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Juárez, duro de matar


Edgard Tijerino

Un hombre inaccesible al miedo, capaz de abrir sepulturas y rugir como un león, duro de matar, eso fue Julio Juárez aquel tres de diciembre de 1972 mientras “toreaba” el poderío y “masticaba” la invencibilidad de Cuba.
Nicaragua entera quería estar en el estadio, pero unos 25 o 28 mil fueron los privilegiados. Ahí estaban, la ilusión, el romanticismo y los sueños del Quijote pinolero, frente a la precisión de las ecuaciones, el estudio de la relatividad y la mecánica cuántica del Einstein cubano.
Se buscaba una hazaña y se logró, con el gran soporte del brazo derecho de Julio Juárez, que fue capaz de dibujar nueve ceros en un alarde de dominio bajo presión. ¿Cuántos sujetaron sus lágrimas viendo ese resplandeciente 2x0 a favor de Nicaragua en la pizarra?
Ganador de tres juegos en ese Mundial, Juárez sólo vio a tres corredores cubanos en la tercera base, Fermín Laffita en el primer inning, Félix Isassi en el segundo, y Agustín Marquetti en el noveno. Permitió ovho hits, no cedió pasaporte y sólo ponchó a Lázaro Pérez en el quinto. Así que su trabajo de dominio fue tan fino, como el de Goya sobre el lienzo.
Después de un out abriendo juego, hit de Laffita y cohete de Capiró, fulminado en segunda con un gran tiro de Calín Rosales, mostraron la dentadura de los cubanos al derecho leonés, dificultándole su primer cero.
El hit impulsador de Pedro Selva, activando la luz verde para el desplazamiento de Rafael Obando hacia el plato, adelanta a Nicaragua 1x0 en el propio arranque. Impacto instantáneo. José Antonio Huelga rascó su mandíbula y frunció el ceño lamentando el error de Urbano.
En el segundo, hits seguidos de Isassi y Urbano González sin out, no alteraron los nervios de Julio. Con su pitcheo bajito obligó a Lázaro Pérez a batear para doble play, dominando a Puente para dejar a Isassi en tercera.
Con dos outs, Vicente López logró volcar todo su poder sobre un lanzamiento de Huelga, haciendo pasar la pelota encima de la verja del left-center para el 2x0, fortaleciendo mentalmente a Juárez.
En el sexto, con un out, Wilfredo Sánchez disparó doblete, pero Julio recargó sus baterías anulando a Laffita y Capiró, aproximando a los cubanos -–que tenían el banderín asegurado-- al temor de perder su invicto.
Y en el noveno, el drama alcanza un punto de ebullición cuando después del importantísimo primer out eliminando a Capiró, César falla sobre un batazo de Marquetti. Detrás del error, el cañonazo de Isassi al right center para colocar hombres en segunda y tercera.
“No me sentí mal. Nunca tuve temor. Llegó Argelio, para bromear. Esa confianza era todo lo que necesitaba”, me dijo Julio después del juego. Urbano González, con la posibilidad de empatar la pizarra, conectó una línea hacia Jarquín. El paracorto de los milagros la ahogó reaccionando con la precisión requerida para concretar el doble play matador.
El rugido todavía se escucha entre las ruinas de lo que es hoy ese estadio. Igual que todos, atrapado por la emoción indescriptible de ese momento perdurable, yo tampoco quería salir. Un pedazo de esa noche siempre me acompaña.

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