El Deportivo

Aquella final del 95


Carlos Alfaro

Era la época en que a la gente aún le gustaba ir al estadio… El béisbol aún era del interés de los aficionados, y la temporada de 1995 fue disfrutada de principio a fin. Desde el primer juego de la campaña, hasta la coronación de la Tribu, que generó caos y vandalismo en Masaya.
Fue la temporada en que el Bóer contó con los chavalos Nelson Saldaña y Álvaro López como algunos de sus menores. Nemesio Porras estaba volando alto con sus astronómicos promedios ofensivos, en un año en que llegó a los 100 jonrones y 1000 hits en su carrera, también en esa campaña Orlando Ocampo llegó a 100 jonrones, y Carel Lampson a los 1000 hits. En tanto Ramón Padilla era el artillero más temido en el cajón de bateo.
Era la época del bate de aluminio, y curiosamente, luego de los fracasos del Bóer en los pasados 18 años, el equipo fue dejado en las manos del manager novato, Julio Sánchez.
Sí, se habían acumulado 18 años de fracasos. Sin un título y sólo frustraciones. Para esa época, los más amargos recuerdos eran las eliminaciones en las postemporada y derrota en la final de 1992 ante San Fernando, cuando el Bóer estaba a sólo un triunfo de la coronación, y la manera de cómo fueron eliminados de la contienda un año atrás, cuando Jorge Luis Avellán fue protestado por Rivas.
Para 1995, Sánchez fue puesto en la silla de mentor, como experimento de la Junta Directiva… Si no se había tenido suerte con los managers caracterizados en el pasado, era el momento de probar con uno novato, que se presentara al club con nuevas ideas y que implementara una mejor dinámica en el equipo.
Y así el Bóer fue caminando poco a poco en la temporada. En medio de errores y aciertos, Julio se fue convirtiendo en figura de la Tribu, y el público rápidamente se identificó con el joven mentor.
“Fue la mejor temporada de mi vida. Incluso como pelotero”, recordó Sánchez. “Cuando me eligieron manager, recuerdo que ni siquiera cobré o me pagaron lo que realmente le daban a los mentores. Yo lo miraba como un sueño, como un hobby, y fue algo increíble que me dieran la oportunidad de dirigir al Bóer”.
Julio fue altamente apoyado por el presidente del equipo Miguel Castillo (q.e.p.d.). No había manera de estar incómodo en el club, si tenía el respaldo de la directiva, y estaba al frente del club más popular del país.
“A don Miguel lo conocí poco. Lo traté en pocas ocasiones. Pero fue tan especial conmigo, que al terminar la campaña pareció que teníamos años de conocernos”, dijo Sánchez. “Los dos siempre andábamos en la misma frecuencia, y en lo personal, su partida me dolió mucho. Fue alguien que se ganó mi respeto y admiración”, añadió.
El Bóer cosechaba triunfos y las esperanzas de ver nuevamente al club en la final se incrementaban… Llegaron los Playoffs, y los Indios jugaron en la semifinal contra Rivas, dominándolos en siete juegos.
“Eso fue grandioso, porque nos estábamos vengando del equipo que nos había eliminado la temporada anterior. Pero el reto de los muchachos no terminaba ahí, porque faltaba lo más importante: ganar por primera vez en 18 años la gran final”, dijo Sánchez.
Masaya los esperaba
Las Fieras del San Fernando eran los grandes rivales de los Indios, desde que en 1992, lograran la hazaña de asestarle un doloroso revés a la Tribu, cuando el Bóer ganaba la serie final 3-1.
Era el momento del desquite para el Bóer, aún cuando Masaya disponía de artilleros altamente peligrosos como Norman Cardoze, Próspero González, Danilo Sotelo, Jaime Soza y Franklin López.
“Pero a ninguno de estos muchachos yo temía más que a Omar Cisneros”, dijo Sánchez. “Omar es un tipo no sólo incidente en los jugadores de su conjunto, sino que hasta en los clubes contrarios, y a eso yo temía”, añadió.
Masaya además disponía de un staff de abridores de lujo… Contaban con el zurdo Orlando Cuevas, Freddy Corea y Francisco Rayo.
Comenzó la Serie Final, y pasados los primeros cuatro desafíos, todo era Masaya, y el Bóer estaba a la orilla de otro terrible fracaso.
Masaya estaba arriba en la Serie 3-1, y Omar Cisneros celebraba anticipadamente otro campeonato, mientras que la ciudad se escandalizaba por la fiebre beisbolera que los acaparaba.
“Yo me sentía derrotado y frustrado, pero no podía vender esa imagen a los muchachos, así que siempre les dije que trabajaran fuerte y que hicieran lo mejor que podían en el terreno, para que alcanzáramos la hazaña”, dijo Sánchez.
El quinto juego de la serie fue el inolvidable para el Bóer, pero aún más para las Fieras y su afición. Se jugaba en Masaya, y la Tribu perdía por amplio margen. Pocos a estas alturas recuerdan quién fue el ganador o perdedor del juego, lo que es imposible de olvidar, es quién fue el villano del encuentro.
Fue el juego en que Jesús Esquivel, receptor del San Fernando, no pudo capturar un elevado de foul conectado por Nemesio Porras en el séptimo inning, cuando ganaba San Fernando 8x4. “Recuerdo que Esquivel lo perdonó en ese momento, y dos lanzamientos más tarde, Nemesio le descargó cuadrangular con uno en base al lanzador de Masaya” (Francisco Rayo), dijo Sánchez.
Ése fue el resurgimiento del Bóer, que anotó 15 carreras en los tres últimos innings con seis jonrones.
Para el sexto juego, que se realizó en Managua el sábado 3 de junio, Omar Cisneros no quiso especular y mandó al box a Freddy Corea, el brazo más espectacular de la Liga en ese momento.
Pero el Bóer, inspirado por un estadio a reventar, calculándose la entrada en unos 20 mil aficionados, además de la motivación que les dio el triunfo en el quinto juego, logró imponerse de manera magistral 4x2 al Masaya, siendo la gran figura del juego el zurdo Berman González, quien se apuntó el triunfo.
Llegó el séptimo juego. El desafío de hacer historia, o salir como anónimo del estadio. Fue en Masaya el domingo 4 de junio, y el estadio, como siempre, a reventar por un público fernandino, que se había quedado con las ganas de celebrar en los pasados tres desafíos, pero tenían la esperanza que en el séptimo el equipo no los iba a defraudar.
“Llegamos relajados, jugamos, hicimos muchas carreras, y al final logramos la hazaña, cuando el árbitro principal Leonel Cajina suspendió el juego, porque los aficionados estaban agrediendo a nuestros jardineros”, añadió Sánchez.
Desde el quinto inning, cuando el Bóer anotó cinco carreras y amplió su ventaja a 11x2 en las gradas por los jardines y en las afueras del estadio, se dieron actos vandálicos.
Pese a los malos recuerdos de los aficionados de Masaya en las afueras del estadio tras la coronación del Bóer, Julio Sánchez no duda en decir: “Fue la temporada de mi vida”.