Especiales

Travesías marinas en el Iwo Jima

Periplo de periodista en el interior de nave de 844 pies de largo, 106 pies de ancho, 40, 000 toneladas y con casi 2,000 personas a bordo, de las que casi 200 son médicos de especialidades, como pediatría, ginecología y obstetricia, oftalmología, medicina interna, optometristas, enfermeras y técnicos de rayos x

Eran las cinco en punto de la mañana cuando vi el aeropuerto Augusto C. Sandino a través de la ventana del automóvil. Tenía los ojos entreabiertos y los profundos bostezos empañaban el vidrio del copiloto cada cierto tiempo.
El día anterior apenas había podido dormir un par de horas, pues la emoción de abordar un buque militar por primera vez en mi vida me había robado el sueño. En cuanto llegué al aeropuerto mis ojos buscaron con ansiedad a Shany y a Tom. Shany era la encargada cultural que había preparado nuestro viaje, y Tom el asesor de asuntos económicos del embajador norteamericano Robert Callahan. Shany era bajita y de amplias proporciones, y Tom era el típico gringo de tez blanca y profundos ojos azules, siempre cautivado por la belleza de nuestros lagos y volcanes.
Tras unos minutos de espera y de plática ligera, conocí a Sergio León, el corresponsal de Bluefields que había sido enviado por el diario La Prensa.
De piel morena y ojos achinados, Sergio era el típico hombre de pueblo de risa fácil y mirada sincera, dispuesto en todo momento a alegrarnos el viaje con sus comentarios picantes, tan propios de la población costeña.
Finalmente abordamos el avión hacia Honduras, haciendo una breve escala en El Salvador. Yo apenas podía mantener los ojos abiertos, y cabecee durante todo el viaje. Cuando llegamos a Honduras iba con el pelo alborotado y los ojos hinchados de tanto pelear contra un sueño que parecía ganarme la batalla a cada momento.
Al llegar, cuando el sol ya calentaba, hicimos un breve descanso mientras un autobús militar nos recogía para llevarnos a la base donde pasaríamos la noche, para viajar al día siguiente al barco hospital USS Iwo Jima. Mientras mis compañeros de viaje aprovecharon el alto para desayunar, yo no pude probar bocado, pues sentía el estómago revuelto con los altibajos del viaje.
Finalmente, a la una de la tarde en punto se presentó un oficial del ejército hondureño y nos condujo hacia un autobús. Se disculpó por la falta de aire acondicionado. Junto a nosotros subieron varios militares que iban de regreso a la base tras sus días de pase en Tegucigalpa.
Cuando llegamos a la base militar, no pude más que impresionarme por su tamaño, pues más que una base parecía una ciudad que albergaba a más de 1,500 militares. En el lugar había tres restaurantes, una sala de billar, un club nocturno, un gimnasio, un campo de golf, una cancha de básquetbol, una de tenis y raquetball, y una pequeña capilla, además de los cuartos de los militares.
Tras el recorrido nos llevaron a las que serían nuestras habitaciones por esa noche. Shany y yo compartiríamos la habitación, y Tom y Sergio harían lo mismo. Caí fundida en la cama aunque apenas eran las 5 de la tarde, tratando de adaptar mi cuerpo al cambio de tiempo y espacio, y desperté hasta el día siguiente.
A las 9 de la mañana del 13 de septiembre, desperté ligera y descansada, emocionada por la próxima travesía: el viaje en helicóptero al barco hospital USS Iwo Jima. Un soldado vino a recogernos para llevarnos a la pista de aterrizaje, y mientras esperábamos conté más de 10 helicópteros en la base.
De pronto nos llamaron para que nos acercáramos a la pista de aterrizaje y nos repartieron un paracaídas a cada uno, nos dieron breves instrucciones sobre cómo utilizarlos en caso de emergencia y subimos al helicóptero. Me acomodé en un sillón de tela dura, me puse unos tapones de oídos para evitar el ruido ensordecedor de las hélices y me dispuse a disfrutar del viaje. La vista a través de las ventanas era fantástica. Tras unos 15 minutos de vuelo, sólo podía verse el inmenso mar que se movía apacible. Empezaba a acostumbrarme al ruido del helicóptero y entonces, en la distancia vi al barco que se veía como uno de juguete, pero a medida que nos fuimos acercando comprendí la magnitud de sus proporciones. Tras una hora y 45 minutos de vuelo estábamos en el USS Iwo Jima.
La llegada
El barco tenía 844 pies de largo, 106 pies de ancho, pesaba 40, 000 toneladas y corría a una velocidad de 22 nudos. Albergaba a casi 2,000 personas distribuidas entre militares, los marines y los miembros de la fuerza naval.
El recibimiento en el buque no estuvo marcado por una calurosa bienvenida, más bien me sentí como una intrusa que llegaba de improviso. Un oficial de alto rango le gritó a los 15 militares que nos acompañaron en el vuelo que tenían prohibido entrar el buque con sus pertenencias, así que todos comenzaron a quitarse sus mochilas verdes.
Al llegar al barco nos recibió la encargada de relaciones públicas, Jackie Parker, una hermosa mujer de cabello largo y rubio, recogido en una moña ajustada, y sin un sólo cabello fuera de su lugar.
La entrada a un “nuevo mundo”
Vestía un uniforme verde y unas botas negras. Jackie nos informó que ella sería nuestra guía dentro del barco, y yo le contesté en mi atropellado inglés que le agradecía su hospitalidad. De pronto sentí que entraba en un nuevo mundo. Pasamos a través de la cubierta y me despedí de los últimos rayos del sol por los cinco días siguientes.
Subimos unas escaleras muy angostas con peldaños de medio metro de grosor, con pasamanos de cable reforzado. Le agradecí a Dios que no hubiera cometido la temeridad de ponerme unos tacones, de lo contrario seguramente hubiera rodado como un saco de papas en la cubierta del barco. De súbito estuve frente a una sucesión interminable de puertas circulares que Jackie abría con una habilidad pasmosa, mientras yo hacía intentos infructuosos por seguir su paso ágil. En más de una ocasión me quedé rezagada, y tuve que correr para no perderme en aquel laberinto interminable de pasillos y corredores.
Lo primero que me impresionó fue la altura de los techos, ya que no excedían los dos metros y la distancia de una pared a la otra, que era como de 1 metro y medio, aproximadamente.
Lo segundo fue el tamaño de la cafetería, nuestra primera parada en el barco, una habitación gigantesca con cuatro hileras de mesas donde cabría un aproximado de 500 personas, y donde recibí la feliz noticia de tener café, jugo, fruit punch y leche las 24 horas del día, más algunas meriendas ligeras como cereal, barras de avena, mantequilla de maní y pan.
Después fuimos a conocer el gimnasio, un enorme galerón equipado con todas las máquinas imaginadas y sin imaginar, lleno de marines sudorosos que esculpían sus cuerpos con la intensa fatiga del ejercicio.
Posteriormente bajamos al área de ingeniería, donde pudimos ver dos lanchas de desembarco, 3 camiones y varios helicópteros en mantenimiento.
El espacio para dormir
Finalmente le tocó el turno a nuestra habitación, un pequeño camarote que compartiría con Shany. En el lugar había cuatro literas separadas cada una por medio metro de espacio, de forma tal que el sólo hecho de meterse entre una y otra- pues yo prefería dormir en las de abajo para evitar una caída estrepitosa producto de mi inexperiencia marítima- era todo un logro.
Contiguo al cuarto había un pequeño baño compartido con la habitación de al lado, así que pude respirar tranquila al pensar que podría despertarme de noche a hacer mis necesidades con tranquilidad.
A las 7 de la noche nos llamaron para hacer frente a un bufet que intimidaba al mayor de los glotones, con toda la comida que hubiera podido imaginar. Carne, mariscos, pollo, ensaladas, frutas, arroz, frijoles, garbanzos, pastel de carne, manzana, piña y chocolate. Luego de comer nos informaron sobre las medidas que regían la convivencia en el barco, medidas que francamente no distaban mucho del colegio de monjas donde cursé mi bachillerato.
No era permitido usar faldas, vestidos o blusas sin manga, ni ingerir ningún tipo de alimento fuera de la cafetería. Pero de todas las prohibiciones a las que tuve que hacer frente, la peor fue la de no poder salir a cubierta por todos los operativos militares que se hacían en la zona.
Sin sol cinco días
Así que respiré hondo y pensé para mis adentros que no recibir el sol durante 5 días bien valía la experiencia de estar en un barco hospital.
Al día siguiente, es decir el 14 de septiembre, nos entrevistamos con el comodoro Capitán Thomas Negus, quien con grandes formalidades nos dio la bienvenida al barco y nos explicó algunas generalidades sobre la misión que iban a desempeñar en Bluefields.
A bordo del barco iban 198 médicos de especialidades como pediatría, ginecología y obstetricia, oftalmología, medicina interna, optometristas, enfermeras y técnicos de rayos x, quienes brindarían atención médica gratuita a más de 4000 personas en Bluefields.
Esa noche, a las siete en punto, todas las luces del barco se apagaron y quedaron surcando el espacio unas luces infrarrojas que le daban al barco un aspecto fantasmal, por no decir espectral.
Toda la tripulación se recogió en sus camarotes y la vida pareció detenerse para siempre. Sin nada más que hacer me fui a mi habitación con la sensación de que hay más tiempo que vida y me recogí como un ovillo con las cuatro colchas que encontré en las literas adyacentes a la mía.
Como a la una de la mañana, me desperté tiritando del frío, y deseando que el aire acondicionado se convirtiera en calefacción. Dormí poco y mal, lamentando para mis adentros no haber traído ropa de hacer ejercicios y un abrigo que me calentara en esas noches de frío intenso.
El siguiente día se convirtió en una jornada maratónica de entrevistas con oficiales de todo rango, pero a las siete de la noche todo volvió a la calma habitual.
Comencé a sentir que los rayos del sol me hacían falta, que el aire congelado se me estancaba en los pulmones y que el espacio a mi alrededor era mustio, sombrío y pequeño.
En varias ocasiones quise gritar y salir corriendo, pero hice un llamado supremo a mi cordura. Lo peor estaba por llegar. Cuando quise comunicarme a través de Internet con mi familia y mis amigos, y enviar mis notas al periódico sobre la misión humanitaria, descubrí que no había acceso.
El mundo se me vino encima. Iba a morir, literalmente enclaustrada y aislada, en un buque hospital en algún lugar del Atlántico, y sólo reconocerían mis restos por los exámenes dentales.
Finalmente descubrí que los oficiales de alto rango tenían una red especial para enviar correos electrónicos, y fue así que pude enviar reportes a END. No obstante, seguía totalmente incomunicada con el mundo exterior, a la espera de que los minutos se convirtieran en horas y las horas en los días que me faltaban para regresar. El 16 de octubre, tras 5 días de frío, cuerpos uniformados y un estilo a lo novicia rebelde, llegó el helicóptero que me conduciría a mi hogar y le dije adiós para siempre al USS Iwo Jima.