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Doce eternos minutos

La joven Natashca Kampusch narra a un diario austriaco cómo escapó de la casa de su secuestrador.

Tras ocho años de cautiverio en un sótano, la joven Natascha Kampusch vivió doce minutos que le parecieron "una eternidad" entre el momento en que huyó espontáneamente a una casa vecina hasta que se sintió a salvo bajo la protección policial. Así lo explica Kampusch, de 18 años, en una entrevista al diario austríaco "Kronenzeitung" en su edición de mañana.
"A mí me pareció una eternidad, pero en realidad fueron entre diez y doce minutos", comenta la joven, secuestrada el 2 de marzo de 1998 en su camino a la escuela. Kampusch, que confirma al rotativo que no desea verse citada en la prensa por su nombre de pila (Natasch), aprovechó un momento en que su captor, Wolfgang Priklopil, de 44 años, se distrajo con una llamada telefónica para huir a unos jardines vecinos.
"Simplemente me fui y salté varias vallas. En medio del pánico dí vueltas en redondo para ver si veía a alguna persona. Primero toqué timbre en esa casa, pero algo no funcionaba, luego oí que había alguien en la cocina", recuerda. Esa persona, una mujer, "estaba tan sorprendida que no reaccionó enseguida", por lo que Kampusch tuvo que insistirle en que se trataba de "un caso urgente".
"No me dejó entrar (en su casa), lo que me sorprendió. Pero dejar entrar a casa a alguien completamente extraño... también hay que comprenderla", señala. De esta forma, la joven tuvo que esperar a la intemperie y soportar el miedo a ser descubierta y asesinada por Priklopil. "Ni siquiera podía esconderme detrás de un arbusto. Tenía miedo de que el delincuente matara a esa mujer, o nos matara a las dos", dice. Por eso, Kampusch le advirtió a la vecina de que su secuestrador podía acabar con la vida de ambas.
"Pero a pesar de ello, a la mujer le preocupaba sobre todo que yo no pisara la pequeña parcela de césped de su casa. Yo estaba bajo los efectos de un "shock". Tampoco quería en realidad que viniera cualquier policía de la comisaría más cerca. Quería hablar inmediatamente con alguien responsable del 'caso Natascha'", explica.
Sin embargo, ese deseo no pudo ser cumplido porque la mujer no le prestó su teléfono y fue ella mismo la que alertó a la policía y pocos minutos después aparecieron dos agentes en una patrullera.
“Tu nombre no me dice nada”
"Les conté que había huido y que había estado secuestrada ocho años... Me preguntaron cómo me llamo, donde nací, mi dirección, etc. Les contesté a todo. Naturalmente que no me sentía muy bien... Ellos estaban desconcertados y repetían mi nombre, sacudían la cabeza, pensaban y decían: a mí no me dice nada el nombre", recuerda.
La joven pidió ir acompañada al auto de la policía, y allí solicitó una manta para cubrirse el rostro, pues "no quería que se vea mi cara, para que nadie pueda fotografiarme. Quizás un vecino irritado podía sacar una foto por encima de la valla del jardín y venderla después", comenta Kampusch sus pensamientos de entonces, tras reconocer que ya había pensado antes sobre su huida y en cómo reaccionaría la prensa.
"Es así. Pensé en todo... Y sabía que no podía darme el lujo de cometer errores", afirma. Así, comenta que también hubo ocasiones anteriores, como cuando fue presentada en julio pasado por Priklopil a un amigo de éste, en que pensó en pedir auxilio para escapar, pero lo consideró demasiado arriesgado.
"El (Priklopil) me habría agarrado enseguida, y quizás ahorcado y matado al señor Jantschek (el amigo del secuestrador)", añade.
En otra ocasión, en la última etapa de su cautiverio, cuando su captor le permitía salir de su pequeño calabozo y acompañarle en algunas salidas, ella quiso saltar del auto. "Pero él me agarró y luego se puso a conducir de tal forma que sufrí golpes", señala Kampusch en la primera entrega de la entrevista al "Kronenzeitung".