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El caso Foley, un escándalo de sexo y política

El caso del legislador Mark Foley, que dimitió tras conocerse que envió mensajes sexuales a menores, se ha convertido en una bola de nieve que no deja de crecer y que amenaza con arrastrar a los republicanos en las elecciones de noviembre.

Como si se tratase de un agujero negro que engulle a todo aquel que se acerca a él, el escándalo Foley ha salpicado a algunos de los congresistas republicanos más notorios, como el presidente de la Cámara de Representantes, Dennis Hastert.
La mayor preocupación en las filas republicanas es cómo conseguir atajar el sinfín de contradicciones que afloran cada vez que se intenta justificar la conducta de Foley y la pasividad por parte del liderazgo republicano.
Hasta el momento, a cada vía de agua que han intentado parchear Foley y los suyos le ha respondido un nuevo escape.
El 29 de septiembre, después de que la televisión "ABC" divulgó los mensajes de proposiciones explícitas que Foley envió a los ujieres adolescentes del Capitolio desde el 2003, el congresista por Florida renunció a su escaño.
Tres días después, su abogado, David Roth, anunció su ingreso en una clínica de rehabilitación para tratar un supuesto problema con el alcohol, al que responsabilizaba de estos mensajes a menores y subidos de tono.
Sin embargo, nuevos correos electrónicos divulgados por "ABC" han permitido conocer que Foley abandonó en una ocasión la sesión de la Cámara para mantener sexo cibernético con una antiguo ujier del Capitolio antes de regresar para votar.
Cuestionado sobre el asunto, Roth desmintió taxativamente que Foley acudiese ebrio a las sesiones parlamentarias.
A cambio, ofreció otra explicación para la conducta del legislador, de 52 años: Foley habría sufrido abusos sexuales entre los 13 y los 15 años por parte de un religioso católico.
Como suele suceder en los escándalos políticos que han estallado en Washington, la atención rápidamente ha girado del hecho en si mismo hacia quién lo sabía, cuándo lo supo y por qué no se hizo algo antes.
Ahí es donde todas las miradas se dirigen a Hastert, quien, según ha asegurado, sólo se enteró de lo sucedido el pasado viernes, cuando se destapó el escándalo.
Sin embargo, el presidente del Comité Nacional de Campaña Republicano, Tom Reynolds, insiste en que había informado hace meses a Hastert de varias quejas por la actitud de Foley.
La oficina de Hastert asegura que éste "no recuerda" esa conversación, aunque tampoco desmiente que se produjera.
También el "número dos" republicano en la Cámara de Representantes, John Boehner, reconoció haber hablado con Hastert sobre este problema en primavera.
Hasta el fiel periódico conservador "The Washington Times" ha pedido públicamente en un editorial la renuncia de Hastert, con la esperanza de que los republicanos puedan salvar algo de su prestigio y evitar la catástrofe electoral.
Otros, como el congresista Ray LaHood, aliado de Hastert, prefieren achacar el problema al propio sistema de ujieres becarios, que ya provocó en el pasado otros escándalos sexuales, por lo que han pedido su suspensión.
De cualquier forma, el caso Foley ha calado profundamente en la sociedad estadounidense, cuyos informativos dedican una atención permanente al asunto, máxime cuando el congresista se había significado como un firme luchador contra la pederastia y los abusos a menores.
En una entrevista con el canal público de radio "NPR" en abril del 2002, Foley dijo: "No tengo problemas con la pornografía de adultos. Donde tengo que trazar la raya es en el uso de niños para la excitación de personas maduras que deberían saber la diferencia".
El escándalo se enmarca en plena campaña de asalto demócrata a la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, que renueva totalmente su composición el próximo 7 de noviembre, y en el Senado, que votará en las elecciones a un tercio de sus ocupantes.
Los demócratas deben arrebatar 15 escaños a los republicanos para retomar el control de la cámara baja, y en estos momentos aspiran hasta a hacerse con el control de la circunscripción de Foley, Palm Beach (Florida), tradicionalmente, un bastión republicano.