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Día de hienas en cárceles de “La Aviación”


Especial para END

A las 00:15 horas del 18 de mayo de 1960, se escucharon numerosos disparos entre el muro que separaba las cárceles de La Aviación y el Instituto Técnico Vocacional, en la Carretera Norte, en las afueras de Managua, entonces poco poblado.
Tres hombres habían sido bárbaramente ejecutados. Se cumplía la sentencia de muerte encubierta dictada cuatro años antes en contra de Edwin Castro Rodríguez, Ausberto Narváez Parajón y Cornelio Silva Argüello, quienes estaban condenados a 15 años de prisión por su participación en el atentado del 21 de septiembre de 1956, que terminó con la vida del dictador Anastasio Somoza García.
El Consejo de Guerra que conoció el caso, clausuró a las 04:30 horas de la madrugada del 21 de enero de 1957. Es el expediente de nuestra historia con mayor cantidad de declaraciones logradas a base de las más crueles torturas, no hubo respeto ni para los ancianos, como el Dr. Enoc Aguado Farfán, el verdadero triunfador de las elecciones presidenciales de 1947.

Sentenciados a muerte
Desde un inicio, el proceso se concentró en Castro Rodríguez, Narváez Parajón y Silva Argüello. La primera etapa giró sobre todo en el primero. Era hijo de uno de los héroes de la Revolución Liberal Constitucionalista, el Gral. Carlos Castro Wassmer. Edwin nació en 1930 en Londres, Inglaterra --donde su padre desempañaba un cargo diplomático--, y fue señalado como la pieza clave en la conspiración que culminó con la acción de Rigoberto López Pérez, en la Casa del Obrero en León.
El Consejo de Guerra sentenció a la pena de muerte, además de los tres mencionados, a Juan Calderón Rueda, quien supuestamente había preparado las balas usadas en el atentado. Se desistió de la sentencia y la cambiaron, ya que la pena de muerte había sido aprobada por el Congreso Nacional, pero nunca se había reglamentado. Se consideró que la ejecución haría daño a la sucesión dinástica de Luis Anastasio Somoza Debayle, en la Presidencia de la República, y de Anastasio Somoza Debayle, como Jefe Director de la Guardia Nacional.

“No saldremos vivos”,
dijo Cornelio
Los prisioneros fueron trasladados a las cárceles de La Aviación, en cuyos terrenos estuvo sepultado hasta 1944, el Gral. Augusto C. Sandino. Las mismas cárceles de donde desaparecieron Rito Jiménez y Luis Scott. En las que también sería asesinado el joven Ajax Delgado. La rutina de las celdas las rompía Edwin con la lectura de sus poemas, lleno de premoniciones, de amor a la patria y a su familia. Soñaba Edwin en que: ¡Mañana, hijo mío, todo será distinto!, pero a la vez escribió: ¿Y si no regresara?
El Dr. Julio C. Quintana Villanueva, entonces Ministro de Gobernación, visitó La Aviación, y delante de varios periodistas, Cornelio le comentó que nunca saldrían vivos de La Aviación, pues “nos van a mandar a sembrar papas”. Cornelio, un viejo conspirador, sabía que el odio de los herederos de la dictadura somocista les hacía tramar venganza por la muerte de su padre.
En la madrugada del 18 de mayo de 1960, los directores de los diferentes medios informativos de Managua fueron convocados de urgencia a las cárceles de La Aviación. Allí esperaban el coronel Aparicio Artola, Director de Policía de Managua, y el mayor Félix Pedro Ruiz Palacios, Comandante de La Aviación. Informaron que pasada la media noche se intentaron fugar Castro Rodríguez, Narváez Parajón y Silva Argüello, y que habían sido muertos.
Cuando los periodistas penetraron a un pasadizo vecino al muro que separaba La Aviación de la Escuela Técnica Vocacional, se estremecieron al ver a Edwin acostado hacia abajo, cerca el cuerpo de Ausberto, y más retirado el cadáver de Cornelio. Todos ensangrentados, acribillados, desfigurados sobre todo el cuerpo de Edwin, a quien le faltaba parte de su rostro. Después se informó que en la bolsa del pantalón le encontraron unos papeles ensangrentados con sus últimos poemas.
Según las autoridades policiales, Silva Argüello, armado de un revólver había desarmado al raso Pedro E. Flores (No. 16837), pero otro raso, Manuel E. Matute (No. 16651), le disparó y le dio muerte, y después hicieron lo mismo con Castro Rodríguez y Narváez Parajón, sin explicar el porqué de tantos disparos, si conforme la versión oficial se encontraban desarmados.
Se presentaron en La Aviación el médico forense, Dr. Carlos Cuadra Cea y el juez segundo de Distrito del Crimen de Managua, Dr. Salvador Martínez. Según versión verbal del coronel Artola, Cornelio estaba en la celda No. 15 junto con Juan Calderón Rueda, Noel Jirón Balladares, Ramón Rosa Martínez y Julio Alvarado Ardila. De esa celda, Cornelio logró salir y llegar a la No. 14, donde Edwin y Ausberto.
A las cinco de la madrugada, los cadáveres ensangrentados fueron introducidos en toscos ataúdes. Los cuerpos de Edwin y de Ausberto fueron enviados a León, y, el de Cornelio, a su pueblo natal, La Libertad, Chontales, en camiones militares y custodiados por guardias nacionales. En León fueron llevados al Hospital San Vicente, donde no los quisieron recibir, y recomendaron que los trasladaran a casa de los familiares, quienes decidieron que regresaran al Hospital San Vicente.

La autopsia
Por iniciativa de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, se procedió a realizar la autopsia. La barbarie y la saña pusieron en evidencia de que se trataba de un asesinato atroz, a través del diagnóstico anatómico de los cadáveres de Edwin y Ausberto, se demostró el enorme número de disparos que recibieron y que causaron tremenda cantidad de orificios y destrozos en los cuerpos. Las fotos publicadas en los medios escritos causaron horror en la población nicaragüense, y la que más impactó fue la del rostro destruido de Edwin, sin duda, el principal objetivo de la cobarde masacre.
La autopsia fue practicada por los bachilleres Virgilio Chinchilla y Roberto González, revisada por Dr. Ariel Marín R., se practicó en presencia del Decano de la Facultad de Medicina Dr. Ernesto López Rivera y de los profesores, doctores Benjamín Lanzas y Carlos Berríos D. Las dos autopsias fueron publicadas y causaron un tremendo impacto, y provocaron, además, una pública condena al régimen somocista.
En La Libertad, Chontales, el médico Alfonso Pérez Andino certificó que el cadáver de Cornelio Silva Argüello presentaba una serie de orificios en distintas partes del cuerpo, contradiciendo la versión dada por el raso GN Matute y oficializada por las autoridades policiales somocistas. Pero lo más cruel fue la revelación sobre la falta de testículos, descubriéndose una cicatriz irregular del escroto, señal manifiesta de haberle practicado la castración. El cuerpo presentaba señales inequívocas de haber sido golpeado y herido por arma cortante antes de recibir los disparos.

Multitud en funerales
Los cadáveres fueron llevados del Hospital San Vicente a las casas de sus familiares en León. Impresionó la juventud de las viudas y la corta edad de los hijos. En el hogar de la familia Castro-Rivera estaban doña Consuelo Rodríguez vda. de Castro Wassmer; Ruth Rivera de Castro Rodríguez, con María Consuelo, Ruth María y Edwin, de apenas tres años. En la vivienda de Ausberto se encontraban doña Elena Parajón vda. de Narváez, Silvia Argüello de Narváez Parajón con Ausberto y Sandra Narváez Argüello.
Por la tarde, los restos de Edwin y de Ausberto fueron trasladados al Paraninfo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, donde se les rindió un sentido homenaje, entre los oradores que participaron, estuvo el presidente del Centro Universitario, Joaquín Solís Piura. Por la mañana, los restos fueron llevados a las casas de sus respectivas familias, y, por la tarde, se realizó el funeral que impactó en la conciencia de todo el país.
Uno de los oradores dijo: “Si las lágrimas brotadas por la muerte de los tres mártires se convirtieran en balas, ya la justicia estuviera imperando en Nicaragua”. Los funerales se realizaron el jueves 19 de mayo, llegaron hasta León delegaciones de todo el país, y el sepelio se convirtió en una gran manifestación de repudio en contra de la dictadura dinástica de los Somoza. Cuando los féretros se juntaron en La Recolección, una multitud llenó varias cuadras, y no alcanzó tanta gente en el cementerio de Guadalupe, donde fueron sepultados.

"Se la montaron"
En el argot nicaragüense, cuando se lleva a cabo una gran mentira, algo que sin ser verdad llega a tener credibilidad, se dice de la víctima que “se la montaron”. Todo hace indicar que los prisioneros fueron convencidos de que podían fugarse mediante soborno de algunos custodios. Incluso, les dieron una prueba para que tomaran confianza, logrando la introducción de un revólver, el que según la versión oficial apareció en poder de Cornelio, un arma calibre 22 con registro 53633. Años más tarde se conoció que quien la entregó fue el líder obrero ya fallecido, Domingo Aguilar, muy amigo de Cornelio, y con quien conspiró en diferentes hechos y lugares. Cornelio había sido miembro de la llamada Legión del Caribe.
Según testimonio del Dr. Clemente Guido Chávez, otro de los detenidos que fue cruelmente torturado durante el proceso de investigación por el atentado a Somoza García, en los primeros días de mayo de 1960, fue visitado en su consultorio del barrio Campo Bruce de Managua, por una hermana de Cornelio, de nombre Mirna, quien le comunicó un plan de fuga que le transmitió Cornelio para que solicitara al doctor Guido Chávez algún producto químico que se mezclara con alimentos o bebidas y permitiera que se durmiera el que lo había ingerido.
El médico respondió que eso era muy difícil y que respecto al plan de fuga le parecía que era una trampa, y que pensaba que el centinela era de dos caras. Sin embargo, el doctor Guido Chávez continuó investigando qué podía usar como somnífero cuando se dio “la fuga”. El relato figura en la obra “Noches de Tortura”, cuarta edición.
Otra versión basada en fuentes militares del somocismo, es que los hermanos Somoza Debayle siempre mantuvieron la decisión de dar muerte a Edwin, a Ausberto y a Cornelio, también, a Juan Calderón Rueda. Así fue que urdieron el plan de la fuga, montando la trama con el mayor cuidado y la mayor secretividad, al extremo que los prisioneros --sobre todo Cornelio-- estaban convencidos de que todo saldría bien, y así realizaron preparativos, entre ellos la introducción del revolver.
Años después se supo que Calderón Rueda se salvó porque había tenido un disgusto con Cornelio, y no quiso acompañarlo cuando se salió hacia la celda No. 14, donde estaban Edwin y Ausberto, quienes en ese momento se preparaban a comer algo que quedó sobre una tosca mesa, una paila con café negro y dos huevos fritos. Calderón Rueda se logró fugar en diciembre de 1963 y salió exiliado hacia Argentina.
Entre militares cercanos a los Somoza, se comentó que “se las habían montado” a los presos de La Aviación. La orden fue cumplida con tanta saña, que dio lugar a otra versión: Anastasio Somoza Debayle, sabido de que la noche del 18 de mayo se daría la supuesta fuga, decidió --cuando estaba en el Casino Militar, en estado de ebriedad, en compañía de sus ayudantes Lázaro García y Óscar Morales-- ejecutar personalmente la sentencia de pena de muerte que había decidido cuatro años antes. Así se explica que los cuerpos tuvieran tantas balas de diferente calibre.
Agustín Torres Lazo, el fiscal del Consejo de Guerra, en su libro “La saga de los Somoza”, relata que el mayor Pedro J. Barquero le confirmó que a los prisioneros les habían aplicado la “ley fuga”, o sea que el crimen fue debidamente planificado, como tantos que dieron durante la dictadura somocista por más de cuarenta años. Aunque se formó una Corte Militar de Investigación para juzgar la responsabilidad de los rasos Flores y Matute, nunca se volvió a saber de ellos, a pesar de que sus fotos aparecieron en diferentes medios. El expediente del caso también desapareció de la Oficina de Leyes y Relaciones de la Guardia Nacional.
El 18 de mayo de 1895 nació en Niquinohomo, Augusto C. Sandino. El 18 de mayo de 1960 tres patriotas nicaragüenses fueron asesinados. A cincuenta años del crimen, estamos en la obligación de rescatar los nombres y el ejemplo de Edwin, de Ausberto y de Cornelio, en el compromiso de ser consecuentes con los ideales y principios por los que dieron su vida.