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Alfaro, agigantado


Edgard Tijerino

Sin provocar asombro, pero impactando por su capacidad de agresión y golpeo explosivo, José “Quiebra Jícara” Alfaro realizó su sueño de convertirse en el octavo peleador pinolero que conquista un cinturón mundial, saltando sobre el esqueleto desajustado del tailandés Prewet Singwancha.
No fue una gran pelea en lo referente a tecnicismo y trazado geométrico de golpes y desplazamientos, pero ¿a quién diablos le importa eso si se coloca sobre el tapete una determinación capaz de atravesar entre tempestades en busca de la victoria?
Singwancha, dos veces en la lona, una en el segundo asalto y otra en el octavo, cuando dio la impresión de encontrarse en el laberinto, desarmado frente al Minotauro, atrapado y sin salida, se vio tambié0n afectado por su golpeo en la zona baja, que le costó dos puntos menos.
Juntando todo eso, uno enloquece tratando de encontrarle una explicación al fallo dividido. Un juez vio ganar a Singwancha 112-111. Los otros dos no se enredaron. 114-109 y 115-109 a favor de Alfaro. El nagaroteño mereció el reconocimiento unánime, pero el boxeo va a seguir fabricando múltiples controversias.
Disparando como Johnny Ringo tratando de abrirse paso entrando a un pueblo del viejo oeste, Alfaro logró agigantarse lo suficiente, manteniendo al tailandés Singwancha debajo de una seria advertencia, después de haberlo derribado con una derecha en el segundo round, cuando todavía el calor del combate no llegaba a los huesos de los peleadores y la tarima era terreno de nadie.
Eso le permitió a “Quiebra Jícara” inyectarse de confianza mientras el tailandés entraba a la zona roja con su mentón en remojo. ¡Cuánto ayuda un golpe madrugador capaz de colocarte en la lona!
La segunda caída, en el octavo asalto, consecuencia de otra derecha fragmenta huesos, directa sobre la ceja izquierda, hizo que Singwancha se sintiera deambulando en un sitio fantasmal, sin ruidos, perseguido por la furia de Alfaro.
En los round de en medio, tratando de encarrillarse, el tailandés, sin necesidad de exhibir mucha flexibilidad, estuvo pasando golpes o dejándolos cortos constantemente con relativa facilidad, pero su atrevimiento careció de alas frente a la contundencia y acoso del nicaragüense. Su riesgo, era similar al de un torero cuando se acerca al toro.
Aún sin poder fijar el objetivo de sus disparos y consciente del peligro de desgaste cuando la mayoría de los golpes no llegan, Alfaro no se detuvo en su ofensiva. Así que Singwancha tuvo que refugiarse con cautela en manejar combinaciones efectivas para conseguir puntos pero no para dañar y consecuentemente sin imponer respeto.
Alfaro, sereno, con sus ojos bien abiertos y las pistolas amartilladas, avanzaba haciendo prevalecer su presencia más allá de lo errático de su boxeo. Poco a poco, el ring se le fue recortando a Singwancha en los últimos asaltos mientras el pinolero se encaminaba firmemente hacia la conquista de la ansiada corona.
Al finalizar el combate, cuando Alfaro levantó sus brazos, seguro del triunfo, saltando hacia la grandeza, su rostro resplandeciente parecía una pintura de Goya.