El Deportivo

Un trío espectacular


Prensa Latina
A lo largo de toda su historia, el béisbol cubano mantuvo, y mantiene, una inagotable cantera de valores, todos capaces de rendir faenas colosales en los distintos escenarios del mundo.
El recuerdo del lejano ayer trae a la memoria los nombres de José de la Caridad Méndez, Adolfo Luque, Miguel Ángel González o Martín Dihigo, por apenas citar los más conocidos de una interminable lista de peloteros profesionales.
En las filas del amateurismo defendieron las camisetas con las cuatro letras de Cuba, entre otros, Juan Ealo, Mario Fajo, Conrado Marrero --también jugó en el béisbol profesional-- y Pedro “Natilla” Jiménez.
La creación de las series nacionales --14 de enero de l962-- amplió el horizonte beisbolero, y a diario nuevas figuras ocuparon y ocupan titulares en las páginas deportivas.
A tan destacado grupo pertenecen Pedro Chávez, Miguel Cuevas, Urbano González, José Antonio Huelga, Rodolfo Puente, Braudilio Vinent, Rogelio García y el zurdo Jorge Luis Valdés, sin olvidar a los vuelacercas más conocidos: Luis Giraldo Casanova, Antonio Muñoz, Armando Capiró, Pedro José Rodríguez y Lázaro Junco.
Dentro de un período más reciente, comenzado en la década de los 80, otro quinteto de peloteros estelares escribieron nuevas páginas gloriosas, incluidas dos medallas doradas y una plateada a partir del debut oficial de la disciplina en el calendario de los Juegos Olímpicos, Barcelona, España (1992).
Orestes Kindelán Olivares
Nació en Palma Soriano, Santiago de Cuba, 7 mayo 1964.
Estatura: 1.86 m.
Conocido por los aficionados cubanos como el Tambor Mayor, debido a la indiscutible fortaleza de sus batazos, marcó toda una época en la historia del béisbol cubano en cualquier tiempo.
Kinde, así también lo llaman sus paisanos santiagueros, acumuló en 21 series nacionales un gran total de 487 cuadrangulares en seis mil 588 turnos al plato para promediar uno por cada 13.56 comparecencias oficiales.
Otro tanto sucede en el renglón de las carreras impulsadas con mil 511 hombres llevados a la goma por incogibles de diferentes dimensiones, de los cuales 853 fueron extrabases (330 dobletes, 36 triples, además de las ya citadas conexiones de vuelta completa).
Kindelán debutó como receptor en el equipo de Santiago de Cuba, pero, en honor a la verdad, presentaba lunares defensivos detrás del plato, y en años posteriores alternó en las posiciones de jardinero izquierdo e inicialista, además de bateador designado.
Sus largas conexiones hicieron historia en la totalidad de los parques cubanos, y algo similar ocurrió en los numerosos escenarios a los cuales acudió, insertado siempre en el cuarto turno de la alineación.
Omar Linares Izquierdo
Nació en San Juan y Martínez, Pinar del Río, 23 octubre 1967.
Estatura: 1.87 m.
Quizá el refrán popular “De mi padre lo aprendí” justifique la prematura presencia de este pinareño en la pelota grande, apenas cumplidos los 15 años.
Su progenitor, Fidel Linares, jardinero y peligroso bateador zurdo, fue uno de los pioneros de los clásicos nacionales. Algo más de un lustro después nació Omar. El muchacho defendió en la campaña de 1982 por primera vez la tercera almohadilla del equipo Pinar del Río, entonces bajo la conducción de José Miguel Pineda.
El propio Pineda, pero con la batuta de la escuadra cubana, lo llamó a integrar el seleccionado nacional que participaría en la VII Copa Intercontinental, celebrada en Edmonton, Canadá (1985). Omar llevaba la responsabilidad de sustituir al cienfueguero Pedro José Rodríguez, y los números indican con claridad su labor, pues con el aluminio en las manos promedió .467 (30-17) y mantuvo inmaculada la casilla defensiva en 21 lances. En lo adelante bateó a sus anchas a los serpentineros del patio y a los foráneos, hasta el punto de que unánimemente fue considerado insustituible.
Antonio Pacheco M.
Nació en Palma Soriano, Santiago de Cuba, 4 junio 1964.
Estatura: 1.85 m.
Se trata del único pelotero cubano --y tal vez del mundo-- que vistió los uniformes de la selección nacional de su país en todas las categorías, a partir de la edad infantil.
Esa primera oportunidad fue en 1974, sin haber cumplido los 10 años. La última ocurrió en 2001, en Taipei de China, sede de la XXXIV edición del Campeonato Mundial.
La estabilidad de Pacheco en los distintos equipos representativos de Santiago de Cuba lo convirtió en importante bujía inspiradora para el colectivo.
Desde 1982 fue el capitán de dichos conjuntos, y cumplió similar responsabilidad en la selección nacional a partir de 1986.
Sus actuaciones merecen el calificativo de sobresalientes a lo largo de 21 temporadas de permanente quehacer. Escribirlo resulta fácil, pero la tarea de buscar un sustituto aún da muchos quebraderos de cabeza a los técnicos.
Dentro de casa es el dueño absoluto de las marcas de indiscutibles (dos mil 356), incluidos 713 extrabases (366 dobles, 63 triples y 284 jonrones), cifras muy difíciles de igualar por los defensores del segundo cojínn