El Deportivo

Barcelona sí que era una fiesta

Desde las ramblas, aficionados barcelonistas, incluidos americanos, vibraron con la coronación del Barça en la Liga de Campeones

Lesli Nicaragua
Barcelona

(Especial para END)
Me arriesgué. Es la segunda vez que viajo a Barcelona en menos de un mes. La primera vez lo había hecho el penúltimo día de abril, el día que los dioses habían señalado para que el Barça ganara la Liga Española, pero por esos meandros que la naturaleza ha formado durante años, de los que ni los mismos dioses pueden hacer salir a sus elegidos, no ganaron ese día. Pero no hubo decepción, caminé por La Rambla de Canaletas, el lugar más concurrido de la ciudad, donde me encontré con mi amigo escritor Sancho Más; luego me interné en el Barrio Gótico y visité la Catedral, y por supuesto el Camp Nou, desértico en ese momento, con sólo dos turistas, incluyéndome. Me regresé tres días después, un lunes primero de mayo. Dos días más tarde, desde el sofá del apartamento que alquilo en Madrid, vi cómo el Fútbol Club Barcelona ganaba su segunda Liga Española consecutiva, que apenas sí se celebró en la capital: es una afrenta grave ovacionar al eterno rival en la casa de los mimados, Real Madrid, segundones gracias a un milagro de última hora. Sentí una especie de alegría-tristeza, primero por el triunfo, y después por haberme adelantado a los hechos.
Este miércoles me acordé de que no había una segunda final de la Liga de Campeones de la UEFA, tal vez la mejor competición de fútbol del planeta, sólo equiparable al mundial; y ni los dioses de hace tres semanas ni la naturaleza misma podían cambiar la fecha de este encuentro, donde o ganaban o perdían los “azulgrana”. El rival era el Arsenal inglés, que hacía poco despertó de un mágico sueño al Villarreal español en un partido memorable. Y aunque, por supuesto, no fui al estadio Saint-Denis, en París (las entradas estaban hasta en 3,000 euros), donde se libraría el partido, viajé a Catalunya. En el periódico El País, me llamó la atención un articulito que decía: Aquest any, ¡sí! (Este año, ¡sí¡ --el grito que todos los seguidores (hinchas) del Barça dan cada año con esperanzas de llevarse la Copa de Europa--, firmado por Joan Manuel Serrat, donde declaraba su amor por el equipo y sus esperanzas de que por fin lograran su segunda Copa de Campeones de Europa en su historia, la “Orejuda”, como simpáticamente la llaman por sus enormes asas.
Ya en el hospedaje me puse mi camiseta de rayas azules y granas con el nombre de Puyol, y una gorra Barça. Hacía cierto calor, el termómetro llegó a los 33 grados, las puertas de todas las casas estaban abiertas, algunos cinco turistas bajaban por La Rambla. Inmediatamente me interné por las delgadas calles del Barrio Gótico y entré a un bar de cervezas (cervecería). Estaba atestado y me tocó estar de pie. Eran las ocho apenas. Dos parejas en una mesa hablaban en catalán algo sobre el polémico Statut de Catalunya. Los tres televisores pantalla plana de 46 pulgadas estaban sintonizados en TVE1, la única televisora nacional que emitiría el juego. A mi lado estaban dos personas, Pau, chef de cocina, de unos treinta cinco años, y Álex, su padre, de más de sesenta. “No hay nada mejor que ver fútbol en el bar de la esquina con tus amigos; en casa por respeto no se grita tanto como aquí”, dice vociferando Pau, ya que casi no se escucha nada. Les digo que soy de Nicaragua y que vengo desde Madrid a celebrar el triunfo en La Rambla; estoy casi seguro del triunfo del equipo, ellos ni siquiera lo ponen en duda.
Dan las 8:45 y el árbitro central da el pitazo inicial, todos se callan, es una orden de silencio, sólo nos toca ver, gritar, y de vez en cuando hacer algún movimiento. Josep, así se llama el camarero, me lleva una caña, menudo nombre para la simple cerveza de sifón. Toda conversación, e incluso las de vida o muerte, se deja en stand-by. Transcurren los primeros minutos y cuando se ve que el jugador más feliz del mundo, Ronaldinho, toca el balón, todos se emocionan; es tan feliz que incluso sonríe cuando lo patea algún jugador contrario.
Lo más ilógico
Al minuto 18 un pase largo de Ronaldinho, ¡o Rei! (¡el rey!), de esos que se hacen por Sistema de Posicionamiento Global, a Eto´o, que estaba sin marcación, supuso el gol... en ese momento si alguna vez pensé que mi tímpano izquierdo no existía después de un accidente infantil, pude verlo tirado en el piso junto a su gemelo; los gritos llegaron hasta Marruecos: ¡Goooooool! Pero un momento: salió el portero Lehmann, sí, aquel que detuvo el penalti de Riquelme en la semifinal contra el Villarreal, al cuerpo a cuerpo. Expectación y vilo. Pero el camerunés lo venció y el guardameta alemán no tuvo más que agarrarlo por el tobillo, derribándolo; el balón lo tomó Giuly, que lo metió en la portería, y ahora sí: ¡Goooooool! Silencio abrupto otra vez. Pero ¿qué pasó?, ¿por qué callan?: el árbitro pitó la falta en lugar, ¡lógicamente, por Dios!, de dar la ley de la ventaja, dejando que siguiera la jugada y se validara el gol de Giuly. En cambio expulsó al gigante Lehmann, pero para el Arsenal más valía tener un hombre menos que un gol en contra, ¡y encima de todo no marcó penalti, pues la falta fue dentro del área chica!
Henry, el capitán, atacante y supergaláctico del Arsenal, dibujaba con acciones cada trazo de las letras que forman los epítetos que le agencian, como los monjes, antaño, dibujaban la de los breviarios. Desmarques tan rápidos que los defensas barceloneses parecían imágenes en diferido, un pase, un toquecito, jugadas personales que casi se convertían en gol, todo lo que un futbolista aspira ser. Desde el minuto 18, Henry si bien no retrasó su posición, sí tuvo que hacer de malabarista.
Llega el funesto minuto 37, una ficticia falta de Puyol, defensa y capitán blaugrana, sobre Eboué, y, ¡desgracia!, el topógrafo Henry realiza un tiro libre cerca del área chica que Campbell cabecea sobre el defensa Oleguer, y Víctor Valdés, el portero catalán, se queda dibujado con los pies empotrados en la grama, haciendo sólo el amague de tirarse por el balón. 1-0 a favor de los “Gunners”. Las caras más largas las vi en ese bar, más que las que dibujó Gustavo Doré para la edición de Don Quijote de 1863. El ruido de las olas se escuchaban, y eso que la orilla del mar está a medio kilómetro del bar, un silencio de condena a muerte. Así llega el final del primer tiempo.
En el bar no se habla más que de la mala actuación del árbitro, y de repente un grito, que contagia a todos, incluyéndome: ¡culés, culés...! Ya había escuchado el adjetivo, pero era la oportunidad propicia para preguntar qué significaba. “Pau, ¿qué significa culé?” –le disparo un grito-. Pau se serena y me cuenta: “Así se les dice a los hinchas del Barça, porque en el antiguo estadio las bancas eran tan delgadas que al sentarse los hinchas se les salía parte del c... (esta palabra no es vulgar en este país) y por eso culé. ¿Verdad padre?” –termina su historia Pau y mira a su padre. Álex, todo un viejo sabio, de poco pelo y barba blanca, lo niega con la cabeza, Pau quiere decir algo, pero Álex comienza su versión: “No, es que en el nuevo estadio, Camp Nou, antes había un sembradío de coles, es por eso”. Yo no digo nada, sólo sonrío por la lección de etimología que me han dado, y ahora por fin, y para siempre, sabré de dónde viene el tan posadero adjetivo culé.
En el bar sí todos se ven atónitos, el Barça, el favorito, el mejor equipo del mundo, en desventaja, no ante un onceno, sino ante un decenio, si se me permite este sustantivo para esta expresión.
“El Barça es grande”
Se reanuda el juego. Ahora el Arsenal juega despacio y se ha replegado hacia su mitad del campo, Wenger, el director técnico del conjunto inglés, ha optado por defender el marcador. Apenas se mira la sombra de un Henry que de punta ha pasado hasta a defender. Todos en el bar le recriminan a Frank Rijkaard, el director técnico del Barça, por no meter a Iniesta, Larsson y Belletti; pero como si tuviera un sonógrafo en cada culé, hace caso y al minuto del partido entra Iniesta, en el 60 Larsson, y en el 70 Belleti, y desde entonces el juego cambió, más ofensiva blaugrana. En cambio Wenger, en lugar de morir matando, envió al terreno más defensa.
La preocupación era intensa, mis uñas, ¿cuáles uñas?, habían desaparecido, y no es que padeciera hambre; si se hubiera recogido el sudor por el nerviosismo de cada culé se hubiera llenado el desierto de Acatama, en Chile. Treinta minutos del segundo tiempo y nada del gol del empate, sólo faltaban 15 para que se terminara el juego. Pero en el minuto 76, tras una jugada larga desde atrás, un pase de Larsson, de esos que ni con satélites se logran, sin margen de error micromilimetral, a Eto´o, dio el empate, ahora sí pudimos respirar sin estar enchufados a un ventilador, y por supuesto sin garganta. 1-1. Bendito Larsson. Cuatro minutos después, ¡otra vez Larsson!, con el mismo procedimiento, da un pase a Belletti, que encaja el 2-1; unas voces roncas, más graves que el sonido de un bajo, celebraron el gol: “el Barça es grande, culés, culés”. Después de eso sólo pude comunicarme gestualmente con mis interlocutores, o mejor dicho, mis mímicos amigos.
Era el minuto 81 y restaban nueve para el final. El juego se volvió espeso. Henry tuvo otra oportunidad, pero en el cuerpo a cuerpo contra el portero perdió, Valdés detuvo el remate. Su moral cayó al subsuelo, ya no era él, ni siquiera una lánguida sombra del anterior jugador completo, el mejor. O Rei no se vio mucho tampoco, pero no estuvo tan mal. Wenger lucía abatido como Napoleón desterrado en su isla. Y por fin el minuto 90, y hasta tres más. Abrazos, gritos, o algo parecido a una voz humana, dentro del bar; ya no se decía agua va, como antes cuando se tiraban las excrecencias humanas, sino: cerveza va. Después confeti, humo, lágrimas de alegría, sonrisas, y una “Orejuda” en alto, en manos de Puyol, el capitán nacido en Catalunya. Y como cuando se alborota un hormiguero, La Rambla de Canaletas se llenó de miles de culés, blaugranas, azulgranas, barcelonistas, que celebraban su triunfo europeo. Y el grito: “Aquest any, ¡sí!”, y pues sí, este año sí Serrat, y esperemos que el próximo también 