El Deportivo

Todo fue bien calculado

El debut del pelotero Jackie Robinson en el béisbol de las Grandes Ligas no fue obra de la casualidad

Colaboración

LA HABANA
El domingo 15 de abril, los amantes del deporte de las bolas y los strikes en los Estados Unidos y, por qué no, también en el mundo, celebramos 60 años del momento en el que por primera vez un pelotero de la raza negra integró un equipo de las Grandes Ligas.
Ese atleta llevaba por nombre Jack Rooselvelt Robinson, nacido en la localidad Cairo, perteneciente al estado sureño de Georgia, 31 de enero de 1919, donde desde la adolescencia alcanzó fama en la escuela secundaria como jugador de béisbol, fútbol americano, baloncesto y atletismo.
En plenitud de facultades físicas, Robinson medía 1.83 metros, pesaba 90 kilogramos y a la edad de 20 años, la familia se trasladó a Pasadena. Allí se convirtió en el primer estudiante de secundaria en ganar becas en cuatro deportes para la Universidad de California (UCLA).
Por cierto, ni pensar que un joven humilde y mucho menos negro podía merecer tal distinción en su Estado natal, considerado uno de los puntos en la geografía estadounidense de mayor connotación racista.
Finalizados los estudios en 1945 determinó seguir carrera en los diamantes y firmó contrato con los Monarcas de Kansas City en las Ligas Negras. Al concluir la temporada finalizó como líder de los bateadores (378).
Los primeros pasos del muchacho fueron seguidos por Branch Rickey, hombre de béisbol vinculado a la labor de scout (buscador de talento al servicio de distintas organizaciones desde la década de 1920).
Rickey sabía que tenía delante a un atleta de cualidades excepcionales, a su juicio, era la persona idónea para redondear la nómina de los Dodgers de Brooklyn, entonces, uno de los tres equipos representativos de la ciudad Nueva York, junto a los Yankees y Gigantes.
¿Por qué no cuentan la verdad?
Los antecedentes sobre las actuaciones de los primeros negros en el béisbol de Estados Unidos están muy dispersos y uno de esos datos, fechado el 11 octubre de 1867, señala de manera textual:
“Los Uniques of Brooklyn recibieron a los Excelsiors of Philadelfia para discutir por primera vez un campeonato entre dos clubes formados íntegramente por jugadores de la raza negra.
Ante una buena concurrencia de espectadores blancos y negros los integrantes del Excelsior marcharon alrededor del campo precedidos por los acordes de una banda musical y después consiguieron imponerse con pizarra de 37 x 24.
Con posterioridad, un suelto publicado en la localidad Pleasant, Ohio, destaca la presencia de dos peloteros negros, entre los integrantes del club Toledo, Asociación Americana (1884). Se trataba de los hermanos Moses y Welday Walker.
La Enciclopedia del Béisbol, editada en Nueva York (2005), recoge que efectivamente ellos jugaron en distintos equipos semiprofesionales, pero Moses lo hizo antes, 5 de mayo de 1883, en la Liga Noroeste, como receptor y tercer bate (5-1) del propio Toledo frente al Bay City.
Sin embargo, la realidad histórica acerca del calvario de los discriminados peloteros estadounidenses los vincula en forma directa con el béisbol cubano durante mucho tiempo, algo siempre ignorado por los encargados de contar la verdad en aquel país.
El terreno del Almendares Park, inolvidable instalación, construida en la capital cubana hacia 1883, en la avenida Carlos III, hoy, Salvador Allende, recibió en 1891 al primer equipo procedente de los Estados Unidos, denominado All American, dirigido por John McGraw, a la sazón torpedero de los Gigantes de New York, en el que la totalidad de sus integrantes eran blancos.
Por cierto, algún tiempo después McGraw, ya convertido en manager de los Orioles de Baltimore, dentro de la recién fundada Liga Americana (1901), fue el primero que quiso contratar a un jugador de la raza negra, Charlie Grant.
Grant jugaba para el Columbia Giants y lo hizo pasar por un descendiente indio nombrado Chief Tokohama, pero Charles Comiskey, presidente de los Medias Blancas de Chicago, se enteró del asunto y lo denunció.
Las tradicionales giras de los equipos cubanos formados por peloteros blancos, organizada por los promotores Abel Linares y Agustín “Tinti” Molina, cuya intención eran rivalizar con equipos de los Estados Unidos, abrieron las puertas de la pelota cubana a jugadores negros estadounidenses.
En 1903, Linares y Molina encontraron en Nueva York la sorpresa de rivalizar con un conjunto nombrado Cuban X Giants, representativo de un hotel enclavado en el barrio de Harlem. Lo asombroso del asunto es que todos eran de la raza negra y ninguno era cubano.
Ese curioso elemento permitió a los citados promotores presentarlos al año siguiente en La Habana y el negocio cuajó, porque el público capitalino abarrotó los graderíos para verlos en acción.
Posteriormente, la sucesión de visitas a terrenos estadounidenses y viceversa, además del buen béisbol jugado en la alborada del siglo XX, posibilitaron la inserción de los peloteros negros norteamericanos en el béisbol invernal cubano, los cuales enriquecieron la calidad de la pelota criolla.
Entre aquellos pioneros encontramos al propio Charlie Grant (1907), Harry Buckner (1907-1909), Ashby Dunbar (1908-1909), Billy Francis (1908-1913) y John Pop Lloyd (1908-1930), aunque en torneos posteriores figuraron Oscar Charleston (1920-1931), Leroy Satchel Paige (1929-1930), Roy Campanella (1943-1944), Joshua Gibson (1937-1939) y muchos más.
Dentro de las celebraciones conmemorativas por el histórico acontecimiento, una vez más fueron soslayados los pormenores relacionados y el asunto sigue sumido en las tinieblas del malintencionado olvido.

DETRAS DE INTERESANTES HUELLAS
Luego de las referidas actuaciones de los Walker, transcurrieron 63 largos años antes de producirse la presentación de Jackie Robinson, escogido, en principio, por el lugar de nacimiento y declararse dispuesto a aceptar cuantas vejaciones recibiera dentro o fuera del terreno.
Tan forzadas circunstancias engrandecen la actitud de Jackie Robinson, pues al ubicarnos en la época comprenderemos que nunca fue un Tío Tom (nombre de ficción a la novela homónima que simboliza al conformista esclavo sureño), sino un hombre valiente y atleta capaz de legitimar a los de su raza en el deporte de las bolas y los strikes.
Además, a modo de definitiva prueba en lo referente a la calidad competitiva, Robinson jugó la campaña de 1946 con el Montreal, sucursal de los Dodgers, en la Liga Internacional AAA.
Vestido con esa franela comenzaron para él los sinsabores expresados en constantes humillaciones e innumerables pelotazos intencionales. Sin embargo, conquistó el título de bateo y se declaró listo a enfrentar el discutido debut en las Ligas Mayores.
Convertido en tubo de ensayo humano, bajo las circunstancias de que el béisbol de las Grandes Ligas era casi un espectáculo, tras finalizar la II Guerra Mundial, conflicto que involucró a cientos de miles de soldados negros, Jackie Robinson probó fortuna y brilló con luz propia.
En realidad, las opiniones acerca de la aparición del moreno en el llamado Big Show estuvieron muy divididas e incluso los jugadores de varios equipos rechazaron su presencia y amenazaron con declararse en huelga.
Ante una concurrencia que repletó los graderíos del estadio Ebbets Field, en Brooklyn, Jackie Robinson debutó como inicialista y en tres oportunidades en el plato no pudo conectar hit frente al derecho Johnny Sain (Bravos de Boston).
La prensa de la época estuvo muy dividida a la hora de ofrecer comentarios al respecto y dedicó buenos espacios a reseñar el rechazo, sin ponderar la actitud de Jackie con el bate entre las manos y sus posibilidades de jugar tres posiciones en el cuadro: primera, segunda y tercera.
Un diario de Filadelfia recogió lo sucedido durante la primera visita del club con el mismo nombre al Ebbets Field, cuyo director, Ben Chapman, en lugar de prestar atención a sus responsabilidades dedicó la mayor parte del tiempo a insultar al novato:
“Oye negro, por aquí no regresas al campo de algodón al que perteneces”. “Te esperan en la selva negrito” y “si juegas de noche, tendrán que ponerte pintura lumínica para poderte ver”.
También en Cincinnati llovieron las amenazas de muerte en contra de Robinson y su compañero de equipo Gene Hermanski se puso tan furioso que sugirió a todos los integrantes de los Dodgers pintarse las caras de negro y utilizar el número 42 de Robinson en el uniforme. “De esa manera”, explicó, “no sabrán a quién dispararle”.
Día a día, las aguas tomaron su nivel y al concluir la temporada de 154 desafíos, Jackie Robinson participó en 151, bateó para promedio de 297 y recibió la honrosa distinción de Novato del Año. No hacía falta más…
Como bateador siempre representaba un peligro para los lanzadores, ya que su tacto era de los mejores y así lo reflejan las estadísticas al recoger un ponche recibido por cada 17 turnos al bate a lo largo de una carrera de 11 campañas.
En el campo tenía gracia y estilo, mientras las manos demostraban seguridad en cada lance. Con la valiosa ayuda de Jackie Robinson los Dodgers de Brooklyn ganaron seis títulos en la Liga Nacional y derrotaron a los Yankees de New York en la Serie Mundial de 1955.
A todo ese conjunto de bondades atléticas, lo que más impactó a todos era la maravillosa forma de exhibir orgulloso un gran espíritu de competitividad para luchar e imponerse frente a cualquier adversidad.
En corto tiempo mereció el respeto de los adversarios, del público y de los redactores deportivos, quienes le demostraron respeto y apoyaron su exaltación al Salón de la Fama de Cooperstown, Nueva York, luego de decir adiós al deporte activo en 1957.
Jackie Robinson jugó el último partido en las Ligas Mayores el 30 de septiembre de 1956 y falleció el 24 de octubre de 1972 en Stanford, Connecticut. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio nacional Cypress Hill, en Brooklyn, Nueva York.