Especiales

La suerte estaba echada

* Todo parecía conducir al fracaso, pero el poeta López Pérez ya había tomado una determinación * Las cavilaciones de Clemente Guido, el pozo y la jaula de los leones

Después de haber estado algún tiempo conviviendo con los militares antisomocistas, el doctor Clemente Guido dice que “antes de regresar el 20 de mayo a Nicaragua, Augusto Miranda Montes y el comandante Julio Alonso Leclaire, me habían pedido que les hiciera una comisión dividida en dos partes: la primera, que me entrevistara con un señor llamado Cornelio Silva Argüello, en la Pensión Toruño (Managua), y le entregara una revista Selecciones, como contraseña. Luego, debería, simplemente, ordenarle, de parte de los exiliados antes mencionados, que suspendiera toda actividad sobre los planes que se llevaban a cabo, pues se estaban modificando totalmente”.
“La segunda era entrevistarme con Pedro Joaquín Chamorro y otros líderes de la oposición para pedirles 25 mil dólares para armamento”. Guido afirma que no encontró a Silva en la Pensión Toruño y que no buscó a Pedro Joaquín y a los demás, porque ni los conocía. (Noche de Torturas, pág. 36)
Más adelante, Guido se pregunta: “¿Cuáles eran los planes que Silva Argüello tenía que suspender porque se estaban reformando totalmente? ¿Acaso debía suspender la ejecución de Somoza? ¿Acaso, sin que yo lo supiera, estuvo en mis manos la vida de Somoza García?”. (Noches de Torturas, pág. 38)
En la página 39 de su libro, Guido sostiene que, mientras lo torturaban, el coronel Somoza, hijo, le enseñó una carta donde le decían que “fuera donde el señor a quien le había entregado la revista (Cornelio) y le pidiera que cruzara la frontera hacia San Marcos de Colón, para entrevistarse con él”. O sea, que Cornelio Silva estaba en contacto directo y recibía órdenes de Julio Alonso Leclaire, únicamente. Era una carta que Alonso y Miranda Montes le habían mandado a Guido, y Somoza la había interceptado. (Noche de Torturas, pág. 39)
El pozo y la jaula de los leones
Después de haber sido sometido a la tortura de ahogamiento en el pozo, Guido nos informa que fue encerrado en la jaula de las panteras con Julio Velásquez, quien le contó que a él lo habían capturado por darle posada, en su casa de Somoto, a Cornelio Silva, cuando éste iba hacia San Marcos de Colón.
Julio Velásquez fue el eterno lugarteniente de Alonso, que lo acompañó hasta su muerte. Él y Silva actuaban como subalternos del comandante Alonso, o sea, que Cornelio efectivamente hizo el viaje a Honduras y se entrevistó con Alonso.
En la página 70 de su libro (Nota 1), Guido nos hace una revelación de capital importancia cuando relata: “Si la orden que yo traía para Cornelio Silva era de que suspendiera lo que estaban haciendo, y éste estaba ligado a Edwin Castro, parece claro que lo que se le ordenaba suspender era la ejecución de Somoza García, porque les parecía mejor, a los exiliados de El Salvador, el plan de la sublevación de la Guardia que señala Luis Cardenal en su libro Mi Rebelión (pág. 27 y siguientes) y que tenía como jefe al capitán Víctor Rivas Gómez.
“Mientras tanto, Nicolás Morales y Ernesto Solórzano Thompson nos informaban que tenían en preparación, junto con Pablo Leal Vivas y el coronel Manuel Gómez, una invasión a Nicaragua al estilo de abril, pero mucho mejor organizada.(Mi rebelión, pág. 27)
“Pareciera muy probable que Cornelio Silva Argüello se quedara esperando la invasión guerrillera que no se pudo sincronizar con el atentado.
“La vida del dictador Somoza García estuvo en mis manos, sin que yo lo supiera. ¿Hubiera obedecido Rigoberto López Pérez la orden de suspender la ejecución de Somoza? ¡Quién sabe!”
Todo lo anterior nos lleva a una conclusión inevitable: existían dos conspiraciones en una: la conspiración organizada por Manuel Gómez, jefe de todos los ex guardias en el exilio.
Esta conspiración contemplaba, además del atentado, invasiones, toma de aeropuertos, etc. Y había una segunda conspiración, dentro de la anterior, controlada sigilosamente por Adolfo Alfaro que, sin contradecir abiertamente a Gómez, era más directa, más pequeña, pero más eficiente.
En la página 137 de Noche de Torturas, donde Guido transcribe íntegramente la declaración de Edwin Castro ante la Corte Militar de Investigación, éste dice: “Tengo entendido, según me dijo, en El Salvador, el ex teniente Adolfo Alfaro, que toda esta trama del atentado obedecía a una forma celular, donde cada quien tenía una función determinada; por ejemplo, la mía era allegar fondos, y el coronel Gaitán era quien tenía o debía tener a un grupo de oficiales activos del ejército, que eran los que, en el momento dado, iban a colaborar con él, y que esto nadie más que él lo sabía”.
Y, finalmente, para corroborar lo anterior, Guido afirmó que “el plan del capitán Alfaro, protagonista tras bastidores de esta tragedia, era completo y se dividía en dos partes: la primera era la eliminación de Somoza por medios violentos. Esta parte estaba a cargo de elementos civiles que lo ejecutaron.
La segunda era la toma del poder inmediatamente después, a cargo de elementos militares, los que nunca ejecutaron su parte, porque nunca les llegó la carta con instrucciones de Alfaro, que debió entregar el ex capitán Enrique Callejas”.

La determinación de Rigoberto
Ajeno a todas estas maniobras y contradicciones, Rigoberto se preparaba, con Edwin y Ausberto, para su cita con la historia. Solicita a Edwin llamar a Alfaro para avisar a los militares involucrados en el complot y “asegurar el éxito global del movimiento”.
Edwin no puede comunicarse y pregunta a López Pérez si está seguro de que Gaitán recibió la primera carta; Rigoberto dice que sí, que está totalmente seguro. (La Saga de los Somoza, pág. 332)
Rigoberto se decide a actuar: “Pase lo que pase, no puedo perder la oportunidad de mañana”. (La Saga de los Somoza, pág. 320)
Algo seguro es que Adolfo Alfaro nunca obedeció la orden de suspender el atentado (si es que se la dieron) y, lógicamente, no se la trasladó ni a López ni a Castro. Rigoberto murió convencido de que el complot militar se produciría después de la muerte de Somoza.
Por otra parte, la megaconspiración de Gómez no era una fantasía, pues realmente se produjo: los secuestros de aviones se hicieron; las armas se compraron y las invasiones del comandante Julio Alonso entraron y le provocaron grandes bajas a la GN, pero en 1957, 58, 59 y 61, los tiempos nunca pudieron sincronizarse y también afloraron las delaciones.
Esta característica fue una constante en todos los movimientos antisomocistas, y el grado de organización sólo dio un saldo cualitativo a partir de la década del 70.
Adolfo Alfaro fue el más práctico cuando le dijo a Rigoberto: “Nuestras fuerzas siempre han sido inferiores a las del enemigo. Nuestros mismos compañeros nos han delatado y ese es un riesgo que corremos en cualquier intento. Lo que necesitamos es algo más directo, que no involucre a mucha gente. Pero, para eso, necesitamos a un hombre de verdad, que cambie su vida por la del déspota”. “¡Yo soy ese hombre!” –-contestó, sencillamente, Rigoberto. Alfaro fue impulsado por un deseo irreprimible de vengar a su hermano Agustín y a sus compañeros del cuatro de abril. A Edwin lo motivó la aspiración de reivindicar la memoria de su padre, el general Carlos Castro Wassmer, perseguido y humillado por Somoza. Y a Rigoberto, la convicción profunda de que, con su inmolación, lograría la redención de su patria.
Alfaro siempre estuvo convencido de que sus amigos Gaitán, Davidson Blanco, Delgadillo y su cuñado, Juan José Rodríguez Somoza, tomarían el poder. Y quizás algo de eso hubiera ocurrido si Somoza muere inmediatamente. Los ocho días que transcurrieron, entre el atentado y su muerte, fueron fundamentales para que sus hijos garantizaran la sucesión dinástica.

Nota final
1.- El coronel Lisandro Delgadillo fue detenido, torturado y dado de baja de la GN.
2.- El coronel Francisco Gaitán fue dado de baja y enviado a Argentina como embajador. Nunca más volvió a Nicaragua.
3.- El coronel Federico Davidson Blanco fue dado de baja y murió en una emboscada del Frente Sandinista, en 1979.
4.- El mayor Juan José Rodríguez Somoza siguió en la GN, pero Anastasio Somoza Debayle nunca le tuvo mucha confianza. En los años 50, siendo comandante de León, su segundo, coronel Juan Ángel López, lo sacó a punta de pistola del Club Social, acusado de conspiración con opositores leoneses.
5.- Víctor Manuel Rivas Gómez y Napoleón Ubilla Baca cayeron combatiendo en Olama y Mollejones.
6.- Alí Salomón, Álvaro Galo y Carlos Ulloa se fueron a Cuba en 1959. El último de ellos cayó combatiendo en Playa Girón.
7.- El resto de los oficiales y clases conjurados fueron dados de baja de la GN.