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¡Madrid, qué pegada!


ESPAÑA / EL PAÍS
No hay rastro de aquel Real Madrid de anteayer, el de Capello, Schuster o Juande, lo mismo da, que se dejaba arrastrar por el adversario de turno para luego navegar a la contra, con espacios. Por lo ratificado en Zúrich y deslizado en Cornellà, este equipo es autoritario. Le gusta el mando, juega con una decisión que se le desconocía y se busca las rendijas al tiempo que asfixia al adversario.
En tierras suizas, salvo en un momento de confusión defensiva en el segundo tramo, hizo una demostración de poderío, sin marcha atrás, siempre con la mirada al frente y los pies en campo contrario, sobre todo en el primer acto. Justo lo que se espera de un equipo de rango, para el que la especulación y los juegos ajedrecistas serían un derroche de talento. Al Madrid le sobra por los cuatro costados. Máxime cuando el primero en activarse es Cristiano Ronaldo, que en media hora descorchó al Zúrich con versos de su repertorio: velocidad, engaños, potencia y un empeine con el que más que golpear a la pelota la espanta del portero (como quedó certificado en el cuarto tanto madridista). Si en su perímetro funciona el periscopio privilegiado de Xabi Alonso -su relevo coincidió con el subidón local- y el resto no se desconecta, el Madrid resulta demoledor. Al menos para conjuntos como el Zúrich, sobrado de ánimo y falto de fútbol, por mucho que se viera en remontada por un desacierto arbitral y una desatención defensiva. A la espera de citas con mayor enjundia, la propuesta de Manuel Pelligrini resulta prometedora. Más allá de la púrpura hollywoodiana de la plantilla, en lo futbolístico destila una apuesta tan atractiva como eficaz.
Ajeno a los insultos de un sector de la grada y a los tacos con uñas de los jugadores locales -o quién sabe si como respuesta a ambas afrentas-, Cristiano no demoró su fulgurante y explosiva puesta en escena: un taconazo para aislar a Drenthe dentro del área de Leoni, una incursión propia con una catarata de defensas alejándose por su retrovisor... Hasta que en su segundo intento de lanzamiento de falta, el balón alcanzó una velocidad de crucero tan imperceptible para Leoni como para la vista humana. Un gol para las lentes televisivas. Sin pausa, con el Zúrich abrochado por completo en su campo, con Xabi Alonso de timonel y Raúl de auxilio para todos, socializando como acostumbra, Cristiano impuso los imponentes muelles que tiene en las piernas para ganar un salto de cabeza y dejar a Higuaín en la sala de espera de Leoni. El argentino le hizo un guiño a su capitán y Raúl cerró la jugada de forma triunfal. No tardó en agradecérselo. El siete, que en estos tiempos se gana el jornal en todas las zonas del césped, le tiró una pared magnífica y el Pipita ejecutó el tercer tanto. Un merecido botín a la brillante determinación con la que se había desplegado el equipo español.
Antes del sorprendente empuje suizo, el Madrid se mostró como un grupo armónico, ordenado en defensa, sabio en el eje y punzante en la ofensiva, línea en la que las constantes permutas le hacen inescrutable para el contrario.