El Deportivo

El legendario Grover Cleveland Alexander

En su año de novato ganó 28 juegos. En las Mayores cosechó 373 victorias

Prensa Latina
Al revisar la actuación de diversos jugadores renombrados observamos que el palmarés les llega mediante alguna demostración cenital de ocasión, o por el derrotero estelar del juego diario que cimenta finalmente la exaltación a la gloria.
En uno u otro caso el lanzador Grover Cleveland Alexander acumuló méritos suficientes para portar su boleto a la inmortalidad.
Alex, que nació el 26 de febrero de 1887 en Elba, Nebraska, y debutó en las Ligas Mayores con los Phillies, equipo que en 1911 finalizó en cuarto lugar, fue la sensación de esa contienda, pues obtuvo 28 victorias frente a sólo 13 fracasos, para implantar una marca como novato que aún se mantiene.
Resalta entre esos triunfos el logrado contra Cy Young, quien iba en pos de su sonrisa 512 en la “Gran Carpa”.
Ese partido, que se extendió a 12 capítulos y concluyó 1-0, fue un soberbio duelo de lanzadores, entre una estrella saliente de 44 años en su postrer desafío y un verde debutante al que no le pisaron el plato a pesar de que el estadio estaba repleto.
A partir de entonces, Pete --como le decían familiarmente-- estableció su ley desde el montículo, ya que desde ese año y hasta 1929 consiguió más victorias que derrotas en cada campaña.
En 1915, Grover condujo a los Phillies a su único gallardete en la Liga Nacional, apoyado en sus 31 triunfos contra 10 reveses y un promedio de carreras limpias de otra galaxia: 1.22.
Más, lo de Alex en el transcurso de esa campaña y las dos sucesivas no tuvo nombre, pues tanto en 1916 como en 1917 volvió a quedar líder de los lanzadores, con balance de 33-12, 1.55 de PCL y 16 lechadas en la primera, 30-13 y 1.83 de PCL en la segunda.
En total, Alexander obtuvo 94 victorias contra 35 fracasos en tres años sucesivos de labor, una marca que se mantiene incólume.
Tuvo problemas con el alcohol
Pete, sin embargo, no era muy apegado a mantener una disciplina adecuada en cuanto al entrenamiento y su fuerte adicción a las bebidas alcohólicas lo conducían a frecuentes encontronazos con los pilotos, quienes por todos los medios trataban de hacerse los de la vista gorda con tal de mantenerlo en el conjunto.
En la propia temporada de 1917, por ejemplo, lanzó un doble juego en Brooklyn un Día del Trabajo.
Los fanáticos neoyorquinos observaron atónitos cómo en el primero Los Gigantes no le anotaron, y los venció 5-0; en el segundo, la victoria también le correspondió, con marcador de 9-3.
Al concluir esa temporada, Alex fue transferido al equipo de Chicago con el que lanzó sólo tres partidos en 1918 antes de ser enviado a Francia como sargento de artillería del ejército.
Al regresar de la conflagración ya nunca más sería el mismo, porque desde ese momento comenzó a padecer de ataques epilépticos por el resto de sus días.
Aún así, “Old Pete” cosechó 27 triunfos con los Cubs en 1920, y 22 en 1923. El 22 de junio de 1926, el director del Chicago, Joe McCarthy, vendió a Alexander a los Cardenales de San Luis, pues le resultaba casi imposible dominar los excesivos hábitos alcohólicos de Grover.
Fue así cómo el lanzador se convirtió en el protagonista de uno de los momentos más memorables de una Serie Mundial.
En el juego 6to del Clásico otoñal “Old Pete” había conducido a los Cards a una victoria de 10-2 sobre los Yanquis, para de esa forma empatar la confrontación a tres triunfos para cada equipo.
Por supuesto, ya se pensaba que Grover había terminado su tarea en la Serie y le dieron licencia para festejar su victoria hasta la saciedad, pero quedaba por efectuar el séptimo y decisivo partido al siguiente día.
En el desafío final los Cards iban al frente, pero en el llamado “inning de la suerte” los Yanquis se sublevaron y llenaron las bases. Esa fue la situación en que llamaron urgentemente a Grover para que tratara de calmar la calentura ofensiva de la “tanda del terror” neoyorquina, y preservara la ventaja de 3-2 de su conjunto.
El “Viejo Pete” vino caminando lentamente --y casi dando tumbos-- desde la casa club y no hizo siquiera envíos de calentamiento para enfrentar al temido “slugger” novato Tony Lazzery.
Alex se puso encima en el conteo rápidamente. El segundo lanzamiento fue halado con fortaleza por Tony, pero la bola picó apenas a un pie de la raya del jardín izquierdo en zona “foul”, lo cual aumentó el dramatismo del momento.
La tercera fue un strike perfecto y Grover propinó de esa forma uno de los ponches más famosos de todos los tiempos, que como premio recibió el aplauso delirante de todos los fanáticos puestos de pie.
En el 8vo y 9no capítulos los Yanquis fueron incapaces de batearle al veterano Pete con efectividad y con el out sobre Babe Ruth en intento de robo, Los Cardenales se anotaron el triunfo en aquella histórica contienda, llevados de la mano del as Grover Cleveland Alexander.
Old Pete culminó su carrera, camino hacia el Salón de la Fama, con 373 triunfos y 208 derrotas, así como con un extraordinario 2.56 en promedio de carreras limpias.
Asimismo, lanzó 90 lechadas, segundo detrás de Walter Jonson, con 110.
Bill Klem, el excelente árbitro, resumiría así la calidad de Alexander: “...es el único jugador de nuestra liga que podría ganar el gallardete para cualquiera de los siete equipos que no estuviese en el primer lugar”