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ElBaradei, el hombre que irritó a Bush e incomodó a Saddam

Mohamed ElBaradei, un diplomático con mano de hierro dentro de un guante de seda, alzó la voz contra el régimen iraní al presentar un informe en el que certifica que Teherán ignoró la resolución 1737 de la ONU para que abandonara su programa de enriquecimiento de uranio.

Al denunciar esta semana que Irán sigue adelante con su enriquecimiento de uranio pese a las exigencias de la ONU, el jefe de la AIEA, Mohamed ElBaradei, demostró una vez más que no le asusta señalar a los países que incumplen sus obligaciones y que es un juez riguroso, pero justo.
El hombre que en 2003 no titubeó en afirmar que la Casa Blanca se equivocaba sobre la presencia de armas de destrucción masiva en Irak, se ha forjado una respetabilidad entre la comunidad internacional que le permitió erigirse como un interlocutor valiosísimo para mediar en las crisis nucleares.
Premio Nobel de la Paz en 2005, este egipcio de 64 años dirige desde hace una década la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) con la meticulosidad de un experto y el virtuosismo de un buen diplomático.
De la misma manera que irritó a George W. Bush cuando insinuó que no decía la verdad, su actitud resuelta ha incomodado a temibles dictadores como el norcoreano Kim Jong Il o el iraquí Saddam Hussein.
Esta semana, ElBaradei alzó la voz contra el régimen iraní al presentar un informe en el que certifica que Teherán ignoró la resolución 1737 de la ONU para que abandonara su programa de enriquecimiento de uranio, sobre el que los occidentales sospechan que está orientado a desarrollar la bomba atómica.
Pero el estilo de este diplomático nacido en El Cairo no es agresivo, sino que hace hincapié en el diálogo y la negociación: "La verificación y la diplomacia, utilizadas a la par, pueden funcionar", repite incansablemente.
Esa apuesta le ha valido sin embargo más de un reproche, sobre todo, por parte de Estados Unidos, que hubiese deseado un director más incisivo y menos imparcial.
Así, en 2005, la Casa Blanca estuvo a punto de impedir que ElBaradei fuera nombrado para un tercer mandato al frente de la AIEA al considerar que era demasiado "blando" respecto a los iraníes.
Pero sus fricciones con Washington arrancaron en realidad dos años antes, durante el contencioso previo a la guerra de Irak.
Sabía que no encontrarían armas en Irak
El 27 de enero de 2003, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, ElBaradei aseguró que la AIEA había desmantelado y eliminado la mayoría de las instalaciones nucleares iraquíes y descartó la presencia de armas de destrucción masiva en el país.
El mismo había encabezado junto a su predecesor en el cargo, Hans Blix, las inspecciones en el país árabe durante los años 90. Por lo tanto, para el egipcio no cabía duda de que la invasión estadounidense no estaba justificada.
Pero Washington prefirió fiarse de su propia información y organizar la denominada cumbre de las Azores, junto a Gran Bretaña y España, cuya declaración permitió justificar el conflicto iniciado el 20 de marzo de 2003.
El tiempo daría la razón a ElBaradei.
De la misma forma en que en esa ocasión no se mordió la lengua, el jefe de la AIEA denuncia igualmente con frecuencia la supuesta moral de doble rasero que practican algunas potencias nucleares que tratan de impedir que otros se doten de la bomba atómica.
"Debemos abandonar la noción de que es moralmente reprensible para algunos países buscar desarrollar armas de destrucción masiva y moralmente aceptable para otros depender de ellas para su seguridad", asegura este diplomático de carrera.
Pero su trabajo, irreprochable en muchos sentidos, también está salpicado de algunas críticas, sobre todo referentes a Abdul Qadir Kahn, el 'padre' de la bomba atómica paquistaní, que vendió tecnología a países como Irán, Libia o Corea del Norte.
La AIEA, según algunos, pecó de ingenuidad al no detectar las actividades del científico.
Ahora, con el contencioso nuclear iraní sobre la mesa, ElBaradei afronta quizá su mayor desafío al enfrentarse a la intransigencia iraní y -al mismo tiempo- a las presiones de Estados Unidos.