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Darío y su credo político: Latinidad y antiyankismo


En conmemoración de su 50 aniversario, el Banco Central de Nicaragua editará el volumen Escritos políticos, de Rubén Darío: una colección de textos, en su mayoría dispersos, que ilustran su pensamiento político, aspecto básico del bardo.

El volumen Crónica política
(1918)
A raíz de su fallecimiento, en la primera tentativa de sus obras completas, uno de los editores, el argentino Alberto Ghiraldo (1874-1946), logró deslindar dicho aspecto en un pequeño volumen, titulado Crónica política. Su propósito era presentar “una faz de talento múltiple de Carpio, completamente desconocida para los lectores de España y la mayor parte de América”, no sin puntualizar el espíritu combativo de su juventud inspirado en Víctor Hugo (1802-1885), de quien asimiló ideas y sentimientos de índole social.
Ghiraldo señalaba algunas piezas concretas, por ejemplo, el panfleto denunciatorio “Historia negra” (1890), característico “de un momento especialísimo que atravesaron algunas democracias semibárbaras de nuestra América”. Además, destacó el liberalismo de su autor, su amor a la independencia y a la libertad, su campaña en pro de la unión centroamericana y en contra “de soldadotes brutales y sanguinarios, conculcadores de derechos ciudadanos, atropelladores de honras cívicas y forajidos legales de todo linaje”. En fin, su labor como prosista de combate.
Tal selección, por tanto, constituye el más remoto antecedente de la revaloración del intelectual progresista que fue en su época (1867-1916) el máximo héroe civil de Nicaragua. En efecto, consta de treinta y una piezas ordenadas temáticamente en nueve rubros (Unidad centroamericana, Historia negra, La opinión europea, Biografía, Política internacional, Literatura política, Ecos de Chile, Temas de escándalo y Varia).
Tuvieron que transcurrir sesenta años para que se retomara a Darío como intelectual progresista. Esta auténtica dimensión suya fue prácticamente sepultada en el olvido no sólo por subdesarrollo cultural del país, sino por la imagen del inspirado bohemio improvisador y alcoholizado creada por la mitología popular, y el proceso de icononización asumida por los gobiernos libero-conservadores, desde su muerte hasta 1979. No sin prescindir del reduccionismo torremarfilista que cierta crítica académica, a nivel de lengua española, aplicó a su obra.
Los Textos sociopolíticos (1980) y otras dos antologías
Conscientes de esa realidad, Francisco Valle, Director de la Biblioteca Nacional, y yo, como director del Archivo General de la Nación, editamos en Managua (enero de 1980) un libro similar, Textos sociopolíticos, en conmemoración del 113 aniversario del natalicio del errante cantor de Metapa. Quince trabajos compilaba ese volumen, reeditado cuatro años más tarde por la Embajada de Nicaragua en República Dominicana. “Con estos textos” —escribía Valle— “nos adentramos en el conocimiento de un Darío, hasta ahora soslayado, que criticó todas las injusticias de su tiempo”.
Mientras tanto, Julio Valle-Castillo agregó nueve piezas en una nueva edición con el título modificado: Prosas políticas. Así conformaron “un conjunto de veinticuatro artículos, ensayos y páginas de ficción, revelador del interés, de la preocupación política y de la información de primera mano que, sobre el acontecer mundial, poseía nuestro poeta, al igual que la dignidad y el patriotismo que supo tener ante algunas coyunturas, sobre todo cuando se trató de Nicaragua y de la intervención norteamericana”, anotó en el prólogo Valle-Castillo.
Simultáneamente, el suscrito había estructurado un manual con sesenta y tres fragmentos de Darío: Tantos vigores dispersos. Desde luego, el volumen --cuyo título procedía de un verso de la famosa “Salutación del optimista”-- perfilaba “un Darío sensible a la injusticia, capaz de advertir y denunciar la explotación y los vicios sociales. Un hombre de ideas, atento a los problemas de la sociedad industrial de Europa, abierto a los precursores del pensamiento social moderno, indignado por los atropellos imperialistas”.
Un muro de contención frente al Imperio del Norte
Comentando la primera edición de Textos sociopolíticos, el suscrito también señalaba que Darío se hizo eco de la resonancia del movimiento anarco-colectivista en Europa, y registró la ira contra el capitalista en Francia, la buena nueva del socialismo en Alemania y la inminente revolución rusa. Al mismo tiempo, criticó la época victoriana de Inglaterra, país de rapiña, según Darío, quien señaló: “El imperialismo pide sangre y oro”. En Roma le repugnaba la venta de cirios y medallas (“un cambalache sagrado” llama a ese comercio); en Berlín, sentía la influencia del cuartel, y en Madrid se compadecía de sus innumerables mendigos.
En ese ensayo, igualmente, indicaba que Darío, desde sus años formativos, se refirió a la intrusión del expansionismo filibustero en Nicaragua, de 1855 a 1857, al reseñar la traducción del libro de William Walker (1824-1860), emprendida por el escritor italo-nicaragüense Fabio Carnevalini (1829-1896). En ella, el joven de diecisiete años comentó: “La publicación de que tratamos, al ser leída, difundirá mucha luz en todos los que ansían conocer aquel período de nuestra historia patria, en que Walker y sus prosélitos amenazaron de un modo violento destruir o transformar nuestro modo de ser en la escala de las naciones”.
Poco después, en otra publicación periódica —esta vez chilena— deslindó en el continente dos Américas, a las que atribuía filiaciones étnicas: la suya correspondía a la raza latina; la otra a la anglosajona. Lo hizo en una crónica sobre deportes en que aludía al célebre empresario estadounidense Taylor Barnum (1810-1891) —“ese rey de los espectáculos que tiene su trono en Londres y Nueva York”—, concluyendo: “¡Dios santo! Vamos quedando con nuestro modo de ser, amenazados por la raza férrea anglosajona, al menos en América, raza que ha hecho de sus puños martillos, que habla una lengua bárbara también, ruda, erizada y casi eléctrica”.
Nuestro modo de ser: he aquí, de nuevo, la frase identitaria que desde entonces Darío ligaba a la latinidad en otra denominación de esos años: “América Latina”. Realmente, si no su creación, el concepto lo difundió en Francia Michael Chevalier en sus Letras sur l’Amerique de Nord (París, 1836). Y el escritor centroamericano llegaría a ser uno de los constructores de esa identidad latina, es decir, del nosotros latinoamericano. Tanto que en uno de sus ensayos medulares planteó que el ABC sudamericano (Argentina, Brasil, Chile) debían conformar, en el futuro, un muro de contención frente a la expansión del imperio del Norte, especificando que “si esos tres países sudamericanos abandonasen sus rivalidades y querellas políticas y se consagrasen en cultivar las riquezas maravillosas de su suelo, se podría ver, en un cuarto de siglo, o en siglo y medio, constituirse esa región en naciones potentes, capaces de contrapesar a la América anglosajona, y de hacer en lo adelante en vano el empeño de hegemonía panamericana acariciado por los Estados Unidos”.

Ariel versus Calibán
Es en sus crónicas, más que en sus creaciones, donde Darío volcó su ideario político y preocupación por el destino de América Latina, excepto en dos poemas famosos: la oda “A Roosevelt” (1904) y “Salutación al Águila” (1906). No en vano prosiguen la tradición de formas discursivas —remontadas a Bolívar y demás próceres independentistas y civilizadores— que implican un sujeto capaz de asumir su propia subjetividad, o mejor: su realidad social no ajena a las exigencias de un cambio histórico. Y este cambio lo ligó, como nicaragüense, al proyecto y ejecución del gobierno liberal de J. Santos Zelaya (1893-1909) que, sustentado en la caficultora —con la cual Nicaragua había ingresado al comercio mundial—, se expresaba en una ideología progresista.
Por otro lado, como latinoamericano, postuló desde 1893 una dicotomía simbólica, primero cultural y luego política, de Calibán (los Estados Unidos) y Ariel (la América Latina). De ese binomio dicotómico ya se ha escrito mucho en varios estudios. Sin embargo, es oportuno recordar que Darío utilizó los símbolos de Calibán-Ariel en 1893, en su ensayo sobre Edgard Allan Poe (“un Ariel entre calibanes”), nueve años antes de su más acabada caracterización por José Enrique Rodó en su libro Ariel (1900). Pero fue en 1898, cuando interpretó el sentimiento de toda Latinoamérica en “El triunfo de Calibán”, caracterizando a Estados Unidos como “imperio de la materia”; “país de vida práctica y material, país del cálculo”, cuyo ideal está circunscrito “a la bolsa y a la fábrica”, al “culto del dólar”; país que busca “no solamente influencia, sino también dominación”, lo que en la práctica ha demostrado: “¡Soberbios cultivadores de la fuerza!”, empeñados en “rehacer el mundo, a su imagen y semejanza”, “aborrecedores de la sangre latina” y “enemigos de toda idealidad”. Por el contrario, para él América Latina encarnaba la idealidad, y con ella, el anhelo de perfectibilidad humana y de orden de vida.
Pero nada mejor que el testimonio del propio Darío —su contestación a una encuesta sobre el porvenir de los países de nuestra América que le enviaron en 1902— para tener una idea clara de su credo hispanoamericanista, o más concretamente, latinoamericano. Porque —sostenía— “Panamericanismo es una palabra inventada por los norteamericanos para inundar con sus productos los mercados del nuevo continente”, mientras él proponía “un hispanoamericanismo: la unión comercial, el arbitraje y la solidaridad moral de las repúblicas de lengua española”. Y agregaba: “La doctrina de [James] Monroe ha inflado la vanidad y aumentado la insolencia de ciertos gobiernos en sus relaciones con las potencias europeas. A la doctrina de Monroe, América para los americanos, ha contestado un representante argentino [Roque Sáenz Peña] en el Congreso Panamericano de Washington, con esta otra divisa: América para la humanidad.
El mismo año de 1902, Darío resumió un artículo interesante que el economista francés Achille Viallate había publicado en la Reveu de Paris, y que trataba “de las relaciones de la nación norteamericana con sus hermanas menores del Sur, y de las varias tentativas hechas para extender su influencia yanqui por todo el continente”. El latinoamericano registró ese análisis de las relaciones internacionales, desde Henry Clay hasta Teodoro Roosevelt, subrayando el carácter errático y oportunista de las intervenciones estadounidenses en la América española, los esfuerzos por parte de los Estados Unidos por mantener los Estados latinoamericanos divididos y pequeños, y las dificultades que los políticos norteamericanos encontraron en sus anhelos de dominación, disfrazados bajo la demagogia panamericanista.

El Sol del Sur y no las Estrellas del Norte
Tal fue el credo político de Darío, quien dejaría este mundo a sus 49 años, desilusionado al constatar el resquebrajamiento del Estado nacional de su pequeña patria —a la que había representado como cónsul en París y ministro residente en España, y enviado especial en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro en 1906— por la dominación extranjera, dejando testimonio de esa dominación entre 1910 y 1912. Los textos son numerosos, pero me limito a citar una carta a Manuel Ugarte (1874-1951), escritor argentino que propugnó toda su vida por la unidad latinoamericana. Esta pieza epistolar data de septiembre, 1910, a un mes de la derrota —en gran parte debida a la intervención estadounidense— del proyecto liberal de la nación que defendía en su patria natal. Así manifestó: Dado que Nicaragua será una dependencia norteamericana, yo no tengo la voluntad de ser yankee, y como la República Argentina ha sido para mí la Patria intelectual, y como, cuando publiqué mi Canto a la Argentina, la prensa de ese amado país pidió para mí la ciudadanía argentina, quiero, puedo y debo ser argentino. Y proseguía Darío, frustrado pero decidido: Usted sabe lo que yo he amado al Río de La Plata, y yo sé que allí todo el mundo aprobaría mi preferencia por el Sol del Sur a las Estrellas del Norte. O sea, el Sol de la bandera argentina.
En síntesis, Darío tuvo varias patrias (“mi Patria original”), Chile (“segunda Patria mía”), Argentina (“mi Patria espiritual”), España (“la Patria madre”), Francia (“la Patria Universal”) y, en función de su ideario artístico, “nuestra Patria la Belleza”. Mas la columna vertebral de su credo político fue la latinidad. Tal es la imagen vinculada al mundo real que le tocó vivir e interpretar entre 1887 y 1914, lapso cuando se ubica la publicación de las piezas aquí seleccionadas y anotadas rigurosamente.