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La venganza de Hamás

Después de dos décadas de fundado, el movimiento violento y radical palestino se hace con el poder oficial. Hamás ha conseguido la mayoría absoluta en los comicios legislativos de ayer, con 76 escaños, mientras que Al Fatah, la fuerza dominante durante diez años, se ha quedado con 43.

“El beduino se venga después de 40 años”, dice un proverbio árabe. Pero sólo dos décadas ha necesitado el Movimiento de Resistencia Islámica Hamás para hacerse con el poder.

Despreciando siempre las tácticas políticas a corto plazo; volcándose en un intenso trabajo social que ha sustituido a la inoperante, y a menudo corrupta, Autoridad Nacional Palestina (ANP); sin ceder un ápice en sus posiciones sobre una negociación con Israel que no rinde frutos; lanzando, hasta hace un año, a sus militantes suicidas a despiadados atentados contra civiles israelíes.

Ningún palestino olvidará el 25 de enero de 2006, día en el que Al Fatah, el partido fundado por Yasir Arafat y que encabezó las aspiraciones palestinas durante medio siglo, sufrió una de sus derrotas más humillantes.

El 9 de diciembre de 1987 estalló con virulencia la primera Intifada, y sólo cinco días después nació Hamás con el sello de los Hermanos Musulmanes de Egipto, país que hasta 1967 dominaba la franja de Gaza. El jeque tetrapléjico Ahmed Yasín y Abdelaziz al Rantisi, poseedor de una voz atronadora que hacía vibrar a sus fieles, figuraron entre sus fundadores.

Arrancó inmediatamente su campaña contra la secular Al Fatah, la promoción de su ideario --un Estado teocrático en el que la “Sharia” cumpla la función de Constitución-y el impulso a las organizaciones sociales que tanto apoyo le han granjeado ahora.

Con financiación de EEUU

Contó Hamás para su promoción con el soporte financiero de Arabia Saudí y con las donaciones de infinidad de musulmanes de todos los países árabes. Pero también aportaron fondos a su red de asociaciones caritativas, y siguen aportando, las ONG y los organismos oficiales de la UE y de EE UU (USAID).

Hoy moderan el lenguaje respecto de su proyecto político-religioso e insisten en que no impondrán nada que no deseen los ciudadanos. Como muestran comedimiento en sus proclamas de que no habrá revanchas contra funcionarios de a pie de Al Fatah. Se aprecia, no obstante, incertidumbre. Aunque ampliamente superada por los deseos de ver jubilados a los prebostes más odiados de la ANP.

A mediados de la década pasada sufrieron un acoso incesante. En 1996 una oleada de detenciones a manos de las fuerzas de seguridad palestinas concluyó con un millar de sus dirigentes entre rejas.

Los leales a Hamás nunca han olvidado esa persecución. “Nos torturaban más cruelmente que los israelíes”, afirma un hombre en la cuarentena que purgó penas en prisiones palestinas e israelíes. Abundan quienes aseguran que la segunda Intifada (2000-2005) fue también la respuesta de los fundamentalistas a esas redadas.

Destrucción de Israel

Al igual que la OLP de sus primeros años, la carta fundacional de Hamás aboga por la destrucción del Estado judío. Y como les sucediera a Arafat y sus partidarios, ya se aprecian en Hamás síntomas evidentes de mesura. Su arrolladora irrupción en el Parlamento, y en el futuro Gobierno, augura que los extremistas perderán terreno. Paulatinamente, como siempre han actuado.

Para empezar, hablan de que el retorno a las fronteras previas a la guerra de los Seis Días, en junio de 1967, bastaría para declarar una tregua de larga duración. “Pero no para siempre”, afirmó ayer Baha Yusef, portavoz de un candidato triunfador en Ramala.

“Yo no quiero destruir Israel, pero deseo volver a mi pueblo. ¿Por qué el mundo se preocupa tanto de la destrucción de Israel y guarda silencio cuando nos están destrozando a diario?”, se preguntaba a una semana de los comicios Jalil Nofal, miembro de la cúpula islamista.

Los carismáticos Yasín y Al Rantisi perecieron asesinados por bombas de la aviación israelí en la primavera de 2004. Pero ya entonces Hamás gozaba de gran poderío. El relevo estaba garantizado en un movimiento que no ensalza a ninguno de sus jefes y que enfatiza su carácter de grupo que toma decisiones colegiadas.

“Nuestro programa es muy claro. Llegamos al Parlamento para proteger la resistencia. La gente que nos vota lo sabe. Ningún líder de Hamás está de acuerdo en entregar las armas. No podemos fallar a quien nos apoya”, comentaba Nogal.

Programa social

Nunca han defraudado, por el momento, a sus disciplinados seguidores. La red asistencial montada por Hamás ha levantado durante años escuelas, clínicas, orfanatos, reparte libros de texto a los pobres entre los pobres... Y, tras los asesinatos de los supuestos colaboracionistas con Israel, los empleados de las asociaciones caritativas no dudan en acudir a casa de la viuda o de los huérfanos para prestar ayuda económica. Son una de sus prioridades. De la unidad del pueblo palestino y de no hacer distinciones partidistas, ha hecho Hamás su bandera. Y también del cumplimiento de su palabra.

En febrero de 2005, con la mirada puesta en las urnas y en la evacuación de Gaza, se comprometieron a un alto el fuego que caducó a finales de 2005. No han reanudado sus ataques terroristas en suelo del Estado judío ni lanzado cohetes Kassam, a pesar de que el Ejército israelí prosigue sus operaciones militares en territorio ocupado y ha capturado a 800 activistas de Hamás en los meses previos a las elecciones.

Pero sí fueron sangrientos los ataques suicidas perpetrados por las Brigadas Ezedín al Kassam, el brazo armado que se embarcó en una oleada de atentados suicidas después de que el colono Baruch Goldstein perpetrara una matanza de musulmanes en la tumba de Abraham, en Hebrón, en 1994.

Nada hacía pensar hace una década que los islamistas se decantarían por participar en la vida parlamentaria. Las legislativas de 1996 y las presidenciales de 2005 fueron, a su juicio, un producto de los Acuerdos de Oslo de 1993, de los que abominan. Aunque opinan que fue una rendición, el pragmatismo se impone.

Fuerza fundamentalista

Hace una semana, en la ciudad de Gaza, los dirigentes de Hamás apenas podían contener su satisfacción. “No te dicen sobre las elecciones lo que piensan de verdad”, sostenía un simpatizante buen conocedor de sus líderes.Estaban convencidos del éxito.

Hoy se conoce la verdadera fuerza del grupo fundamentalista, marcado en Occidente por los atentados suicidas, pero que en las calles palestinas suscita admiración. “Ahora soportamos los ataques de Israel. Pero en el futuro, veremos quién puede aguantar más”, dice Mohamed Shihab, elegido diputado en Gaza. Creen ciegamente que la paciencia juega a su favor. FIN

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