuera y quería entrar. Pero al levantarme me di cuenta de que estaba debajo de la cama de mi hermana. El perro que solía ladrar, solo gemía, quejándose.
Después de un rato dejaron de empujar la puerta, pero comenzaron a mover las mecedoras y las sillas del comedor, las cuales dejaron caer al piso, una por una. Las ventanas parecían que las iban a arrancar, la licuadora se encendía y apagaba y las luces de toda la casa parecían un árbol de Navidad.
La casa fue posteriormente ocupada por una imprenta, y se comentaba que sucedían en ella cosas raras: que las pesadas máquinas ciertas noches parecían locas. Se ponían a trabajar solas y se miraban luces y otras cosas más. Yo sólo sonreía y pensaba para mí: “Bueno, mis amigos siguen haciendo lo que les gusta (bromear)”.
Nota: mi padre nunca quiso hacer exorcismo porque no quería publicidad, y porque lo que pasaba no hacía ningún daño y estábamos acostumbrados a estos eventos.
Actualmente, el lugar donde estuvo la casa es un predio vacío.

Anónimo.

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