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Volcán ecuatoriano mata 50 mil aves


La erupción del volcán Tungurahua le pasó una costosa factura a la ecuatoriana Patricia Sánchez, al morir calcinadas sus 50,000 gallinas ponedoras y dejarla literalmente con lo que llevaba puesto.
Sin embargo, Sánchez, de 39 años, asegura que no se dejará vencer y que el panorama gris que ha dejado la ceniza que cubre su natal Chacauco no será un obstáculo para recuperarse de la situación de estar “en la nada”.
Patricia y su hermano Pablo, de 30 años y que padece de asma, trabajaban juntos en el criadero de aves, en el que empleaban a otra docena de personas y del que sacaban diariamente 45,000 huevos que entregaban en Ambato, Riobamba y otras ciudades desde Chacauco, ubicado frente al volcán que hizo erupción el pasado jueves.
La mujer, que invirtió 600,000 dólares en su pequeña finca avícola, contó a EFE que por el peso de la ceniza, el techo del garaje cayó sobre los carros que utilizaba para transportar los huevos.
“Se calcinó todo: los tanques de agua, el zinc, la estructura, las gallinas están chamuscadas y hediondas ya”, relató, al insistir que está “en la calle, no tengo nada, ni para comer. Estoy con lo puesto”, indicó.
Aseguró que no quiere que le regalen nada: “Quiero un préstamo (del Banco del Fomento) inmediato para poder seguir trabajando. Mi idea es seguir trabajando porque me siento impotente aquí viendo nada, sólo tierra, muriéndome aquí”.
Madre de una niña de 3 años, separada de su esposo y a cargo de sus padres de 80 y 70 años, Patricia afirmó que quiere ser “alguien en la vida”.
“No quiero ser una carga más para estar en los albergues. Quiero contribuir con el país”, agregó.
“Quiero llegar al corazón de la gente empresaria, o si no me dan el préstamo, que alguien, aunque sea de otros países, trabaje conmigo (...), pero quiero trabajar, tengo conocimientos para salir adelante”, indicó Patricia, que aprendió sobre avicultura por sus padres.
Además, perfeccionó sus conocimientos en un instituto técnico en la localidad de Ambato, donde logró títulos de agronomía y administración.
Patricia duerme ahora en una pequeña casa en Panguilí, a una hora de camino desde Chacauco, donde “todo está destruido, pero por lo menos hay donde escampar”.
Además, considera que Chacauco ya no le garantiza ninguna seguridad y menos cuando los técnicos del Instituto Geofísico aseguran que todavía no ha acabado la pesadilla.
Por eso implora ayuda para reubicarse en otro sitio, mientras otros habitantes de Chacauco no quieren abandonar sus tierras.
Javier Guevara, de 27 años, y quien también vive en Chacauco, sí quiere salir de esa localidad, en donde ha comenzado a vender sus pocos animales “para salvar algo”.
Con el recuerdo latente de lo que ocurrió hace siete años, cuando se reactivó el volcán y por el susto malvendió sus animales, Guevara ahora se lo toma con más calma.
“Trato de vender a un buen precio, quería mantener los animales, pero todo el pasto está bajo la ceniza, no puedo hacer nada”, dijo a EFE Guevara, quien señaló que todavía no se concretan los planes del Gobierno de reubicar a los afectados.
Para este mecánico que trabajaba en Baños hasta que cerró el taller “por culpa del volcán”, lo importante “es salvar la vida”, aunque seguirá sacando poco a poco sus pertenencias de Chacauco ya no sólo a Cotaló, donde ha llevado a sus ancianos padres por seguridad, sino más lejos, a Pelileo en caso de que el volcán “siga enojado”.