Misterios y Enigmas

El Punche de Oro


El oro, metal precioso, eternamente brillante y resplandeciente, imperecedero frente a la acción corrosiva del tiempo, guarda en el recuerdo colectivo de nuestra América un valor simbólico con resabios sagrados. (...) Con este valor sublime, se hace una proyección nocturna que deambula como alma en pena en las oscuras noches, desde que emerge intempestivamente en medio del furibundo oleaje del Océano Pacífico: El Punche de Oro.
Envuelto en una aureola segadora del resplandor de las luces bengalas, enciende las playas de Poneloya y todo su largo itinerario hasta que arrastrándose llega a la comunidad indígena de Sutiava. La gran bola de fuego pasa por las ruinas de Veracruz, pero antes se detiene delante de la puerta mayor de la iglesia de Sutiava para hacer reverencias al Sol suspendido en la bóveda del vetusto templo.
Sobre este alucinante y misterioso personaje nocturno, una ancianita, guardiana de las ruinas de Veracruz, nos habló una tarde de cielo plomizo del mes de agosto de 1973:
“... Aquí en Sutiava hay un inmenso tesoro enterrado y el espíritu de ese tesoro sale por las noches. Es un inmenso ‘Punche de oro’. Las personas que lo han visto dicen que es un punche gigante que brilla como el oro.
Todos los que han tratado de amarrarlo no lo han logrado. Los que se atreven, caen privados apenas se le acercan y se quedan sin habla por varios días. El “punche” es el espíritu del tesoro de la comunidad indígena. Sale por las noches después de la muerte de su último cacique en manos de los españoles...” (...).
En León todos han oído hablar de “El Punche de Oro”, y muchos son los testigos que dan cuenta de esa dorada visión. Don Pedro, un vendedor ambulante del barrio San José, nos confiaba esta historia que él mismo oyó contar a un amigo, compañero de tragos, según sus propias palabras:
“...Una vez, un señor Zamora convidó a Juan Pacheco, mi compadre, para que el día de San Juan se echaran unos traguitos, y a Juan que no le gustaban esas cosas. Por no despreciar, aceptó la invitación.
El día de la fiesta de su santo, que cayó en viernes, después de salir del trabajo, el compadre se fue a cumplir con la cita a la cantina que da la vuelta al tamarindo. Ya de noche, tuvo que pasar por Veracruz y agarró por el lado del asilo. Luego cruzó la plaza y siguió por un caminito que pasa frente a la iglesia. Cuando iba llegando propiamente a la iglesia de Veracruz, que está en ruinas, al pasar delante de la puerta mayor vio un deslumbre en la salida de la propia puerta mayor que lo dejó casi ciego, y caminando se fue tropezando por todas partes contra piedras y palos hasta quedar todo magullado. Ese resplandor era “El Punche de Oro”.
Bueno, pues, en medio de su ceguera y su susto se dijo para sí: -Ése es “El Punche de Oro”, lo voy a agarrar a ese jodido. Por diosito que lo agarro. –Y se fue detrás.
Juan nos contó que eso es una maravilla. El tal punche brilla como el oro y los ojos son como diamantes de fuego.
Entonces se va detrás del punche que corre y corre por esos montarascales; se iba arrastrando el animal, pero cuando iba a llegar a agarrarlo se le volvió un hombre inmenso, del tamaño de un gigante. Apenas se le apareció el hombrón, Juan ya no pudo caminar, los pies se le fueron poniendo pesados como si le hubieran amarrado unas canteras en cada uno, y por último, ya ni siquiera los pudo mover porque parecía que se le hubieran pegado a la tierra.
Así, atorado, sin poder moverse, cayó sin habla, privado, y ha pasado con calentura como dos o tres días y sin hablar durante siete días, con la ayuda de la gente que sabe de esas cosas, con esto y con el otro”.
Ese punche sale dos veces al año; sale a mitad de la Semana Santa o antes. En la mera mitad del invierno, en agosto sale también. Todos saben que el día que agarren al “Punche de Oro” van a desencantar al cacique Anahuac, a quien los españoles ahorcaron en el tamarindo que está todavía en Sutiava. Dicen que el palencón vive perennemente cargado; todo el tiempo está dando tamarindos gigantes, pero que no se pueden comer. El punche sale para que uno de la comunidad de Sutiava lo agarre y lo desencante...”.