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Barça no quiere ser el Madrid


EL PAÍS / END

A Guardiola no le gustó el partido del Barça contra el Atlético. “No hemos jugado bien”, afirmó nada más llegar a la sala de prensa ante la sorpresa de muchos periodistas, que se remitían al marcador del Camp Nou: 5-2. “No estuvimos finos y tampoco tuvimos el control del juego durante muchos minutos”, precisó, para después recalcar:
“La ventaja es que hemos sido eficaces y contundentes”. A pesar de que se quedó a cero, el entrenador azulgrana se quedó más conforme con la actuación de su equipo el miércoles frente al Inter en la Liga de Campeones: 0-0.
El estilo de juego y el mando del partido son irrenunciables en cualquier encuentro del Barcelona. Los goles, entonces, acostumbran a ser simplemente consecuencia del buen fútbol. A veces, sin embargo, no se gana por la perseverancia sino por la eficacia, característica que, desde Barcelona, a menudo se le ha recriminado al Madrid, generalmente excelso en la pegada y más escaso de fútbol.
Así ocurrió el sábado en el Camp Nou contra el Atlético. Puede que condicionados precisamente por la idiosincrasia del adversario, que salió a la cancha con un equipo mal hecho, o al menos con una alineación que invitaba a un correcalles, los azulgrana aceptaron resolver la contienda en un ida y vuelta, sin apenas pausa. El recuerdo de Milán pesó tanto como las jugadas de los dos primeros goles.
Marcó Ibrahimovic al minuto tras recibir un pase en profundidad de Busquets y un cuarto de hora después Messi remató a la red una asistencia de Xavi. Acciones tan técnicas y precisas como rápidas y terminales, nada que ver con el fútbol masticado y de elaboración del miércoles en San Siro, estéril, por otra parte, ante Julio César. Desde la negación del contrario, Mourinho se reivindicó como un gran estratega mientras a Abel se le acusa de suicida por jugarle al ataque al Barça. “Bien jugado, mal rematado”, se dijo en San Siro. “Mal jugado, bien rematado”, se escuchó en el Camp Nou.
Los azulgrana se corrigieron de un partido a otro en el tiro y a cambio menguó su juego de finura, de posesión y, sobre todo, de control. Ante el Atlético, funcionó la presión y la puntería de los delanteros, la intensidad defensiva de los puntas -”Ibra y Titi Henry nos han ayudado una barbaridad con sus desplazamientos”, argumentó Guardiola, especialmente feliz con el sueco: “se ha movido escandalosamente bien”- de la misma manera que el protagonismo de los volantes fue menor como medios y mayúsculo en calidad de asistentes. Aunque pueda parecer sorprendente, de alguna manera el Barcelona no fue fiel a su estilo, que pasa por el gobierno de la contienda, la conservación del balón y la maduración de las jugadas. El sábado se jugó a la velocidad de Messi más que con el reloj de Xavi, y posteriormente de Iniesta.
Messi marcó las diferencias con un partido solemne de principio a fin, decisivo en las aceleraciones, las asistencias, el pase y el disparo. La belleza de los cinco goles, de una ejecución técnica excelente, disimuló el fútbol de autor que se le supone al Barça, con independencia del rival y del torneo.
Al Barcelona no le interesa el vértigo sino la velocidad, entregado siempre a la construcción colectiva más que pendiente de las soluciones individuales. Los azulgrana son un equipo reconocible cuando desde el portero hasta el delantero centro participan en la jugada, como pasó en el gol de Ibrahimovic, tan rápido como el de Ronaldo contra el Xerez en el Bernabéu.