Especiales

Ciudad apagada y diezmada por caos y peligros

*Sombras tenebrosas sobre calles, pistas y barrios donde reina la inseguridad que nos receta gobierno y Fenosa *En el día, la búsqueda de agua en carretones, la basura lanzada de los buses y hasta de los carros particulares *Los que buscan el “pan todos los días” no sólo maldicen su suerte, sino la ciudad en que les ha tocado para vivir (¿?)

I. Para los que manejan
“Pasar por aquí a esta hora es un ‘dolor de huevos’”, dice de mal humor don Félix César Orozco, ex militar y obrero del volante desde hace 15 años.
Son las cinco y media de la tarde del lunes 27 de agosto y a esta hora no hay luz en los semáforos de Plásticos Robelo, una intersección de seis carriles sobre la atestada y bulliciosa Carretera Norte que todo el tiempo desborda vehículos y “puteadas” por todos lados.
Esta vez Félix no tuvo la suerte de su lado. Ha venido luchando en cada barrio sin luz por atravesar ileso de una calle a otra, y ya a esta hora, cuando poco le falta por entregar el taxi a su dueño, la cola para salir de la Norte y entrar a la calle que lleva a la Pista de la Resistencia es enorme y lentísima.
Lograr salir de la vía con el auto y encarrilarse en la suya es una obra de habilidad y casi temeridad. Allá a un bus no le importa invadir un carril contrario y a punto de claxones y rugidos de motor, atraviesa entre dos hileras de carros de unos ocho vehículos, incluido el Hyundai que maneja Félix César; aprovechan la brecha abierta y salen de la pista para entrar a la suya.
“Antes, manejar era fácil, no había tantos carros como ahora”, dice el taxista, quien ya va bajando la velocidad porque poco a poco se va anexando a la larga cola que lo espera en esta otra intersección de la Ferretería Tobbie, donde tampoco hay luz, pero al menos hay policías de Tránsito dirigiendo el tráfico vehicular.
Él sabe que ahora hay racionamientos de energía eléctrica en todo el país que duran entre cuatro y ocho horas, según el nivel de la crisis, que empeoró desde finales del año pasado y que ahora ha entrado en una etapa crítica. Lo que no sabe y le pone las bilis en la punta de la lengua es a qué sectores de Managua les toca cada día el corte de luz para evitar esos semáforos.
Policías que sí trabajan
“Menos mal que éstos están trabajando”, se queja el ex militar sobre la labor de los agentes de Tránsito, a quienes a menudo se les ve no donde se les necesita, a cuadras antes o después de los semáforos, escondidos algunas veces detrás de matorrales o rótulos, atentos a cualquier mala maniobra para “clavar” con multas a los conductores.
La misma queja que se escucha por todos lados. “Parecen cobradores de impuestos”, insiste el taxista malcriado sobre los agentes que ahora dan pase para que la fila de carros del carril norte-sur avance sobre esta Managua caliente que ya empieza a oscurecer. “Ahora cualquier hora es hora pico”, se queja el hombre, quien, a preguntas sobre cómo ve la vida en la Managua de hoy, responde sin titubeos: “Hecha verga”.
No es para menos. Su queja sobre la cantidad de vehículos tiene asideros contables: según la Policía Nacional, el parque vehicular en Nicaragua es de unos 350 mil vehículos, con un crecimiento anual de casi un diez por ciento.
La cantidad de carros no sería un problema en sí, si no fuera porque las calles siguen creciendo inversamente proporcionales a la cantidad de vehículos que ingresan al país.
El municipio de Managua tiene una extensión de 540 kilómetros cuadrados, con un área urbana de 250 kilómetros cuadrados, y una población de 1.2 millones que se desparrama sobre las calles que, a pesar de crecer a un ritmo de menos de 50 kilómetros por año, se deterioran antes de culminar su vida útil por el excesivo peso que significan los más de 200 mil vehículos que a diario circulan por la capital.
Durante el proceso electoral municipal de 2004, en un debate que se realizó en la Universidad de Ingeniería entre los candidatos a alcaldes de Managua, el desaparecido ex edil Herty Lewites leyó un dato preocupante: el problema del transporte en Managua se estaba volviendo tan grave que en 2010 la velocidad a la que podrán circular los vehículos en Managua será de entre 10 y 15 kilómetros por hora, debido al enorme congestionamiento que se produciría si la flota vehicular de la ciudad continúa creciendo al ritmo actual y las calles siguen siendo las mismas de hace 30 años, o peor, más destruidas.
II. Para los que trabajan
Si manejar por las calles es un dolor de testículos, caminar o trabajar en esta Managua calurosa y sin energía no lo es menos para una mujer como Damaris Rosibel Aguilar, quien labora como doméstica de medio tiempo en dos hogares ubicados distantes entre sí, en la Colonia Centroamérica y en la Colonia “Máximo Jerez”.
Ella va tres días a la “Máximo” y otros tres a la Centroamérica. Limpia y cocina en ambas casas y antes tenía la oportunidad de compartir más tiempo por las tardes con sus dos hijos porque las patronas le permitían algunas veces que se llevase a su casa la ropa sucia para lavarla y plancharla.
Antes de este año, el trabajo, aunque era pesado, no era tan complicado. Se iba caminando del barrio “Isaías Gómez” a la Centroamérica y se regresaba en un taxi con la maleta de ropa sucia a su casa.
Una vez en casa, lavaba o planchaba por las tardes. Ahora ya no sabe cuándo podrá estar en casa temprano porque desde que los cortes de luz se generalizaron, el agua empezó a escasear en los grifos.
“A veces no hay agua en todo el día aquí en mi barrio, pero sí hay en la Centroamérica o en la “Máximo”, a veces no hay en ninguna parte”, se queja esta joven de 28 años que es madre soltera.
Queda mal con patrona
Así las cosas, ahora se expone al caminar por las noches, porque una de las patronas no le permite ya que se lleve la ropa a casa “porque le ha quedado mal”.
“Una semana no tuvimos agua durante tres días y no pude lavarle la ropa a la señora y ella estaba ‘bien arrecha’, como si fuera culpa mía”, se queja ella, quien también quedó mal ante su otra patrona porque no le pudo planchar la ropa a tiempo.
“Yo iba a planchar de las cuatro en adelante, cuando ya está más fresco, pero la luz se fue a las dos y regresó a las siete, después se fue a las nueve y regresó a las dos de la mañana, y ya no pude planchar, y como siempre, me regañaron”, cuenta Damaris, quien aparte de la inestabilidad laboral que le ha provocado el cambio de horarios en los cortes de energía, se lamenta de la dureza de la vida en materia económica.
“Todo va para arriba y la gente no quiere pagar más por el trabajo doméstico, como si fuera fácil”, se queja la joven, quien quizá no sepa que la situación económica es igual de irregular para muchos en el país por la crisis energética.
Esta semana se informó que el racionamiento ha provocado pérdidas a un 50 por ciento de los comercios del país. José Adán Aguerri, Presidente de la Cámara de Comercio de Nicaragua, afirmó que los apagones que martirizan a Damaris con hasta diez horas diarias, se han traducido en el desplome de las ventas y en una parálisis de la actividad comercial en general.
“Estamos afectados en todas las áreas, no hay sector del comercio nacional que no se vea perjudicado por la crisis del sistema eléctrico”, exclamó Aguerri, quien detalló algo que podría indicarle a Damaris por qué es que la comida la compra más cara: “Los sectores que resienten con más severidad la falta de fluido eléctrico son los negocios que ofertan alimentos perecederos como carnes, frutas y legumbres, así como los expendios de productos lácteos y servicios que requieren de refrigeración de sus productos”.
Lamentablemente para Damaris, las noticias son malas y tendrá que seguir aguantando las malas horas de sus patronas: los racionamientos de electricidad de hasta cinco horas por circuito se van a mantener en lo que resta del año, porque persiste un déficit de 81 megavatios, anunció tristemente esta semana el director del Instituto Nicaragüense de Energía, David Castillo.
III. Para los que caminan, trabajan y se suben a los buses
Karla Vanesa Mendieta es una de esas personas a las que faltándole muchos recursos materiales le sobran atributos espirituales que la hacen enfrentar la dureza de la vida con optimismo.
Ella trabaja como oficinista en la Policía Nacional y aunque gana poco, no se resigna a terminar sus días en un puesto público de poca paga. Estudia inglés por las noches, contabilidad los domingos y visita regularmente una iglesia evangélica de donde sale el sustento espiritual que la hace una mujer luchadora.
Pero a pesar de las oraciones y la fe, la situación que a diario vive en las calles no deja de desmotivarla en muchas ocasiones.
Lo primero: el mal servicio de los buses es un tormento diario que debe soportar, a pesar que los empresarios de dicho servicio público reciben cada año millones de córdobas en subsidios para “mantener” el precio del pasaje, junto con las promesas nunca cumplidas de mejorar el servicio y el trato a los usuarios.
Puentes peligrosos
“A veces prefiero caminar por no subirme al bus. Si salgo temprano por falta de luz en la escuela de idiomas, camino hasta cierto lugar y después veo si tomo un taxi o me decido a venirme en bus”, dice Karla Vanesa, de 26 años, quien prefiere arriesgarse a ser atropellada al cruzar las calles que subirse a uno de los 30 puentes peatonales de Managua.
“Me dan horror esas cosas tan altas, muchos ladrones y huele-pegas suben ahí”, explica.
Caminar no ha sido siempre una opción segura. La otra vez un huele-pega la siguió una cuadra para robarle un celular, y una noche que la “luz se fue”, un aguacero la agarró a oscuras en una parada de buses que se vio invadida por una corriente de agua que cubrió totalmente sus tobillos.
Quizás ella no sepa que fue víctima de las consecuencias de la deforestación irracional que se da en las cuencas del sur de Managua. Esta semana el periodista Edwin Sánchez, de EL NUEVO DIARIO, publicó un reportaje que por sí mismo es interesante y le da cara a las inundaciones que paralizan Managua con cada lluvia.
Producto del avance de la construcción de residenciales en la cuenca sur de Managua, con cada lluvia la capital recibe de aguas pluviales el equivalente de 414 mil 720 piscinas olímpicas con un drenaje de pileta casera que data desde hace más de 40 años.
No es todo. La otra vez Karla salió a buscar un cyber café para terminar un trabajo de contabilidad y casi frente a sus ojos dos hombres casi arrastran a una muchacha que no se dejaba arrebatar el bolso.
“Fue horrible, la muchacha pedía auxilio y yo me quedé como congelada del miedo y nadie la ayudó. Le robaron el bolso y la ensuciaron toda de polvo”, cuenta ella, quien además, le huye a las ambulancias ruidosas desde que esta semana vio cómo una de las tantas que ahora alborotan Managua con sus aullidos de emergencia, dio varias vueltas antes de estrellarse en una cuneta por el sector de Plaza el sol, a una cuadra de donde ella salía de hacer unas diligencias.

Los otros males cotidianos de Managua
JOSÉ ADÁN SILVA
¿Qué puede ser peor? No hay agua, no hay luz, las calles están malas y los buseros siguen haciendo de las suyas en ellas.
La delincuencia sigue en los barrios y uno se arriesga si va a pie. Si se va en vehículo, además de sortear los atolladeros de los semáforos por falta de energía, uno debe tolerar a los limpia-vidrios que en cada esquina o semáforo “limpian” los vidrios sin permiso de nadie, para a cambio pedir un córdoba.
No siempre piden y ya hay muchos casos en que mientras uno limpia, otro por detrás busca qué cosa arrancar del carro.
En medio del calor terrible del mediodía, de las malas maniobras de justos y pecadores y las calles malas, cuando más necesita avanzar uno, siempre encontrará en la vía más rápida un tranquilo carretón de caballo halado por niños trabajadores que ignoran las señales mínimas de tránsito.
Cada cierto tiempo hay que darle pase a la ruidosa ambulancia que ahora pasa rauda, y al final uno nunca sabe si es porque realmente iba un herido, o porque el chofer se iba orinando.
Fauna de mala calaña
Si es día de descanso y no hay luz, ya uno no puede caminar con los niños a los parques porque la mayoría se han convertido en refugios de huele-pegas y putas y otras faunas de mala calaña.
Caminar por algunas colonias es exponerse a irse a un manjol, porque ahora lucen abiertos por el robo de las tapas que los protegen y porque los andenes son invadidos para vender cualquier cosa o para estacionar carros.
Para colmo, la basura está en todos lados y ya uno no puede comer en un mesón al aire libre porque del otro lado de la mesa estará alguien pidiendo una limosna o los restos de la comida que usted apenas comienza a digerir.