Especiales

A 53 años de la caída de los héroes de Abril

* Cinco escuadras de diez hombres cuando la gente de Emiliano no llegó * Arturo Cruz, Pedro Joaquín, Manuel Gómez y el famoso puesto de vigilancia de Fernando Solórzano * Al final, una cacería espantosa, unos episodios espeluznantes y los últimos asesinados con los tiros de Rigoberto

Los jefes del movimiento se reúnen. Los hombres que ofreció llevar Emiliano Chamorro, en número de 300, no han aparecido. Es imposible que el caudillo verde no conozca a estas alturas los planes de la invasión a Guatemala.
Hay desconcierto entre los altos mandos. Adolfo Báez Bone ordena a Arturo Cruz que se cuente a los hombres. Carlos Ulises Gómez realiza el conteo: son 98, informa a Báez Bone. Con los 300 ofrecidos por Emiliano iban a sumar casi los 400 con los que se atacaría “La Loma”.
Pablo Leal no tomaba decisiones –-dice Arturo Cruz-–, el coronel Manuel Gómez estaba de brazos cruzados. De pronto habla Jorge Ribas Montes: “¡Hagamos cinco escuadras de diez hombres cada una y ataquemos El Hormiguero y otros puestos. Después nos asilamos!”
Báez Bone le contesta: “Dejá a los nicaragüenses que arreglemos nuestros problemas”. Ribas Montes es hondureño. “Hay que matar a Somoza --agrega Báez Bone--, mañana le tenderemos una emboscada cuando vaya a Montelimar”.
Arturo Cruz y Pedro Joaquín dicen que se oponen. Pedro quería participar en el asalto a “La Loma”, pero no en una emboscada. Ellos no pueden conspirar para matar a un ser humano. Ernesto Cardenal interviene entonces: “San Agustín dice que el tiranicidio está permitido”. Pero finalmente los jóvenes de la UNAP se retiran.

La nostalgia de Arturo Cruz
“Sólo Téfel y Cardenal se arriesgaron espiando en la Embajada. Nuestra generación le falló a la patria a la hora que nos necesitó”, medita con nostalgia Arturo Cruz. “Pedro vivía a las dos cuadras de mi casa –-agrega--, parece que no pudo dormir bien, como si lo persiguieran los fantasmas de sus antepasados. Muy de mañana se apareció nuevamente”. “Tenemos que regresar Arturo”, dijo. “Nos fuimos a La California. Vimos a Fernando Solórzano haciendo guardia en el empalme de la carretera a León, pero íbamos tan nerviosos que nos pasamos y fuimos a caer exactamente al kilómetro 18, donde estaba tendida la emboscada”, recuerda Cruz.
“Tito Chamorro era un valiente. Estaba en primera fila con una ametralladora y granadas en las manos. Pedro me dice que me baje, que él va a buscar parqueo, pero yo sabía que no estaba de acuerdo con la emboscada”, nos ilustra Arturo Cruz.
“Juan Ruiz Traña, brazo derecho de Báez Bone, me dice que vaya donde Adolfo. Entrá, me dijo, Managua está desierta. Es Semana Santa y todos andan en el mar. Los yanquis y Somoza están ocupados en la invasión a Guatemala. Nadie parece darse cuenta de lo que hacemos”, recuerda Arturo Cruz.
Báez Bone, tenso, observa la carretera.
Arturo está indeciso: “Yo nunca tuve vocación militar. En cuanto salí de la academia me fui a estudiar a Estados Unidos porque no quería ser guardia. Mi cariño por Adolfo me trajo hasta este punto. En el fondo de mi corazón no quería participar. Por fin me armé de valor y le dije: ‘Cuñado, ¿ya se puso a pensar que nuestros hijos van a quedar huérfanos? Yo me quiero ir’”.
Báez Bone lo quedó mirando por un instante: “Váyase, pues, cuñado”. Luego gritó: “¡Salida para Arturo Cruz, que vino a conferenciar conmigo!”
“Caminé con dirección hacia El Crucero, primero rápido, sintiendo que estallaba la explosión, la tragedia a mis espaldas. Caminé y caminé alejándome del lugar. Caminé”, recuerda.
“Anda, anda, Samuel Belibet, como el Judío Errante de las Sagradas Escritura. Después, ya en El Crucero, fui más despacio.
El mar, los niños jugando en la playa, ignorando el drama. ¿Qué le digo a mi hermana Lilliam?”, cogitó.

Cacería humana
El que escribe conoció a Fernando Solórzano muchos años después. Hombre sencillo y campechano que cargó toda su vida el estigma de haber delatado a sus compañeros.
Unos dicen que trabajó seis días con sus noches y que cayó en una crisis nerviosa. Otros que lo entregó su padre. Parece que se embriagó y se presentó a las autoridades creyendo que se había descubierto el complot.
El general Montiel, jefe de Investigación, en un principio creyó que eran borracheras, pero luego avisó al dictador para que no se moviera. Al no pasar Somoza por la emboscada, los rebeldes se desconcertaron.
Ribas Montes sugiere secuestrar a Tacho hijo, que está en la quinta de Luis Pallais, en El Crucero. Pero Báez Bone se opone.
“Pueden morir los niños, son mis ahijados”, dice. Deciden irse a la frontera sur.
La Guardia gira instrucciones a Casa Colorada para que patrullen los alrededores. En el llano de Pacaya, montados en un camión, estaban 40 rebeldes.
Al aparecer la Guardia a uno de ellos se le sale un tiro y en la refriega mueren un guardia, un policía de Tránsito y un niño. Luego se provocó la desbandada y la cacería humana en los cafetales de Diriamba.
En su edición ordinaria del cuatro de abril, el diario Novedades anuncia el encarcelamiento de Fernando Solórzano. En la edición extra de la noche, publica declaraciones de Somoza dando cuenta que se preparaba un atentado contra su vida y la de sus hijos.
Somoza impone el estado de sitio y declara que el tiroteo con los sediciosos se produjo inicialmente en el kilómetro 26 de la Carretera Sur, propiamente frente a la cantina El Caballito Blanco. Novedades publica fotografías de los conjurados y se distribuyen papeletas a través de las cuales se ofrecen recompensas de 5, 10 y 15 mil córdobas por cada uno de los siguientes rebeldes, según su importancia: Gustavo Zavala, Rafael Praslín, José María Tercero, Amadeo Baena, Adolfo Báez Bone, Agustín Alfaro y Manuel Gómez, todos ellos ex militares.
También se buscaba a los civiles Jorge Ribas Montes, Pablo Leal, Roberto Hurtado, Luis Martínez Reyes, Francisco Ibarra Mayorga, Luis Gabuardi y Virgilio Vega Fornos.
El cinco de abril, Novedades trae la trágica noticia de que han sido “muertos en combate” Edgard Gutiérrez, costarricense, Rafael Praslín, Adolfo Báez Bone, Ernesto Peralta, José María Tercero y Luis Gabuardi. Inmediatamente se agrega a la lista de muertos una serie de nombres, entre los que encuentran: Luis Báez Bone, Manrique Umaña, Juan Ruiz, Amadeo Soler, Octaviano Morazán, Juan Martínez Reyes y Pablo Leal, jefe del movimiento.
Son capturados Jorge Ribas Montes, Julián Salaverry y Gustavo Zavala. El coronel Manuel Gómez burla a sus perseguidores.
Los oficiales Jorge Cárdenas y Víctor Silva no llegaron a la Academia Militar a realizar la parte del plan que les tocaba; sin embargo, se les captura y se les enjuicia. En Las Mercedes, el capitán Guillermo Noguera es víctima de una crisis nerviosa. Se había ordenado minar el campo de aterrizaje y después pasaron varias horas sin poder caminar por él libremente porque no se conocía la ubicación exacta de las minas.
El coordinador entre civiles y militares, el ex capitán Adolfo Alfaro, permaneció en Managua hasta las doce y media del día esperando el aviso del éxito de la misión, huyendo luego hacia una hacienda de su propiedad en Jinotepe, donde fue capturado y luego traído a Managua.
Posteriormente se fugó y se asiló en la Embajada de Costa Rica, donde también se encontraba el director de Flecha, don Hernán Robleto.
Otro de los conspiradores, el teniente Guillermo Duarte, segundo jefe de Las Mercedes, se asiló en la Embajada de El Salvador. Se estableció la censura de prensa y Somoza culpó al Gobierno de Costa Rica por la conspiración.
Cuenta la historia que a Báez Bone lo capturaron vivo y fue torturado por Tacho hijo, quien le cortó los testículos y manchó su camisa con la sangre del patriota, y por más que se la cambiara siempre miraba la mancha de sangre, hasta que lo mandaron a Estados Unidos a tratarse con un especialista.

La leyenda de Ribas Montes
¿Cómo se había salvado Ribas Montes de la muerte? Sus compañeros al ser capturados dijeron todo lo que sabían, y luego fueron asesinados, en cambio él se valió de una estratagema para alargar su existencia. Sus captores sabían que era uno de las figuras principales de la rebelión, consideraban que debía de saber mucho, y decidieron interrogarlo con detenimiento. Ribas Montes aceptó decir todo con la condición de que fuera una declaración formal; pidió lápiz y papel para redactarla.
En su folleto “Recuerdos de mi Prisión”, el doctor Hugo Astasio Cabrera, quien conoció a Ribas Montes en la cárcel, relata que el prisionero, igual que Scherezada, comenzó su historia como una novela que continuaba con grandes capítulos. Era un hombre inteligente y culto.
Así fueron pasando los días de furor y agitación; la calma fue retornando a las celdas. El día que Novedades publicó su foto entre los sobrevivientes, se consideró salvado.
El mundo siguió su ritmo inalterable hasta que el 21 de septiembre de 1956, Rigoberto López Pérez ajustició a Somoza García.
Jorge Ribas Montes y Luis Morales Palacios, sobrevivientes del 4 de Abril, estaban todavía prisioneros en la Casa de Piedra, en El Hormiguero.
Los nuevos prisioneros se comunicaban con ellos con un cordel enrollado a los barrotes.
Dice Astasio Cabrera que Jorge Ribas Montes se graduó de ingeniero. A los 21 años fue capitán y a los 30 coronel. Hablaba inglés y francés y se dedicaba a la lectura, la escultura y el dibujo. Además de sus cualidades artísticas tenía un espíritu superior, un valor a toda prueba y una preocupación por los pueblos que sufrían dictaduras.
Luis Morales Palacios, su compañero de celda, era nicaragüense e ingeniero agrónomo.
El tiempo en la cárcel los había dotado a ambos de modestas comodidades, pues hasta contaban con una pequeña biblioteca y material de pintura.

La planta trepadora
“En una oportunidad --relata Astacio--, cuando Ribas Montes llegó a mi celda a utilizar el servicio higiénico, le hice una pregunta sobre una planta trepadora que había cultivado en la ventana que daba al patio y la cual regaba con dedicación y esmero con el sobrante de agua que les daban para tomar. Ribas Montes contestó que en efecto había colocado la planta de una forma tal que pudiera robar la luz reflejada por el sol”.
“Esa planta va luchando contra la adversidad para salir adelante. Igual me ocurre a mí”, señaló el prisionero.
El doctor Astasio Cabrera apuntó que en su criterio era demasiado trabajo el que tenía que realizar para que esa planta pudiera desarrollarse, ya que en su tierra, Chinandega, en poco tiempo veía crecer en sus campos miles y miles de plantas ebrias de sol y humedad.
Ribas Montes lo quedó viendo un momento y dijo: “¡Ah Hugo!, no te imaginás todavía la importancia de esa planta para quien tiene dos años y medio de vivir entre cuatro paredes, pendiente de una larga condena. Cada minuto es largo y yo tengo tiempo suficiente para ver crecer esa planta, y cómo lo que es indiferente para el mundo exterior, las cosas cotidianas, el viento meciendo las ramas de los árboles, una nube que pasa, para un recluso es un fenómeno importante. Yo estoy pendiente del instante en que brotará una nueva hoja y será un día de fiesta el día que reviente la primera flor”.
Los dos reos quedaron por un rato callados, sin acertar a decir nada. Aquella planta intentando buscar la luz del sol era un símbolo de la vida que se resistía a terminar. Muchas veces los carceleros, entre los que se encontraba el tristemente célebre Bufón, destruyeron por pura saña cuanta planta sembraba aquel infeliz recluso.
Luis Morales Palacios, antes que mataran a Somoza, había logrado un indulto de parte del viejo dictador, con la condición de no volver al país.
Se le había extendido pasaporte y sólo esperaba la orden final para salir exiliado. Ribas Montes hubiera salido después, pero Rigoberto cambió la suerte de ambos.
Ocurrió una noche siniestra de octubre de 1956. Eran aproximadamente las dos de la mañana cuando los reos de las celdas vecinas despertaron nerviosos, anhelantes. Frente a ellos pasaron Luis Morales Palacios y Jorge Ribas Montes. Todos sabían de qué se trataba. Era grande la emoción, era una triste despedida.
Algunos meses después, cuando el tiempo había cicatrizado las heridas y se pudieron abordar ciertos temas, otrora escabrosos, los periodistas le preguntaron a Luis Somoza por la suerte de Morales Palacios y Ribas Montes. Luis Somoza contestó simplemente: “Morales Palacios salió del país y Ribas Montes se fugó”.
Pero en 1967 el mismo Luis Somoza dio una versión completamente distinta de los hechos: “Tanto Morales Palacios como Ribas Montes fueron muertos cuando atacaron al guardia que los trasladaba de una cárcel a otra” .
Como los cuerpos de los conjurados del 4 de Abril no fueron encontrados, sus familiares repetían la especie de que se encontraban vivos, encerrados en los sótanos del Coyotepe, donde estaban barbudos, esqueléticos y encadenados.
Pero algún tiempo después, el abogado jinotepino Agapito Fernández encontró en los cafetales de Carazo una serie de huesos calcinados que se tienen como los últimos restos de los participantes en el fallido movimiento del 4 de Abril de 1954.

EPÍLOGO
Arbenz fue echado del poder por los Estados Unidos en junio de 1954.
El presidente cubano Carlos Prío Socarrás fue derrocado en 1953 por Fulgencio Batista, hombre de confianza de Estados Unidos.
El presidente dominicano Juan Bosh fue expulsado del poder por los militares y luego la Infantería de Marina Norteamericana, que desembarcó en Santo Domingo en 1965, ocupó el país para detener al coronel Francisco Camaño.
Por más que Somoza intentó involucrar a José Figueres en las conspiraciones, éste logró sobrevivir.
Tomado de “Entre Sandino y Fonseca”, 2 da. Edición, próximo a publicarse.