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¡Otra vez ese escalofrío!


Edgard Tijerino

Una pelota zumbando a casi 90 millas, golpea la cabeza de un bateador. No hay forma de evitar sentir un escalofrío zigzagueante que te taladra la columna vertebral, pasa por la tráquea haciéndola crujir, y te aturde cuando penetra en el cerebro, como deshilachándolo. Volví a experimentar eso cuando vi cómo la bola rápida de Vicente Padilla, viajando a 87 millas por hora, ascendió hacia la cabeza de Aaron Rowand en ese complicadísimo quinto inning, impactándolo en el costado izquierdo.
La imagen en mi computadora, era nítida. Rowand se dobló dramáticamente y cayó sobre sus rodillas, sosteniendo la cabeza con sus manos. El tiempo y el movimiento del planeta se detuvieron en ese instante, mientras la nariz de Rowand sangraba y su pómulo se hinchaba, por la repercusión que provocó el lanzamiento en su casco. Yo no estaba claro si la pelota fue directamente a su rostro, o había impactado la zona protegida. Me pareció lo primero, y volví a estremecerme.
Rowand fue asistido de inmediato, pero logró incorporarse y salir del terreno caminando por su propio esfuerzo, aunque tan groggy como Tito Trinidad golpeado por Bernard Hopkins. Las bases se llenaron para Vicente con sólo un out después de permitir dos carreras, pero la línea de Rentería hacia segunda, facilitando un doble play, hizo retornar la calma alrededor de esa ventaja de 7 por 2.
En el segundo inning, Matt Kemp, quien había jonroneado en el inicio del juego, escapó a una rápida pitcheada de Todd Wellemeyer, casi raspando su barbilla. “Eso no tuvo nada que ver. Sólo quería trabajarlo adentro, pero el lanzamiento se desvió”, dijo Padilla según nota firmada por Ken Gurnick. El informe médico apunta que Rowand –constantemente golpeado- sufrió fracturas en la mejilla y se vio afectado por una ligera conmoción cerebral. “Ese es el béisbol, usted sabe”, expresó Matt Kemp.
Hay una imagen por siempre perdurable que todavía aprieta mi alma, y es la de Oswaldo Mairena en 1995 en Edmonton, golpeado por una línea del cubano Alberto Hernández, que rebotó en su frente, dando la impresión de ser un arponazo. Mientras Oswaldo se derrumbaba, salté de mi butaca propiamente detrás del plato, pensando lo peor.
En 1920, Ray Chapman, golpeado en la cabeza por un lanzamiento de ese “cazador de cabezas” que era Carl Mays, murió al día siguiente; Gil McDougald arruinó con una línea el futuro del zurdo de los Indios Herb Score, un prematuro ganador de 20 juegos y Rey del ponche; Denis Martínez, de marcada inclinación por el pitcheo adentro, golpeó el ojo izquierdo del ahora miembro del Salón de la Fama, Kirby Puckett; el inicialista de los Gigantes J. T. Snow, creyó estar presenciando el fin del mundo, impactado por una recta de 97 millas de Randy Johnson en 1997: el as Roger Clemens, ganador de siete Cy Young, casi es acusado de intento de homicidio por un lanzamiento que todavía hace vibrar a Mike Piazza.
Matt Kemp tiene razón, el béisbol es así, con ese tipo de riesgos en su contenido, y los lanzamientos adentro van a seguir siendo temidos produciendo situaciones escalofriantes.

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