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Rigoberto: Necesidad histórica


En distintas obras que se han escrito sobre el ajusticiamiento de Anastasio Somoza García, el 21 de septiembre de 1956, generalmente se analizan los hechos como producto espontáneo de la voluntad de un hombre o de un grupo de hombres, acatando impulsos personales, desconectados de la realidad social de la época en que les tocó vivir.
Algunos de estos autores se burlan abiertamente de Rigoberto, de Edwin y de sus compañeros, ridiculizándolos. Otros, aunque les conceden motivaciones patrióticas, no aceptan que representan los anhelos democráticos y antidictatoriales de la sociedad nicaragüense en su conjunto.
Tales análisis no están basados en criterios científicos, ya que examinan la historia como una suma de hechos más o menos relevantes, pero aislados unos de otros, y no como la concatenación dialéctica de los fenómenos sociopolíticos, vinculados entre sí en una relación de causa y efecto, que es lo que realmente marca el desarrollo de la sociedad humana.
En este momento, tenemos que hacer un alto en el camino para, mediante un apretado resumen, poder observar cómo esta interrelación causal afectó negativamente el desarrollo histórico de Nicaragua, pero, al mismo tiempo, templó el espíritu de lucha de nuestro pueblo que jamás se ha dado por vencido en la búsqueda de la democracia y de la justicia social.
Después de ser abortada sangrientamente la resistencia de Benjamín Zeledón, en 1912, la intervención extranjera convirtió a Nicaragua en protectorado, obligándola a firmar acuerdos onerosos, como el Tratado Chamorro-Bryan, entre otros.
En 1925, ingentes esfuerzos del presidente Bartolomé Martínez van logrando liberarnos de los compromisos que nos ataban a los banqueros de Nueva York, dando paso al Gobierno de Transacción del presidente conservador Carlos José Solórzano y del vicepresidente liberal Juan B. Sacasa.
Pero esta fórmula de reconciliación nacional es abortada por el “Lomazo” del funesto Emiliano Chamorro, quien obliga a renunciar a Solórzano y ocupa el poder de facto.
Estados Unidos, en vez de apoyar al sucesor constitucional que es Sacasa, impone nuevamente al títere Adolfo Díaz.
La respuesta popular es el estallido de una segunda revolución liberal, en 1926, jefeada por Sacasa y José M. Moncada. El Ejército liberal triunfante es detenido a las puertas de Managua por los marinos yanquis, que reconfirman a Díaz y provocan la traición de Moncada en el Espino Negro.
A esta obcecada terquedad de EU contra el liberalismo se refiere el gran historiador inglés Arnold J. Toynbee, en su obra Los Estados Unidos, México y Nicaragua, cuando afirma, acerca de la guerra civil en nuestro país: “…¿No podía haber terminado igualmente (la guerra), en un período de menos de doce meses, con una victoria liberal en el campo de batalla, si el gobierno de EU hubiera reconocido a Sacasa?”
Inmediatamente, Toynbee alude a las acusaciones de EU contra México de intervenir en Nicaragua y “promover propaganda radical y la filosofía bolchevique”. También Toynbee hace alusión en su obra al gobierno norteamericano cuando habla de “políticas y objetivos bolcheviques en México y América Latina”. (Los Estados Unidos, México y Nicaragua, Arnold Toynbee, Editorial Aldilá, Managua, Nic.)
O sea, que con el absurdo pretexto del “apoyo bolchevique” del presidente mexicano Plutarco Elías Calles, los Estados Unidos demonizaban a los liberales.
La hostilidad de Estados Unidos la provocaba el artículo 27 de la Constitución Mexicana de 1917, que disponía la fiscalización por el Estado de las riquezas del subsuelo, lo que casi provoca una ruptura de relaciones. Antón Sischka, en La Guerra del petróleo, afirma que desde 1920, el presidente Harding era un instrumento ciego de la Standard Oil.
Calles anuncia que hará efectivo el artículo 27, en cuanto a petróleo y tierras, lo que enfurece a Washington, y la cadena Hearst, al servicio de las petroleras, azuza al presidente Coolidge para intervenir en México.
Los liberales son acusados de estar apoyados por Calles. El presidente Adolfo Díaz, el 15 de noviembre de 1926, solicita “la protección de los marines para evitar nuevas invasiones de México”. (Sandino, Selser, Editorial Aldilá, Managua).
Tras siete años de resistencia, Augusto C. Sandino expulsa a las fuerzas de ocupación, pero en 1934 es asesinado por órdenes de la Embajada de Estados Unidos, en contubernio con las paralelas históricas y la Guardia Nacional, que, finalmente, derrocan al presidente liberal Sacasa, quien triunfara en elecciones supervisadas por los mismos EU. Para todo esto usan al nuevo representante de su política de dominación en Nicaragua: Anastasio Somoza García.
En 1944, los mejores hombres del Partido Liberal confrontan a Somoza y fundan el Partido Liberal Independiente, que, en adelante encabezará las luchas populares y pondrá la mayor cuota de mártires y héroes.
En 1947, Somoza violenta la Constitución y demás leyes, robándole las elecciones al liberal Enoc Aguado, y luego dándole el golpe de Estado a otro prestigiado liberal, el presidente Leonardo Argüello. Ahora, ya no sólo se fractura el liberalismo, sino también la Guardia Nacional.
En 1950, Anastasio Somoza y Emiliano Chamorro firman el Pacto de los Generales, que permite un nuevo período presidencial al dictador. La lucha se recrudece, sin embargo, en 1954, cuando militares y civiles antisomocistas intentan ajusticiar a Somoza, movimiento que es sofocado en medio de un baño de sangre: las torturas y los asesinatos estremecen la nación.
Así llegamos a 1955. En este resumen histórico, hemos visto cómo Estados Unidos, en su obsesión por impedir la llegada al poder de un verdadero liberalismo nacionalista, y apoyando a una dictadura unipersonal, ha cerrado todas las puertas al pueblo nicaragüense para conquistar su libertad.
Se ha intentado todo: la vía electoral, la revolución, el cuartelazo, y Somoza ha salido triunfante. Sólo queda un camino: la eliminación física del déspota, quien ya ha dicho que sólo muerto dejará el poder.
Por eso es que el 21 de septiembre, Rigoberto López Pérez y sus compañeros, no por casualidad miembros del Partido Liberal Independiente, encarnan los anhelos de libertad de todo un pueblo.
Rigoberto ha vengado a Zelaya, a Madriz, a Zeledón, a Sandino, a Uriel Sotomayor, a Aguado, a Argüello, a Colindres, a Pablo Leal, a Báez Bone y a otros tantos patriotas asesinados.
Su brazo certero ha surgido en el momento histórico en que se le necesitaba, como resultado del movimiento dialéctico de la sociedad, y representa los ideales colectivos de la ansiada redención.

Rigoberto y Carlos
Jesús Miguel “Chuno” Blandón

Por esos designios inescrutables de la historia, la noche del 21 de septiembre de 1956, los nombres de estos dos revolucionarios nicaragüenses quedaron indisolublemente unidos para siempre.
Entre los centenares de ciudadanos que fueron reprimidos después del ajusticiamiento de Somoza García, estaba Carlos Fonseca Amador, a quien esta prisión cambiaría totalmente su vida.
Si Rigoberto no ajusticia a Somoza y Carlos no cae preso, tampoco hubiera tenido que viajar a Costa Rica para recuperar su salud. Por lo tanto, Manolo Cuadra no le habría entregado el boleto para viajar a Moscú.
Este viaje al campo socialista fue determinante en la formación política de Carlos Fonseca Amador.
Veamos cómo narra Carlos la experiencia vivida a raíz de los sucesos de septiembre del 56:
“Sucedió que, en el primer trimestre de ese año, no estudié con la debida dedicación porque ocupaba mucho tiempo participando en la jornada patriótica que combatía la reelección del presidente Anastasio Somoza García.
“Por ese tiempo, el Centro Universitario me nombró jefe de redacción de su vocero “El Universitario”. A esta tarea le dedique todo mi entusiasmo, porque yo consideraba que los periódicos, mítines y hojas sueltas constituían la campaña cívica y pacífica, base decisiva en la lucha contra cualquier dictadura enemiga del pueblo.
“Esta correcta tesis, la sostenía un valiente grupo de liberales independientes, como también las masas populares. Pero los planes cívicos desaparecieron en la medianoche del 21 de septiembre, cuando Rigoberto disparó cinco balazos al presidente Somoza.
“Yo fui una de las miles de personas encarceladas a raíz de este suceso político. Obtuve mi libertad hasta los primeros días del mes de diciembre.
Estuve preso en La Aviación y en El Hormiguero…”
“Involuntariamente --sigue diciendo Carlos--, quienes provocaron mi viaje fueron aquellos que, deseando continuar en el poder contra la voluntad del pueblo y de la ley, hicieron que yo ocupara más tiempo luchando que estudiando. Esos mismos fueron los que me tuvieron varios meses en la cárcel, todo lo cual llevó al agotamiento a mi organismo, a mi organismo a Costa Rica y de San José a Moscú”. (Un nicaragüense en Moscú, Bajo la Bandera del Sandinismo, Editorial Nueva Nicaragua).

Las ardientes calles de León
Cuando Rigoberto vino a León, en abril de 1956, a entrevistarse con Edwin por primera vez, Carlos Fonseca también venía a la ciudad a conseguir habitación en “La Casa del Estudioso”, donde la universidad daba alojamiento a los estudiantes más pobres.
También se arregló con la comidería “La Bella Lola”, la más barata de León, porque su presupuesto era exiguo y sus reservas nulas.
Rigoberto y Carlos coincidieron en las mismas calles ardientes de León: Carlos, en su agitada campaña cívica contra la reelección, y Rigoberto, en su callado camino armado hacia el tiranicidio.
Seguramente, aunque no lo registre la historia, asistieron a algún mitin liberal independiente, partido al que ambos pertenecían, en contra de la reelección.

Doña Soledad y doña Agustina
Conociendo la relación que Carlos tuvo con su madre, doña Tina Fonseca, no es raro que se haya sentido impactado al leer la carta de Rigoberto a su madre, y que eso lo empujara a escribir su trabajo “Notas sobre la carta-testamento de Rigoberto López Pérez”, en 1972.
“¿Quién es Rigoberto López Pérez? Es el héroe y poeta de 26 años que dio su vida para ajusticiar al sicario que, a sueldo de la Embajada Norteamericana, crucificó a Augusto César Sandino.
“El acto justiciero de Rigoberto no es el resultado de una decisión instantánea, en el momento supremo. Se trata de una decisión medida, vital. Rigoberto es el representante de la huérfana generación nicaragüense que creció después del asesinato de Sandino. Es la crítica situación de la lucha la que lo empuja a la acción”.

“Dice su testimonio:
Y en vista
de que todos los esfuerzos
han sido inútiles
he decidido.
“Si se define al guerrillero como un combatiente armado que se enfrenta, disponiendo de una abrumadora inferioridad material, en defensa de la justicia, Rigoberto es un guerrillero.
“Él, con su revólver 38, desafía un poder apoyado por miles de fusiles, ametralladoras, tanques, cañones, aviones y apoyado, en fin, por el más poderoso imperio capitalista”.

“Si usted
toma las cosas como
yo
lo deseo
le digo
que me sentiré feliz.
Si toma las cosas con serenidad
y con la idea absoluta de que
he cumplido
con mi más alto deber de
nicaragüense, le estaré
agradecido.
Así es que
nada de tristeza”.
Muchas cartas similares a éstas, le escribió Carlos a su madre durante los años que duró su lucha.
Algunas de ellas, con lágrimas en los ojos, doña Agustina Fonseca Úbeda se las leyó a mi madre en nuestro hogar de Matagalpa.