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Miles de damnificados por erupción en Ecuador

Los damnificados temen por su futuro: cinco días de erupción han arrasado con sus casas y animales. Ahora viven en albergues y, dicen, están cansados de llorar por las pérdidas de sus bienes.

El volcán Tungurahua, en el sur de Ecuador, completó este martes cinco días de violenta erupción arrojando flujos de lava y nubes de ceniza que dejaron miles de familias evacuadas, cultivos dañados y unos 100 mil damnificados, según autoridades y expertos. Cuando el volcán termine de rugir, empezará entonces una tragedia más silenciosa y cruda. Los cientos de damnificados por la erupción deberán, sin más alternativa, regresar a la tierra cubierta por la lava y la ceniza.
"La tierra tardará hasta diez años en recuperarse. No podremos sembrar nada. ¡De qué iremos a vivir¡", exclama Pedro Soliz, un anciano que junto con una hija y cuatro nietos debió salir de su parcela por la furia del cráter. El hombre, pensativo, deambula en las noches por el refugio de El Pingue, adonde llegó desde hace cuatro días huyendo de los flujos de roca hirviendo que arroja el volcán en períodos intermitentes seguidos de estremecedores estruendos.
"Perdimos todo...la cosecha de maíz, los chanchos (cerdos). Sólo nos quedó la ropa y unos cuantas cosas. Lo que se viene es muy duro", dijo. Su temor pasa de boca en boca como la comida que se reparte en la iglesia y escuela de El Pingue, convertida en albergue y situada a escasos kilómetros del caserío de Cusúa, uno de los más afectados por la reactivación del Tungurahua (135 km al sur de Quito).

"Quién sabe si podremos vivir como antes, quizá nunca, porque por donde pasó la lava sólo quedó una cosa gris, como muerta", señala desconsolada Cecibel Rodríguez, una agricultora de 35 años. Otros damnificados también presagian una tragedia peor a la que se vieron arrastrados el pasado viernes, cuando la 'Mama Tungurahua' -como conocen el macizo- alcanzó su pico de erupción más alto desde 1999 con emisiones de lava, ceniza y gases que los forzaron a huir.
Cansados de llorar
"Lo de esa época fue un sueño comparado con esta realidad y con lo que vendrá seguramente. Jamás creímos que esto pudiera ser tan difícil. La mayoría había invertido todo en la siembra, y ahora no tienen ni lo uno ni lo otro", afirmó por su parte Wilson Pérez, líder comunitario de Cusúa.
Según sus cálculos, unas 500 personas de esa comunidad quedaron en la ruina y casi ninguna de ellas tiene una alternativa distinta a la de regresar y tratar de sobrevivir, paradójicamente, a la calma del volcán.
"Acá todos se cansaron de llorar. Es como si se hubieran resignado a la muerte de un familiar, porque saben que el dolor no es para los que se van, sino para los que se quedan", afirmó.

Y ellos aseguran que se quedaron sin nada. Sus reses y cultivos los arrasó la lava y la ceniza. Sólo salvaron la vida. Y la misma podría tornarse más gris que la gruesa capa de polvo volcánico que cubre sus viviendas.
"No nos queda más que pensar cómo pasaremos los días que se avecinan, pero el problema podría ser peor porque con el grado de destrucción es posible que debamos buscar dónde llevar nuestro pueblo", expresó Pérez..
Por ahora las familias afectadas por el volcán -de 5.029 metros de altura- recrean sus vidas a pocos kilómetros de distancia de donde estuvieron en riesgo de perderla. Apiñados en la escuela de El Pingue, se reúnen en las noches en pequeños grupos a conversar, otros se acomodan en colchonetas para apaciguar el cansancio y los menos afligidos juegan fútbol o se mecen en los destartalados columpios.
"Gracias a la ayuda de empresas y personas privadas tenemos comida para 15 días. Nos hemos organizado lo mejor posible como para no sufrir tanto, porque saliendo de acá las cosas serán más terribles y necesitamos estar fuertes", sentencia Manuel Pérez, mientras acomoda los racimos de plátano que repartirá en las próximas horas.