Ellas

Sigmund Freud tenía mucho que agradecer a las mujeres


Viena/EFE
Sigmund Freud, un patriarca chapado a la antigua, no podía haberse impuesto con sus descubrimientos y teorías sobre el psicoanálisis sin la ayuda y el apoyo de numerosas mujeres que estuvieron a su alrededor, entre ellas su propia esposa, Martha Bernays, y su cuñada Minna.
Un libro recién publicado, con motivo del 150 aniversario del nacimiento del "Padre del Psicoanálisis", por las historiadoras austriacas Lisa Fischer y Regina Koepl, bajo el título "Sigmund Freud - escenarios del psicoanálisis en Viena", confirma y revela el papel que desempeñaron las mujeres en su carrera.
Entre las representantes del "sexo débil" figuraron varias pacientes adineradas, como Bertha Pappenheim, que entró en los anales del psicoanálisis como Anna O. y se halla en el inicio de la así llamada "cura de conversación", o sea la terapia basada en el diálogo con el terapeuta.
Pero también es citada Marie Bonaparte, mecenas que además le salvó la vida en 1938 al convencer al "venerado maestro" para que emigrara, huyendo con su familia de los nazis.
También su hija
No hay que olvidar a su hija Ana, experta en psicología infantil, que continuó y desarrolló el legado del "Padre del Psicoanálisis".
En el hogar de los Freud, establecido desde 1891, en el, posteriormente, famoso domicilio de la calle Berggasse 19, crecieron seis hijos, y la madre y esposa, Martha, hija de una familia judía de letrados alemanes, estuvo ocupada cumpliendo con sus deberes tradicionales, en los que se incluía, ante todo, preparar puntualmente las comidas.
Minna, hermana de Martha, se convirtió, a mediados de los años 90, del siglo XIX, en secretaria privada e interlocutora importante del médico de almas, en asuntos profesionales, que además tenía acceso a las tertulias, casi exclusivas para hombres, en las que Freud jugaba a los naipes los sábados.
Marie Bonaparte, Princesa de Grecia y Dinamarca, fue paciente y discípula de Freud, más tarde llegaría a ser una de las psicoanalistas más destacadas de su época, y como traductora de las obras de Freud al francés contribuyó esencialmente a que sus ideas se propagaran en el extranjero.
Bonaparte fue portadora de uno de los anillos que Freud regalaba a discípulos y discípulas excelentes, como también fueron su hija Ana o Lou Andreas-Salomé, musa y amiga de muchos famosos como el poeta Rainer Maria Rilke o el filósofo Friedrich Nietzsche.
La mujer que le salvó la vida
La discípula, sobrina nieta de Napoleón, también apoyó la fundación de la "Societé Psychoanalytique de París", salvó la editorial de escritos sobre psicoanálisis de la bancarrota y adquirió la correspondencia entre Freud y su amigo Wilhelm Fliess, una de las fuentes históricas esenciales.
En 1938, la princesa no sólo salvó la vida a los Freíd, sino también a otros 200 intelectuales, a los que rescató de la persecución nazi, y pagó por la familia el impuesto que los nazis exigieron a quienes querían emigrar.
Las cenizas de Sigmund Freud descansan en una antigua vasija griega que ella había regalado al maestro, símbolo del aprecio que había entre ambos.
La emigración fue posible, también, gracias a Margaret Stonborough-Wittgenstein, hermana mayor del filósofo Ludwig Wittgenstein y figura central de la sociedad vienesa de entonces, que, igualmente, salvó numerosas vidas de personas perseguidas por el régimen nacionalsocialista y además fue modelo para uno de los retratos famosos de Gustav Klimt.
Ana Freud, la hija más joven de la familia, nació en una fase muy precaria por motivos económicos y por la situación psíquica de una madre agotada tras muchos partos y un padre depresivo.
Durante años luchó por su propio perfil, en rivalidad con las teorías del psicoanálisis de su padre, hasta que finalmente se entregó a éstas, fue la hija preferida de Freud, aunque no pudo estudiar medicina, como quería, porque era "tan sólo una niña".
Una de las mejores amigas de Ana era la estadounidense Muriel Gardiner, combatiente en pro de la resistencia socialdemócrata contra el fascismo, con quien compartió una casa de campo en los Bosques de Viena.
La historia de los años de vida de Muriel, en la Viena de los años 30, del siglo pasado, sirvió de material para el guión de la película "Julia", en la que Vanessa Redgrave obtuvo un Oscar por la representación de esta mujer.