El Deportivo

Federer en la cumbre

Federer, que no cedió un set en todo el torneo, se muestra impresionado tras ganar su décimo título del Grand Slam

Melbourne
En tres segundos, Federer resumió su carrera, su insaciable carácter competitivo, sus éxitos y las razones que explican que ganara su tercer Open de Australia frente al chileno Fernando González. “No es justo”, le gritó, visiblemente contrariado, a Sandra De Jenken, la primera mujer que arbitra una final masculina de Grand Slam. Y le dio la espalda. Y se puso a jugar. Y ganó el punto. Por segunda vez.
Lo que Federer no consideraba justo es que rearbitraran una bola que le favorecía. Que se decidiera volver a empezar el punto. Y que todo eso se hiciera cuando la tecnología, el Hawk Eye, las cámaras de la pista, le habían dado la razón. ‘No es justo’, insistía el suizo. Parecía que fuera perdiendo. Ya había ganado los dos primeros sets. Y discutía, voraz, ambicioso, ya con la Copa de campeón camino de su casa, el primer punto del tercero.
El mejor tenista del mundo dice que supone, sólo supone, que es el mejor tenista del mundo. Roger Federer conquistó su décimo Grad Slam de modo portentoso, sin ceder un solo set en todo el torneo. Quizá por ello, y ante la insistencia de los medios de comunicación, no le quedó más remedio que dejar una frase para la historia: ‘Podéis llamarme genio’.
El malhumor que Federer demostró a lo largo del choque alicató un partido que encierra un aviso: González ha llegado para quedarse. El chileno, que dejó el torneo como quinto mejor jugador del mundo, fue un tenista rabioso. Violento en el golpeo. Un jugador de impacto. Mano de piedra, que gana con la derecha todo lo que consigue no perder con el revés, buscó el partido en el riesgo. Usó su drive, que es temible y poderoso, para intimidar al campeón. Le mandó a la red cuando quiso alterar el ritmo, cambiar de marcha, confundir a Federer. Fue mejor en el primer set, que pudo llevarse en dos ocasiones. Y jugueteó con el reglamento y sus dobleces, maestro de la guerra psicológica, para intentar sacar ventaja.
Rodeado por el calor de la grada, tomada por los chilenos, González cambió de raqueta a mitad de un juego y llegó a usar tres durante el partido. Paró otro juego para atarse las zapatillas. Dolorido tras una espectacular caída, pidió la asistencia de un masajista tras perder el primer set. Federer se quedó solo, esperando en la pista, con los brazos en jarra en casi todas esas ocasiones. Tenis de trincheras. Y tenis de altura. González dejó golpes de mérito. Sirvió duro cuando fue necesario. Y consiguió durante la primera manga algo que cada vez es más excepcional: que Federer no tenga la iniciativa. Eso, en el tenis de estos tiempos, es conquistar Troya.
El laberinto del partido, sus subidas y bajadas, se puede resolver agarrado a la voz de un anónimo espectador chileno, siempre el mismo, el que más se desgañitó durante el partido. Cuando González le rompió el servicio a Federer, todavía en el primer set, creyó en la victoria. ‘¡Vamos que es humano!’, gritó a pleno pulmón, solista del numeroso coro de chilenos. ‘¡Te creo!, ¡Te creo!’, así reaccionó ante los nervios, la tensión y el vértigo del tie break. ‘¡Que le cueste!’ la rúbrica de la derrota, justo cuando González perdió ese parcial. Con él se marchó el partido. Si Federer abre el candado del primer set, ya no suelta la victoria. Sólo Nadal ha roto esa regla.
González, claro, no es Nadal, que quizás piense durante mucho tiempo en el partido que perdió contra el chileno, el que le abría el camino probablemente más sencillo que encontrará en años para llegar a la Final. Federer impone a cualquiera. Es el primer hombre que gana tres Grand Slam en al menos tres ocasiones. Hay quien dice que el suizo, al que persigue por todo el mundo una pancarta con la palabra genio, gana los partidos en el vestuario, tanto es su ascendiente sobre el resto de jugadores. En Melbourne fue un tenista, sin más. Estuvo fallón con la derecha, mal con el servicio. Perdonó con el estoque, al desperdiciar cuatro puntos de set en la primera manga. Y acabó encontrando el camino con su receta más clásica, esa que suma una pizca de muñeca, un puñado de ángulos y mucho de talento para hacer la pista grande, larga y ancha. Ahí González se desorientó.
Acostumbrado a jugar recto y vertical, se encontró en el terreno de las sutilezas. Empezó a intentar más de lo que puede. Y perdió contra un tenista con pinta de mítico y un toque de insaciable: Federer ya ha subrayado en rojo las fechas del próximo Grand Slam del año. Se juega desde la última semana de mayo. En tierra y en París. Es Roland Garros. El único grande que le falta.
Que Federer es un hombre llamado a entrar en la historia del tenis se sabe desde hace tiempo. Que él lo cree así y que ya está dispuesto a admitir que su objetivo es batir el récord de Grand Slam ganados, en manos de Pete Sampras, con 14, se sabe desde hace poco. Casi desde ayer: ‘No sé cómo he conseguido esto en tan poco tiempo’, dijo el suizo. ‘Había decidido no hablar de eso hasta que no hubiera ganado la mitad que él y, de repente... estoy en 10. Da miedo ver cuántos Grand Slam he ganado desde 2003. Supongo que soy el mejor tenista del mundo. Podéis llamarme genio porque estoy ganando a un montón de rivales, porque juego diferente y porque venzo cuando no juego a mi mejor nivel’.
Federer acumula marcas imposibles torneo tras torneo. Y, aún así, sigue emocionándose: ‘Voy a intentar mantenerme firme esta vez. Todo el mundo recuerda lo que me ocurrió el año pasado (cuando rompió a llorar al ver que el mítico Rod Laver le entregaba la Copa de campeón)’, dijo durante la entrega de trofeos.
‘Tuve que adaptarme al juego de Fernando, que ha cambiado y ha hecho que sea más difícil de atacar’, añadió más tarde el campeón.
‘Debió ganar el primer set, aunque eso no hubiera sido un problema. Intenté decirme, ‘juega tu juego, le has ganado nueve veces en nueve partidos. Sé agresivo.
No le des puntos gratis’, continuó. ‘Acabó funcionando bien, aunque fuera un partido difícil.
Estoy orgulloso de haberlo conseguido otra vez. Mis decisiones siempre parecen correctas y por eso es tan difícil ganarme. Si yo no fuera yo, estaría impresionado de ver al mismo tío ganando siempre’, admitió el suizo