Especiales

Dan su cuerpo, reciben dinero y olvidan rostros


II entrega

En este negocio, como en muy pocos, se prefiere olvidar lo que pasó anoche. Las muchachas que viven de la “venta de caricias” saben que hay una especie de regla de oro en su mundo: deben olvidar los rostros de quienes las compraron.
“Es la única manera de conciliar el sueño”, dice Mildred, una de nuestras entrevistadas para esta investigación. Con ayuda de jóvenes y adolescentes como Mildred, EL NUEVO DIARIO logró conocer los detalles del mundo de la explotación sexual en centros nocturnos de la capital.
Logramos internarnos en prostíbulos disfrazados de bares, en casas donde se practica el proxenetismo con fachadas de clubes de diversión nocturna, y, lo más grave, llegamos a hacer contacto con una red que corrompe menores y adolescentes, que lo hace con el “brazo” de gente capaz de alterar las identidades de sus víctimas para repeler la persecución de autoridades policiales. Pero eso lo contaremos mañana.

En “el infiernito”
No hay quién no sienta escalofrío con el relato de una joven que dice que ha sostenido relaciones sexuales con una docena de varones en un turno de 24 horas, todo para llevar poco más de mil córdobas a su casa. “Bueno… fue un pesado día de trabajo”, lo resume ella. “Pero me gané mil 200 pesos”, argumenta.
En esos lugares las historias sobran, unas son publicables otras no. Muchas de ellas describen un mundo que no parece terrenal, y dicho en boca de sus mismas protagonistas se trata de “un infiernito”.
Las muchachas reciben una paga de 100 córdobas por sostener relaciones sexuales con “un comprador de caricias”. Antes, él debió pagarle 100 córdobas más por ese derecho al dueño del local, y, obligatoriamente, consumir en mesa un mínimo de 500 córdobas.
Generalmente, el encuentro es pactado para media hora, pero sobran quienes pagan “algo extra” para permanecer más tiempo o pedir más que una “caricia convencional”. “Si, hay clientes exigentes que piden cosas… y uno cede si hay más paga”, confirma Patricia, otra de las jovencitas.

¿De que exigencias hablamos? --le preguntamos. “Pues hay gustos de gustos, ellos piden hacerlo de otra forma y como dije, si hay más paga, pues uno les da el gusto”, reitera.
Aunque ellas dicen estar conscientes de que el trabajo que hacen no es de lo más regular, lamentan que haya clientes que muchas veces las maltratan y no solo físicamente. “No falta quién te ofenda”, dice Mildred. “Hay quienes hasta quieren golpearte”, agrega.

Una “dormida con el diablo”
Para ellas es una ironía afirmar que viven del comercio de caricias, cuando “muchas veces los clientes es lo que menos buscan”. “Viene gente que se pone violenta y te trata mal”, reitera Patricia.
Según sus mismas compañeras, Mildred es la más solicitada de su establecimiento. “La edad me ayuda”, se adelanta a decir. A sus cortos años, ella también ha experimentado de todo, aunque nada, según ella, se compara con el horror que vivió una madrugada que pagó por sus servicios alguien que le ofreció una dosis de cocaína.
Cuenta que ella se rehusó, pero a él no pareció importarle su desprecio. “Él la absorbió por la nariz. Yo temblaba de miedo porque no sabía qué me podía hacer”, comentó. No pasó nada diferente a lo esperado, pero Mildred dice que todavía le da escalofrío recordar lo enrojecido que se le miraban los ojos. “Fue como dormir con el diablo”, asegura.
Pero también hay anécdotas inocuas. Mildred relató que una noche fue contratada por un sujeto que estaba tan ebrio que apenas se recostó, quedó dormido. “Había tomado mucha cerveza, fuimos al cuarto, se acostó y de repente se durmió, lo esperé la media hora que dura el rato, y después lo llegaron a sacar del cuarto”, recordó en carcajadas.

¿Pero ustedes logran recordar los rostros de quienes las compran? --les preguntamos--. “Es que eso es una regla, no se debe ni recordar ni hablar de esto”, responde de inmediato Patricia. Ante la pregunta, Mildred suelta aquí una confesión inesperada: “Pero hay hombres que son guapos y además caballeros, pocos, pero llegan”, reitera.
Es decir, que ustedes sí recuerdan –insistimos--. “Pues sí”, asegura. Patricia señala que lo mejor es ver el asunto como un trabajo. “Vas por el dinero y punto”, dice, como queriendo finiquitar la discusión.

Poseen sus cuerpos, no sus mentes
Estas jóvenes aseguran que existen métodos que utilizan para mantener la cabeza ocupada mientras el “comprador de caricias adquiere su mercancía”. “Yo entono una canción en la mente”, dice Patricia. “Yo enciendo un cigarrillo y me lo fumo”, asegura Mildred, quien agrega que lo mejor que les puede ocurrir, es que el cliente quede satisfecho en menos tiempo del “rato” pactado.
Tania, quien es una de las jóvenes que denota más experiencia en lo que ella misma llama “el negocio”, tiene una historia muy particular. Vive en Managua, específicamente en Villa Venezuela. Trigueña, delgada, aunque con el pasar de los años se ha dejado crecer “una barriguita”.

“Hermosa, no gorda”, rectifica enérgicamente.
De ojos y pestañas grandes, labios finos, cabello negro y crespo. De mirada maliciosa, habla muy poco, pero sus amigas dicen que en confianza “suelta la sopa”. A ella la buscan para brindar sus servicios a un adulto de 70 años.
“El trato es con su hija”, dice como apenada. “Es ella (la hija) la que me busca. Yo llego a su casa y recibo 500 córdobas por dos horas con el señor”, explica.
Según Tania, su contratista la busca una o dos veces por semana. “El viejito ya no hace nada, sólo le gusta que lo acaricien y cuando ya se siente bien yo me voy de la casa”, contó. “Él se siente solo y yo siento que es como mi buena obra… yo sé que me pagan, pero no lo veo como un hombre… pienso que, no sé…, le falta aprecio y me trata bien”, explica.

Como en la selva
Estas muchachas saben que ser joven y nueva en ese mundo es una ventaja y un riesgo. La demanda de sus servicios es mayor, pero deben enfrentarse a las compañeras de trabajo más antiguas. “Es muy duro, a veces te serruchan el piso y cuentean al dueño del establecimiento para que te echen”, asegura Mildred, sobreviviente a varios de esos altercados.
“A veces les digo a los clientes que no estoy trabajando para que las otras muchachas mayores ganen, eso me protege también”, dice, segura de que se trata de una estrategia de sobrevivencia. Patricia dice que la presión sobre ellas es más grande porque ha habido casos en que por venganza, las mayores llaman a la Policía para denunciar la presencia de menores en el establecimiento. “La mayoría de veces son ellas las soplonas”, acusa.

El mal crece y la "batalla" se pierde
La comisionada general Mercedes Ampié, jefa de las Comisarías de la Mujer, Niñez y Adolescencia a nivel nacional, advirtió que aquel que contrate a una menor para un trabajo como ese, aunque sea por voluntad de ella misma, comete delito. “Es una menor, ese el origen del delito”, afirma.
Pero la amenaza no parece importar a los dueños de estos centros de diversión. Las mismas jóvenes están convencidas de que el éxito de este negocio es, precisamente, lo que ellas llaman “buenas ofertas”. “Es que así es, las más chavalas son las más apetecidas”, sostiene Mildred.
El mal ha venido creciendo a galope, tanto así, que el Consejo de Integración de la Federación de la Coordinación Nicaragüense de ONG que trabajan con la Niñez y la Adolescencia, Codeni, ha anunciado que este año instalarán un observatorio de derechos humanos de los niños y adolescentes.
“Alarma que cada vez se conozca más este tipo de prácticas, hablamos de menores sometidos y obligados por las redes delincuenciales a tener sexo con adultos, y lo peor es que surge una sociedad que ve estos hechos y se muestran indiferentes”, expresa Georgina Mendoza, de Codeni.
Mendoza agrega que no sólo se trata de ver hacia los clubes de diversión nocturna, también hay una especie de explotación a “cielo abierto”. Menciona como ejemplo lo que ocurre en Cárdenas, Rivas. “Ahí se habla de prostitución, y no, es más que eso, son muchachitas explotadas, son niñas, y estamos frente a adultos que parecen olvidar que eso es un delito, que es penado por la ley”, explica Mendoza.

Pocos a “las rejas”
La fiscal Odette Leytón, Directora de Unidad de Género del Ministerio Público, aseguró por su lado que se han propuesto marcar precedente contra los tratantes de personas y sus cómplices, ya que en los últimos cinco años, de 56 casos procesados, tan sólo en cinco se han logrado condenas.
Leytón, como parte de la Coalición Nacional contra la Trata de Personas, CNTP, aseveró que ha observado un incremento en este tipo de delito, donde la víctima es utilizada para fines sexuales, ya sea para prostituirlas o pornografía infantil.
Danilo Medrano, Director de Trabajadores para la Educación en Salud e Integración Social, Tesis, dijo que es difícil contabilizar la verdadera dimensión de este problema, pero todo está a la vista, y el movimiento de esta actividad delictiva, se alimentó con la crisis económica y el aumento de la pobreza.
A la luz de los resultados obtenidos por la Fiscalía en los juzgados, en la persecución de este tipo de delitos, la pregunta obligada es: ¿Quién gana y quién pierde la batalla contra este mal?
“Bueno, si de 2004 a 2009 se han procesado 56 casos, de los cuales tan sólo en cinco hemos logrado obtener condena, no es que se esté perdiendo. Tenemos que ganar más casos. Esa es la meta”, responde el fiscal Javier Morazán, Director de la Unidad Anticorrupción y Crimen Organizado del Ministerio Público.

Mañana:
* El contacto con “la captadora” de niñas y una oferta macabra: “Usted pone el dinero, pide la edad y yo la consigo”
* El paso a paso de un grave delito que se mueve entre sombras en las mismas oficinas del Consejo Supremo Electoral