Deportes

¿A quién culpar?


Edgard Tijerino

Nuestra Selección de béisbol es pequeña, pero desde siempre, la soñamos grande, capaz de construir proezas que nunca se han concretado. Hay actuaciones meritorias por encima de las limitaciones imperantes, pero la cantidad de cicatrices es gruesa. La búsqueda de culpables, es un viejo deporte, y los primeros en el banquillo, son el mánager y los directivos, y después, los peloteros. Ganarle a Japón inesperadamente, nos hizo creer que estábamos para más. Seis millones nos montamos en el carro de la victoria, agitando banderas, gritando, fabricando ilusiones. De pronto, todos éramos los más firmes creyentes en el equipo.
Qué rápido olvidamos que la Selección no había tenido fogueo; que el gobierno se apuntó a última hora juego salvado facilitando los recursos para el viaje; que no se pudo contar con Ofilio Castro y que no teníamos fotocopia; que el pitcheo fue considerado intrigante; que el equipo se estructuró con el material visto en un torneo casero muy discreto; que no podíamos incorporar a lo mejor que tenemos en las menores; que a diferencia de otros, no disponemos de big leaguers retirados o sacados de rosters; que la inversión hecha en este equipo, fue la menor y casi insignificante, al compararla con la que realizaron los otros.
Nada de eso se consideró. Teníamos que ganarle a Venezuela para después, ir contra Cuba crecidos. Ser derrotados por los suramericanos 7-4, nos trajo nuevamente a tierra, pero los cinco inning sin hit de Elvin Orozco -saliendo de Rookie League- frente a Cuba, nos volvió a hacer sentir competitivos.
Una vez más, estábamos viajando en una montaña rusa de emociones, mientras Jimmy González seguía repartiendo palo, Juan Oviedo resurgía y Justo Rivas se activaba.
Pese a todo eso, la pequeñez de nuestro béisbol apareció en pantalla más allá del esfuerzo desplegado contra Corea y Holanda, que con una montaña de recursos, tanto humanos como materiales, y no se diga en organización, nos sacan clara
ventaja.
Con el ánimo agujereado, nos desplomamos ante Puerto Rico, y salimos por la puerta de atrás de este Mundial, eliminados junto con Japón, que lo tiene todo en abundancia, pero que no se hunde en lamentos ni hace volcar su incomodidad sobre los peloteros, como ocurre aquí.
Y nos convertimos en juzgadores tan implacables como Robespierre, y hay fanáticos que piden –en los diferentes programas deportivos-, se levanten guillotinas. Perdemos la cabeza con una facilidad asombrosa, y esto que nunca hemos sido Campeones, ni siquiera en el béisbol de los Juegos C.A. y del Caribe, competencia en la que participamos desde 1935. Seamos claros, no tenemos ese nivel, aunque en algunos raptos de inspiración, se derrote a Cuba, Japón y Estados Unidos.
Sólo hemos producido unos cinco o seis big leaguers de verdad en más de un siglo; no hemos podido construir otro Estadio desde 1972; el presupuesto no da ni para el mantenimiento de una Selección; somos pequeños, como casi todo en esta Nicaragua, Nicaragüita, que con tanto amor canta Carlos Mejía, tan soñador como Rubén. No busquemos a quién culpar, porque es injusto, y tonto. Sencillamente, eso somos.

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