Especiales

Del barro a tierras lejanas

Miguel Ángel Calero, uno de los artesanos más exitosos de San Juan de Oriente, cuenta su historia a EL NUEVO DIARIO. Criado por su abuela, y empujado por la necesidad económica, aprendió el oficio de artesano, que lo ha hecho viajar por EU y Europa. Ahora, un comprador estadounidense está interesado en abrir una tienda de artesanías nicaragüenses, y le ha pedido exclusividad

Carlos Salinas

En un pequeño pueblo ubicado al oriente del país, los artesanos están cambiando la forma como los extranjeros ven a Nicaragua. San Juan de Oriente parece una enorme tienda al aire libre, donde las pequeñas casas sirven de escaparate para mostrar la principal actividad económica del lugar: la producción de artesanías.
En este pueblo todo gira alrededor de las artesanías. Al parecer, en cada casa hay al menos un torno y un horno donde transcurre toda la actividad familiar. Ahí los jóvenes aprenden un oficio que los habitantes del pueblo catalogan como milenario.
Así comenzó Miguel Ángel Calero, uno de los artesanos más exitosos del pueblo. Calero se crió bajo la tutela de su abuela, y la necesidad lo llevó desde joven aprender el oficio de artesano.
Cuenta que comenzó en un pequeño taller cercano a su casa, donde amasaba el barro que el propietario utilizaba para fabricar las piezas. El trabajo era agotador. Tenía que tomar las masas de barro negro, mezclarlas con agua, sacarle las impurezas y preparar un líquido espeso, que estuviera “en su punto” para la fabricación de las piezas. Ahí Calero también aprendió el arte del dibujo, coloración y creación de diseños.
Pero como el salario era bajo y los gastos muchos, Calero tuvo que comenzar a trabajar en varias empresas del Estado, realizando diferentes actividades. Sin embargo, nunca se separó de la artesanía, actividad a la que le dedicaba cinco horas diarias, luego de la jornada laboral.
A inicios de la década de 1990, las empresas estatales fueron privatizadas y Calero perdió su trabajo. Cuenta que fue un duro golpe para su economía, por lo que tomó la decisión que lo ha marcado hasta ahora. En 1994 decidió poner su propio taller. No contaba más que con el patio de su casa, sus conocimientos y las ganas de iniciar algo propio.
“No tenía ni torno ni horno ni trabajadores. Comencé molestando a otros: cuando en los talleres cercanos desocupaban los tornos, yo me iba y les pedía que me dejaran hacer unas piezas”, recuerda. “De las pocas ventas que lograba al principio, ahorraba el 15%, y en un año y medio pude comprarme mi torno. A los dos años ya tenía un horno”.
Un patrimonio cultural
El taller de Calero es sencillo. Los manojos de leña que calientan el pequeño horno están puestos unos encima de otros, formando dos paredes que separan el taller del resto del patio de la casa. Láminas de zinc cubren a los trabajadores del sol y la lluvia. Allí, 16 jóvenes trabajan diariamente, elaborando un promedio de 150 piezas mensuales.
Cuando llegamos a la casa de Calero nos recibieron dos jóvenes brigadistas del Minsa, que trabajan en la Campaña Nacional de Vacunación. La casa de Calero está ubicada en un lugar privilegiado, detrás de la iglesia católica del pueblo, por lo que fue acondicionada con una tienda de campaña donde las jóvenes esperan a los pobladores para suministrarles las vacunas y vitaminas.
Un par de niños bromea sobre las vacunas, pasándose uno al otro el privilegio de ser el primero en recibir su dosis. Al final, ambos se salvaron de las jeringas: las brigadistas sólo les suministraron un par de gotas antipolio.
Calero nos invita a pasar a su casa, donde una sala de exhibición da la bienvenida a los visitantes. Allí muestra toda su producción, que él calcula en más de 100 diseños: platos con dibujos precolombinos o de países tropicales o frutas. Floreros del tamaño de un niño. Vasijas en formas de animales. Tortugas de barro que recuerdan a las galápagos. Pequeñas piezas de barro que representan a los artesanos del lugar…
Para Calero, sus artesanías y las que producen el resto de sus vecinos, son un patrimonio cultural que le está cambiando el rostro a Nicaragua.
A la “conquista” de España
Calero ha “conquistado” España con sus artesanías. Algo simbólico para un hombre de rasgos mestizos que desarrolla una actividad en la que se conjugan las tradiciones locales con el mestizaje europeo.
En 1998 este artesano viajó por vez primera a la Península Ibérica, exactamente a las Islas Canarias. Participó en una exposición artesanal internacional, y logró vender todas sus piezas. Pero el recuerdo que más le impresiona de ese viaje fue la travesía.
“Nunca me había montado en un avión. Eso era para mí otro mundo, algo muy fuerte. Me sentía como comprado, totalmente desubicado.Y lo peor fue que viajé solo”.
Pero su trabajo fue bien aceptado, tanto así que hasta los artesanos locales le felicitaron. Y él obtuvo una beca para estudiar en Santiago de Compostela, en la comunidad de Galicia, un curso de 15 días cuyo título bien podría definir el mestizaje artístico: arte moderno con raíces precolombinas.
En las manos de un artesano
Preguntarle a Calero sobre la técnica que utiliza para fabricar sus piezas, es sumergirse en aguas profundas, donde uno debe de asirse a las palabras para no perderse con el oleaje: “coloreado en engoge, decorado crudo, pintado en óxido de cobalto, con anilla, barbotina…”
Más atractivo es hacerlas de turista y acercarse al pequeño taller, donde los jóvenes trabajan en la elaboración de las piezas.
Allí, un muchacho delgado, montado en el torno, toma una masa y la pone sobre el plato del torno, y con uno de sus pies hace girar la rueda que lo moviliza. Con sus manos toma la masa y la va moldeando, de abajo hacia arriba, hasta logra formar algo parecido a un pico de botella, donde luego introduce sus dedos para hacer una pieza cóncava. Al final, muestra para la fotografía un pequeño jarro recién terminado.
Otro joven introduce el jarro en un líquido espeso, el óxido, para darle brillo, un par de muchachos más se encargan de tallar sobre las piezas los dibujos que luego serán coloreados.
Calero explica que dependiendo del tamaño y estilo de la pieza, el proceso de elaboración puede tomar de tres a ocho días, y que el trabajo se hace más minucioso por la cantidad de diseños que trabajan.
“La mayoría de los muchachos me han buscado para aprender el oficio, porque esto requiere de mucha práctica”, dice.
En busca de mercados
Calero se mece en la silla, estamos sentados en la sala de su casa, con la música ranchera que sale de la radio como fondo. Explica que el 70% de los clientes que visitan su negocio son extranjeros, y con muchos de ellos ha logrado mantener una relación que le permite exportar sus productos.
Las artesanías de Calero se venden en tiendas de Nueva Jersey, Nueva Orleáns y Los Ángeles en Estados Unidos; en Bélgica, España y otros países de Europa; y en Honduras, México, Belice y Costa Rica.
Actualmente un comprador de Los Ángeles le ha ofrecido que se convierta en su abastecedor exclusivo, ya que está interesado en abrir una tienda para la venta exclusiva de artesanías nicaragüenses.
Y es que los planes de este artesano son encontrar mercados fijos para iniciar exportaciones directas de sus productos. Por ahora el empresario cuenta con el apoyo de la Secretaría Técnica de la Comisión Nacional de Promoción de Exportaciones (CNPE), que --explica-- lo ha llevado a participar en ferias internacionales en México y Los Ángeles.
Con la CNPE Calero también ha logrado mejorar el proceso de comercialización. La institución le ha puesto a egresados de administración de empresas de la Universidad Centroamericana (UCA), quienes le apoyan en el diseño de un sistema de comercialización basado en el mantenimiento de la calidad de los productos, la publicidad y la creación de un código de barras.
“Ahora ya tengo hasta un catálogo, en el que presento todo mi inventario”, dice Calero, quien se levanta de la mecedora y nos invita a pasar a uno de los dormitorios de su casa. Allí debajo de las camas y en un estante adosado a la pared, mantiene las piezas de su último encargo: unos platos de barro con la inscripción del Escudo Nacional, encargados por la Vicepresidencia de la República.
Calero toma con cuidado cada plato, sacude el polvo de la superficie y lo muestra con orgullo, mientras hace bromas sobre el retraso de la institución, que no ha ido a recoger el pedido. “Es difícil abrirse mercados, pero estoy satisfecho con lo que he conseguido”, dice mientras guarda las piezas de barro.
El puesto de vacunación improvisado en el patio de la casa ahora está lleno de madres que cargan a sus bebés. Hay más movimiento en la pequeña plaza del pueblo, mientras el sol del medio día empieza a calentar con más fuerza este sábado, en el que muchos turistas nacionales optaron por dejar la monotonía capitalina para visitar este pequeño pueblo y hacerse con una de las coloridas artesanías de San Juan de Oriente.