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La utopía del sueño americano

Su historia, por lo demás, no tiene nada de extraordinaria: es la de cientos de miles de indocumentados que salieron de México u otros países latinoamericanos en busca de un futuro mejor, si no para ellos al menos para sus hijos. María C. dice que para ella el sueño americano es una utopía, pero no está dispuesta a abandonarlo a pesar del férreo control antiinmigrantes desatado en EEUU.

Catorce años después de haber llegado a Estados Unidos, el "sueño americano" continúa siendo sólo eso, un sueño, para inmigrantes como María C., una mexicana "sin papeles" que apenas gana lo suficiente para sobrevivir.
A María C., quien prefiere no dar su nombre completo dada su condición de indocumentada, pocos meses le salen las cuentas. Con su sueldo de 1 mil 100 dólares como cocinera y friegaplatos en un hotel de San José, en el corazón del californiano Silicon Valley, cuna de muchas de las principales empresas de tecnología de EEUU, esta mujer de 36 años ha de apañárselas diariamente para salir a flote en una de las zonas más caras del país.
María, sus tres hijas de cinco, trece y 17 años, más el bebé de seis meses de la hija mayor, viven en un apartamento de un dormitorio en uno de los barrios más humildes de la ciudad por el que pagan 750 dólares mensuales.
Para subsistir, esta inmigrante de Sonora, en México, necesita ayuda de la iglesia de su comunidad y donaciones de particulares. Pero la falta de recursos económicos es sólo una parte del problema.
Miedo a todo
Lo peor, según dice, es el miedo. "Tengo siempre un miedo enorme por no tener documentos, por si me para la policía en cualquier momento. Cuando conduzco al trabajo (sin carné), cuando participo en las actividades de la iglesia de mi comunidad o en mi empleo en el hotel, donde la mayoría somos hispanos indocumentados", señala María.
Un miedo que, no obstante, no le impidió asistir a las manifestaciones del pasado 1 de mayo, cuando ese "gigante dormido" que son los inmigrantes en EEUU se despertó para hacerse oír en protestas multitudinarias en todo el país.
"Tenemos que aportar nuestro granito de arena. Si no hacemos nada va a ser todavía peor", indica María, quien señala que la prueba más dura de su estancia aquí fue pasar cuatro años sin ver a sus hijas cuando estas quedaron al cuidado de sus familiares en México.
Su historia, por lo demás, no tiene nada de extraordinaria: es la de cientos de miles de indocumentados que salieron de México u otros países latinoamericanos en busca de un futuro mejor, si no para ellos al menos para sus hijos.
"Vine a Estados Unidos para que naciera aquí mi segunda hija", agrega María.
Las dos hijas pequeñas tienen pasaporte estadounidense, pero la mayor, que nació en México, continúa sin visado a pesar de que ha pasado en Estados Unidos casi toda su vida.
Los de la suerte
Desde luego todo es más sencillo para las familias hispanas que obtuvieron los preciados documentos, como Lupe Jaramillo, de 35 años, cajera de una tienda de alimentos en el condado de San Mateo, al sur de San Francisco.
Jaramillo llegó desde Ciudad de México con un visado de tres meses de turista para quedarse con su tía, cuando tenía quince años.
La suerte le acompañó y al cabo de tres años pudo acogerse a un programa de amnistía que le permitió legalizar su situación y, poco después, traerse al resto de su familia: sus cuatro hermanos, su madre y su padre, quien vive con ella. Además, ahora tiene marido y una hija de dos años y medio.
Tener documentos legales permite un salario más razonable (Jaramillo gana doce dólares la hora) conducir legalmente o acceder al sistema educativo.
Jaramillo, que está a punto de terminar la carrera de Liberal Studies en la Universidad Estatal de San Francisco, no asistió a las protestas del 1 de mayo debido a que su jefe se negó a cerrar la tienda "para ahorrarse problemas", según explica, a pesar de que la mayoría de los dependientes del comercio son hispanos.
"Me decepcionó mucho, sobre todo porque sus padres son mexicanos, debería entenderlo", señala Jaramillo.
Aunque su vida es privilegiada en comparación con la de los millones de inmigrantes que llevan años sin siquiera un número de la Seguridad Social -algo fundamental para las cosas más básicas en este país, como obtener una tarjeta de crédito- Jaramillo señala que algún día le gustaría volver a México.
"La vida allí es más tranquila, más lenta", dice. Una posibilidad que María descarta: "mis hijas quieren quedarse aquí y estudiar una carrera".
Y es que María confía en que el "sueño americano" no les pase a sus hijas de largo, tal y como le ha ocurrido a ella, y que las recientes movilizaciones ablanden a la clase política. "Somos muchos y necesitamos una oportunidad", afirma.