Emprenedores

Un neurocirujano tenaz


Especial para EL NUEVO DIARIO

Hace 33 años, cuando vivir en el barrio Santa Rosa de Managua era vivir en las afueras de la ciudad, Carlos Ricardo, cargando una maletita plástica color amarillo como su cabello, bajó de la pequeña bicicleta en que lo llevaba su hermano menor y caminó hasta las paralelas de acero que tendidas sobre el bulevar de la Carretera Norte mañana y tarde soportaban el paso y el peso del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua. Allí, sentado, esperaría a que pasara el bus de la ruta “El Triunfo”, el cual siguiendo la misma dirección de los rieles del ferrocarril, lo llevaría hasta el Aeropuerto Internacional.
Ricardo, con la complicidad de dos de sus hermanos, estaba llegando a la parte culminante de un atrevido plan concebido muchos días antes para salir del país. Entre otras cosas: al ser menor de edad, obtuvo un pasaporte falsificando la firma de su padre, un oficial de la Guardia Nacional; consiguió que unos amigos de la familia le regalaran el boleto para viajar a Bélgica y también, aunque no recuerda cómo, consiguió veinte dólares que llevaba en el bolsillo.
El bus lo dejó en el aeropuerto y el resto del plan salió perfecto. Lleno de muchas ilusiones y sobre todo del deseo de alejarse de una ciudad en ruinas y dudoso futuro, embarcó en aquel avión. Atrás quedó la capital herida de muerte. “Estaba en una fiesta en la azotea del Hotel Balmoral (cerca del parque Luis Alfonso Velásquez), cuando varios pisos se desplomaron y comenzó a incendiarse Managua. Logré salir y corrí, non-stop, hasta Ciudad Jardín, pasando sobre muertos y heridos. Quedé traumado, con deseos de salir inmediatamente del país”. Ricardo pronuncia esas palabras como tratando de convencerse o convencerme, de que todo aquel plan para viajar al viejo continente fue más que justificado. Tal cosa no era necesaria, yo también quise largarme de aquí después de aquel horrible terremoto de 1972.
Bélgica, Nicaragua y Estados Unidos
Al llegar a Luxemburgo (Bélgica), miembros de la familia Fajardo, los amigos que le regalaron el boleto, lo esperaron y alojaron en su casa. Una semana más tarde, trabajaba “mojadito” en una aduana, contando bultos que cargaban en unos contenedores. Tres meses después, ya hablaba francés y se atrevió a ingresar en un instituto politécnico cercano a su lugar de trabajo.
Como en sus planes estaba estudiar en la universidad, decidió trabajar como bartender. Con los buenos ingresos que le proporcionaba aquel oficio logró matricularse en la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Lieja. Pero, a mitad de la carrera, tal vez extrañando a su familia y el terruño, pensó que mejor debía estudiar medicina y estudiarla en su tierra natal. Sin dudarlo, tomó un vuelo de regreso y se matriculó en la Facultad de Medicina en la ciudad de León.
Esa decisión aparentemente disparatada, Ricardo la justifica argumentando que las personas siempre deben hacer lo que sienten en lo más profundo de su ser. Además, hay que tomar en cuenta que por haberse marchado clandestinamente, sus padres le habían aplicado la ley del hielo y no tenían comunicación alguna con él.
Comenzó sus estudios con el entusiasmo característico de quien al fin logra sus mayores sueños, pero la vida le seguiría poniendo pruebas para ver si realmente estaba decidido a estudiar medicina. Terminando el primer año en León se da la toma del Palacio Nacional. La situación política se convulsiona y no era muy propicia para el hijo de un militar, que además se había casado con una norteamericana. Con su pareja viaja a Miami y desde allí gestiona una beca con el gobierno francés, la cual obtiene. Se marcha a la Universidad de Toulouse a iniciar sus estudios desde cero. Tres años después, su esposa sufre una severa nostalgia patria y tienen que volver a los Estados Unidos. Nuevamente Ricardo tiene que abandonar su carrera y reinsertarse en un nuevo contexto.
Muy viejo para estudiar medicina
Cuenta Ricardo que cuando hacía los trámites para matricularse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan State, el director de la facultad le dijo que ya estaba muy grandecito para estudiar medicina. “Está muy viejo para esto”, fueron las palabras exactas. “Me bajó las llantas”, recuerda nuestro entrevistado, que por esos años se acercaba peligrosamente a los 30.
Decidido a no dejarse vencer, hace todo tipo de gestiones y finalmente logra matricularse en la universidad. Cursa la carrera de medicina, trabajando como enfermero, bartender y toma cuanto préstamo estudiantil se le aparece por delante. Cada año de estudios costaba más de 150,000 dólares, y cinco años después, tiempo que le tomó graduarse de médico general, debía un “cachipil” de plata. Esos cinco años significaron la bicoca de 750,000 dólares. Como enjugando el sudor de la frente, Ricardo gesticula y añade: “Hace apenas dos años que terminé de pagar la sarta de préstamos que audazmente tuve que hacer durante mis estudios de médico general”.
¿Qué te mantuvo tan firme en esa difícil situación?
Creo que el tener objetivos muy claros y ser perseverante. Eso te motiva a trabajar más horas, dormir menos, correr más riesgos...
Nuevamente le dicen viejo, pero estudia siete años más
Ya graduado de médico, las cosas marchan mejor, pero Ricardo desea hacer una especialidad y si es posible hasta una subespecialidad. Viaja a Nueva York e intenta ingresar a la Facultad de Neurocirugía. Pero otra vez su temple y perseverancia son puestos a prueba. Nuevamente se lo volvieron a repetir: “Estás muy viejo para esto”. Él estaba claro que en alguna medida tenían razón, cuando se graduara de neurocirujano rondaría los cuarenta años. Nuevamente vence las adversidades y concluye sus estudios en 1991. Pero el especialista todavía no está conforme y estudia dos años más hasta subespecializarse.
Por supuesto, a esas alturas el panorama le ha cambiado radicalmente, Ricardo ha sido galardonado por el colegio de neurocirujanos por varios de sus escritos científicos (papers) y ejerce su profesión en Michigan y Nueva York. Tiene una clínica propia, un centro de imágenes, prestigio, buena clientela y también muchas ganas de volver a la patria que lo vio nacer.
El centro de neurocirugía más moderno de Centroamérica
Esta entrevista la realicé en el Hotel Intercontinental Metrocentro, lugar donde se hospeda Ricardo cada vez que viene al país. Un amigo periodista de END me propuso entrevistar a un eminente neurocirujano que había triunfado en los Estados Unidos. ¡Y sorpréndanse! La vida siempre juguetona, me puso de frente a un compañero de clases a quien tenía 37 años de no ver. Ricardo Estrada Martínez, al igual que yo, tiene 53 años y nos conocimos en el colegio Primero de Febrero. Sus hermanos: Alejandro y Julio, los cómplices en aquel plan de viaje, fueron también mis buenos amigos. Todavía recuerdo las “hartadas” que nos dábamos de unos riquísimos frijoles fritos con mantequilla que nos preparaba Alejandro cuando estudiábamos en la casa de los Estrada.
Ricardo, ¿qué andás haciendo en Nicaragua?
Estoy tratando de instalar, con otros colegas neurocirujanos, un centro de neurocirugía en la ciudad de Managua. Por eso estoy viniendo más seguido. Empezamos en el Hospital Metropolitano, del cual soy socio, y en la actualidad estamos en negociaciones con el Hospital Central de Managua “César Amador Khül”. Hemos invertido más de cien mil dólares en equipo, pero creo que llegaremos a invertir entre tres y cuatro millones una vez finalizado el proyecto.
¿Pensás radicar en Nicaragua?
Lamentablemente, la pobre economía del país, más la necesidad de cuidar las inversiones que tengo allá, no me permiten venir a vivir permanentemente, pero ya estoy haciendo un plan de retiro y finalmente radicaré aquí. Creo que si nos convertimos en el centro de neurocirugía más importante de la región centroamericana puedo establecerme en mi país, del cual extraño sus árboles, el canto del gallo y también el gallo pinto.
¿Algún mensaje para los emprendedores de Nicaragua?
Si uno trabaja duro ve los frutos del esfuerzo. Hay que tener fe. Si no hacés mal a nadie, la gente te va a ayudar a salir adelante.

P.D. Los padres de Ricardo ya murieron, pero se marcharon reconciliados con su hijo y felices de los éxitos por él obtenidos. Del ferrocarril aquel no existen ni los rieles y tampoco la ruta de “El Triunfo”. Aunque si lo pensamos bien, la ruta de “El Triunfo” la podemos construir cada uno de nosotros a nuestro tiempo y medida. Claro... sin que necesariamente estemos pensando en una ruta de autobuses.