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Suspenden de su trabajo a Premio Nobel de Medicina

* James Watson fue galardonado en 1962 tras descubrir la estructura del ADN y es considerado uno de los padres de la genética moderna

NUEVA YORK / AFP

El premio Nobel estadounidense James Watson tuvo que cancelar este viernes una gira por Gran Bretaña y fue suspendido en sus funciones por un laboratorio de Estados Unidos tras la controversia mundial generada por sus comentarios sobre las diferencias entre las razas.
“El Cold Spring Harbor Laboratory Board of Trustees decidió suspender las responsabilidades administrativas de James Watson, a la espera de nuevas deliberaciones del comité directivo”, indicó la institución en un comunicado.
Watson, biólogo norteamericano que junto a Francis Crick y Maurice Wilkins recibió el Premio Nobel de Medicina en 1962 tras descubrir la estructura del ADN, es considerado uno de los padres de la genética moderna.
En una entrevista con el Sunday Times, Watson declaró que era “inherentemente pesimista sobre las perspectivas de Árica, porque todas nuestras políticas sociales están basadas en el hecho de que su inteligencia es la misma que la nuestra, cuando todas las pruebas indican que no”.
“La gente que tiene empleados negros sabe que no es cierto” que tengan la misma inteligencia, agregó Watson.
El comité directivo del laboratorio con sede en Long Island (Nueva York) dijo que los comentarios son “personales” y no reflejan los puntos de vista de la entidad. En un comunicado, el comité aclaró que “está en franco desacuerdo con esas declaraciones, indignada y entristecida de que las haya hecho”.
El Laboratorio Cold Spring Harbor “no realiza ninguna investigación susceptible de sentar las bases de las declaraciones atribuidas a Watson”, añadió.
El biólogo acaba de publicar un libro bajo el título “Eviten la gente aburrida” (“Avoid Boring People: Lessons From A Life In Science”), pero decidió anular una gira de promoción por Gran Bretaña y regresar este viernes a Estados Unidos.
Poco antes, la Universidad de Edimburgo anuló una conferencia del investigador considerando que sus declaraciones son “incompatibles” con los valores que defiende la institución.
El presidente del Consejo representativo de las instituciones judías de Francia (Crif), Richard Prasquier, dijo estar “indignado” por las “declaraciones racistas inaceptables” y el diario senegalés Le Populaire le atribuyó “el premio Nobel de racismo”.
Tras la polémica generada, el científico de 79 años dijo no reconocer sus declaraciones y explayó su punto de vista en una nueva entrevista con el diario británico The Independent.
“Todavía no comprendemos la forma en que los diferentes entornos en el mundo fueron seleccionando con el tiempo los genes que determinan nuestra capacidad para hacer diferentes cosas”, explicó.
“El gran deseo de la sociedad actual es asumir que un poder igualmente distribuido de la razón es una herencia universal de la humanidad. Puede ser. Pero querer simplemente que así sea no es suficiente. Eso no es ciencia”, dijo.
Según Watson, “cuestionarlo no es ceder al racismo. No se trata de hablar de superioridad o inferioridad, sino de comprender las diferencias, sobre por qué algunos somos grandes músicos y otros grandes ingenieros”.
La facultad de biología que se encuentra en el territorio del laboratorio lleva el nombre de “Escuela Watson de ciencias biológicas”, dijo a la AFP David Lucs, portavoz de la institución, aunque aclaró que el Nobel no es el decano.
Watson ya había provocado polémica en el pasado al afirmar que las mujeres debían tener el derecho de abortar si se pudiera determinar que el bebé sería homosexual.
También sostuvo que podía haber un vínculo entre el color de la piel y las pulsiones sexuales, lo que explicaría, según él, por qué los negros tienen una libido más desarrollada que los otros.

James Watson, las mujeres y los negros

Leonardo Moledo
El escándalo producido por los dichos de Don James Watson, Premio Nobel 1962 y codescubridor de la estructura de la doble hélice junto al fallecido Francis Crick (de quien, si mal no me acuerdo, Watson decía que era más inteligente o más imaginativo que él), provocó una oleada de rechazos y acusaciones de racismo. Justas, pero más justas serían acusaciones de imbecilidad.
La discusión sobre quiénes son más inteligentes que quiénes carece de sentido, desde ya, porque nadie puede definir con asomos de claridad lo que es la inteligencia (¿el que juega mejor al ajedrez? ¿El que se las arregla para resolver problemas matemáticos con menor dificultad? ¿El que resuelve el problema de la supervivencia en condiciones en que otros no lo harían? ¿El que se aprovecha y se apropia de la ayuda norteamericana con criterios norteamericanos y la deposita en bancos norteamericanos para disfrute personal?).
Pero carece aún más de sentido cuando se aplica a grupos humanos enteros, como “los negros, los blancos, los verdes o los amarillos”. ¿Hay una correlación directa entre la forma en que los pigmentos de la piel absorben la luz y algunos de los factores citados más arriba? El simple hecho de atacar las posturas de Watson es caer en la trampa y aceptar una discusión que está muy por fuera de los rumbos tanto de la ciencia como de la evolución social y política.
Tal es el truco. Watson no quiere imponer sus posiciones: quiere que se las discutan, y sólo con eso se da por satisfecho, ya que instala un problema cerrado, del mismo modo que los antievolucionistas norteamericanos.
El grave problema aquí es la persistencia de personas o grupos que, ya sea para brillar por sus exabruptos, ya sea por convencimiento, necesitan sentirse parte de grupos superiores a otros.
En el siglo XIX la historia era con las mujeres: Gustave Le Bon, el fundador de la psicología social y autor del muy famoso libro La psicología de las masas (1895), espantado ante las propuestas de algunos reformadores norteamericanos, que querían facilitar el acceso de las mujeres a la educación superior, escribía: “El deseo de darles la misma educación y, como consecuencia, de proponer para ellas los mismos objetivos es una peligrosa quimera... El día en que, sin comprender las ocupaciones inferiores que la naturaleza les ha asignado, las mujeres abandonen el hogar y tomen parte en nuestras batallas, ese día se pondrá en marcha una revolución social y todo lo que sustenta los sagrados lazos de la familia desaparecerá”.
Naturalmente este tipo de cosas se apoyaba en argumentos científicos (como los que usaría después el darwinismo social). En algunos círculos antropológicos y médicos franceses se puso de moda considerar la inteligencia proporcional al peso del cerebro.
Paul Broca (1824-1880), profesor de cirugía clínica de la Facultad de Medicina de París, fue un líder de esta corriente y fundó la craneometría: sobre una muestra de doscientos cadáveres, calculó el peso medio del cerebro masculino y el femenino, y concluyó que el del hombre era 181 gramos más inteligente que la mujer (Watson podría proponer mediciones parecidas respecto de la “ayuda” del FMI).
Naturalmente, hubo quien objetó esta linealidad entre tamaño e inteligencia, y el contra-argumento de Broca es interesante: “Como sabemos que las mujeres son menos inteligentes que los hombres, no podemos sino atribuir esta diferencia en el tamaño cerebral a la falta de inteligencia”. Lo cual demuestra que las mujeres son menos inteligentes que los hombres, como ya sabíamos.
Hay algo que siempre sorprende entre estos fanáticos de clasificación de la inteligencia; ninguno, que yo sepa o haya oído, y por más científicamente que haya trabajado, llegó a la conclusión de que su grupo era menos inteligente que otros. Por alguna misteriosa razón, que Watson quizás pueda explicar, siempre el grupo estudioso de la inteligencia queda en la punta de la pirámide: ¡oh casualidad!
Miremos esta perla salida de la pluma del inefable Le Bon, psicólogo social y que se publicó en la revista antropológica más importante de Francia, allá por 1870: “En las razas más inteligentes, como entre los parisienses, existe un gran número de mujeres cuyo cerebros son de un tamaño más próximo al de los gorilas que al de los cerebros más desarrollados de los varones. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede discutirla siquiera por un momento.
Todos los psicólogos que han estudiado la inteligencia de las mujeres reconocen que ellas representan las formas más inferiores de la evolución humana y que están más próximas a los niños y a los salvajes que al hombre adulto civilizado.
Sin duda, existen algunas mujeres distinguidas, muy superiores al hombre medio, pero resultan tan excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como, por ejemplo, un gorila con dos cabezas; por consiguiente, podemos olvidarlas por completo”.
Bonito, ¿no? Pero no muy lejos de Watson. Lo que los dichos de Watson sí demuestran, y sin lugar a dudas, es que haber ganado el Premio Nobel no es necesariamente un signo de inteligencia. Quizás Watson aspire al Ignobel del año que viene.