Especiales

Quiso ser gran conspiración

* Adolfo Báez Bone desde 1954 había pronunciando las frases lapidarias: “Delenda sea Somoza” * El mítico Coronel Manuel Gómez, los misterios sobre las últimas horas de Cornelio Silva antes del atentado, y las Noches de Tortura de Clemente Guido

IV Entrega

Si se observa la acción del ajusticiamiento de Somoza como una fotografía estática, inmóvil, pareciera que Rigoberto López Pérez y Edwin Castro actuaron solos.
Pero si examinamos la acción de López Pérez, dentro de la vertiginosa dinámica sociopolítica de la época, concluiremos que Rigoberto respondió a un clamor popular que ya estaba convencido de la necesidad imperiosa de eliminar a Somoza.
La consigna la había dado Adolfo Báez Bone, en abril del 54, cuando expresó: “Hay que eliminar a Somoza”, y montó la emboscada.

El coronel Manuel Gómez
El coronel Manuel Gómez era Cónsul de Nicaragua en San Francisco, California, cuando Somoza le dio el golpe de estado al presidente Leonardo Argüello.
Al llegar el mandatario depuesto a México, Carlos Prío Socarrás, miembro de la Legión del Caribe, le ofrece financiar un movimiento armado para recuperar su presidencia. Argüello llama al coronel Manuel Gómez, quien llega a México y acepta la jefatura militar del movimiento que se prepara, el cual es finalmente abortado por la repentina muerte del anciano presidente.
Gómez comienza allí su carrera conspirativa contra Somoza. Su leyenda se agiganta al ser el oficial de más alta graduación que participa en el levantamiento de abril de 1954, y es uno de los pocos que logra salir con vida, en medio de un baño de sangre.
Desde ese momento, se consideró a Gómez el jefe rebelde más importante de Nicaragua y el que podría asumir el poder dentro de la Guardia Nacional, GN, al colapsar la dictadura. Como ya dijimos antes, Gómez es el jefe de todos los ex guardias que se encuentran en el exilio.
En el mes de marzo de 1956, cuando el doctor Clemente Guido Chávez llega a San Salvador, afirma que conoció, en casa del exiliado César Augusto Miranda Montes, a los ex oficiales de la GN, Noel Bermúdez y Adolfo Alfaro.
“Estos señores se mostraron como enconados enemigos del régimen, y en sus palabras decían que la GN deseaba como jefe al coronel Manuel Gómez o, en caso de que éste fuera presidente, deseaba que ellos dos, Alfaro y Bermúdez, quedaran como jefes de la GN”, sostiene Clemente Guido (Noche de torturas, Pág. 66 y 67).
Guido agrega que, en la misma casa, habló con Rigoberto López Pérez, quien le dijo que había viajado por varios países y que conocía personalmente al coronel Manuel Gómez y que tenía amistad también con el periodista Hernán Robleto.
“El 18 de mayo, dos días antes de mi regreso a Managua, Augusto Miranda Montes me dijo que tenían un plan, similar al atentado del 4 de abril, para terminar con la vida del general Somoza y la dictadura. Que era un plan magnífico, ideado por el coronel Gómez y que, simultáneamente con el atentado, se sublevarían el pueblo y la GN, que era partidaria de ellos. Que había en México un lote de ametralladoras, que lo iban a comprar y que necesitaban 10 mil dólares, que debían dar los dirigentes de la oposición residentes en Nicaragua” (Noche de Torturas, Pág. 69).

Un complot de tres componentes
Vemos que el plan de Manuel Gómez contemplaba: primero, el atentado; segundo, la sublevación popular e invasión; y tercero, el golpe militar.
Por la hacienda fronteriza de Gabriel Urcuyo entrarían las armas para Cornelio Silva y su gente. Por el norte, las columnas jefeadas por Gómez y el comandante Julio Alonso Leclaire. Todo coordinado con el complot dentro de la GN.
Luis Cardenal afirma en su libro Mi rebelión (Editorial El Pez y La Serpiente, 1979, Managua, Nic.) que, a principios de 1956, se comenzó a concretar el complot militar que estaba encabezado por el capitán de la Fuerza Aérea Nicaragüense, FAN, Víctor Manuel Rivas Gómez, quien había estado detenido tres meses por los sucesos del 54, y al que se fueron sumando unos quince oficiales más de la FAN.
Éstos eran el teniente Alí Salomón, subteniente Carlos Ulloa, subteniente Álvaro Galo, subteniente Octavio Ocampo, subteniente Carlos A. Mejías, cabo Ramón Bárcenas y otros.
Engrosaron el complot, el ex capitán Enrique Callejas, mayor José Luis Aguado, teniente Jorge Arellano y el capitán Napoleón Ubilla Baca, entre otros. Luis Cardenal confiesa que todo estaba coordinado con el atentado y las invasiones.
De abril a septiembre de 1956, Edwin y Ausberto Narváez se contactan con los siguientes colaboradores: Ricardo Wassmer, Enoc Aguado, Francisco Frixione, Alonso Castellón y Emilio Borge. Todos abogados. Benjamín Robelo era relojero; Herminio Larios, fabricante de ladrillos; Hernán Argüello y Abelardo Baldizón, agricultores; Juan Calderón Rueda, mecánico; Gabriel Altamirano, comerciante; Julio Alvarado, Noel Jirón y Ramón Rosita Martínez, trabajadores.
¿Por qué no hubo sincronización en las acciones? Faltó organización, un Frente Interno que tuviera comunicación expedita con San Salvador, donde estaba el Comando General de los exiliados.

Cornelio Silva Argüello
Pero hay otra pregunta muy importante que aún no ha sido debidamente contestada: ¿por qué no se presentó Cornelio Silva en León, la noche del 21? Es difícil creer en la versión de que tuvo miedo y de que anduvo eludiendo sus responsabilidades. Cornelio se presentó en León el 16 de septiembre, cinco días antes del atentado, y fue capturado el 11 de octubre.
Tuvo tiempo suficiente para salir por la frontera sur, si se hubiera arrepentido. Cornelio era un hombre con experiencia militar, probado en el combate en la Legión del Caribe.
En el mes de abril de 1956, Cornelio Silva Argüello, quien había estado en Río Conejo, Costa Rica, con Rosendo Argüello y Julio Alonso, recibe una llamada de Rigoberto López Pérez, citándolo en la pensión Toruño, de Managua, ya que había un mensaje de los exiliados salvadoreños.
Cornelio y Rigoberto se encuentran en Managua y este último le dice, de parte de Julio Alonso, que no le ha podido conseguir el libro que le había prometido, a manera de contraseña. Rigoberto le dice a Cornelio que tiene instrucciones de entrevistarse con Gabriel Urcuyo Gallegos, de Rivas. Cornelio visita al Dr. Francisco Frixione, quien le entrega dinero a López Pérez y, además, le da una tarjeta de presentación para Urcuyo Gallegos (La saga de los Somoza, Pág. 329).
Rigoberto viaja a Rivas con Edwin Castro y son recibidos por Gabriel Urcuyo Gallegos, quien --dice Edwin--, al parecer, ya conocía los motivos de la visita, por lo que le habían mandado a decir los de El Salvador y por lo que le comunicó el mismo Frixione.
Edwin le pide dinero para los gastos de Rigoberto, y Urcuyo promete conseguirlo. Hablan, Urcuyo y López, de la introducción de armas por la hacienda fronteriza que posee Urcuyo, las que serán dadas a un grupo de chontaleños que ha ofrecido conseguir Cornelio Silva (Noche de torturas, Clemente Guido, Pág. 129).
Urcuyo es un decidido enemigo del gobierno, a pesar de que su prima Isabel es la esposa de Somoza. Rigoberto le hace a Urcuyo una relación completa de sus movimientos conspirativos.
Algunas semanas después, Rigoberto le cuenta a Edwin que se entrevistó nuevamente con Urcuyo, junto a Cornelio Silva, para afirmar los planes revolucionarios (La Saga de los Somoza, Pág. 137).
Nótese que Alonso no le mandaba a decir nada a Cornelio sobre el atentado. Específicamente, le dice que quiere que se conecte con Urcuyo para tratar lo de las armas, con miras a la sublevación que encabezaría Cornelio.
Esto vendría a reforzar la tesis de que lo del atentado lo manejaba Alfaro únicamente, mientras Alonso preparaba las incursiones por el norte y por el sur. Llama la tención la contraseña que le da Rigoberto a Cornelio de que no ha podido conseguirle el libro que le prometió. ¿Es que Alonso le está insinuando a Cornelio que aún no hay condiciones para echar a andar todos los planes sincronizadamente?

Noche de torturas
La respuesta a todas estas interrogantes que han venido haciendo los que han escrito sobre estos hechos, pareciera darla el Dr. Clemente Guido Chávez en su valioso libro-testimonio Noche de torturas. Un libro poco estudiado y, podría decirse, hasta menospreciado por los especialistas.
Efectivamente, de todos los que han escrito sobre la gesta de septiembre, el único que conoció a Rigoberto, a Edwin, a Cornelio, a Alfaro, a Duarte, a Alonso y a los principales implicados, fue Guido Chávez. Estuvo en contacto con el exilio salvadoreño, luego en la prisión y el Consejo de Guerra.